—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
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PRESENTACIÓN.
Entraron juntos al salón, preparados —por primera vez— para ser quienes realmente eran, sin excusas ni explicaciones. Aun así, el ambiente estaba tan cargado que parecía humo espeso. Apenas cruzaron la puerta, se escucharon murmullos venenosos.
—Diana, sabemos que lo que dijiste es una enorme mentira —acusó uno de los compañeros del fondo.
—Sí, es imposible que Nicolás sea miembro de la familia Smith —añadió una chica, rodando los ojos de forma exagerada.
—No mientras… —trató de decir otra chica, pero se perdió entre susurros malintencionados.
Los comentarios rebotaron en la cabeza de los tres, pero lejos de afectarlos, los recibieron como simples chismes: molestos, pero inofensivos.
Diana, en cambio, ardía en indignación.
—¿Y por qué sería mentira?! —espetó, frunciendo el ceño.
Rafael vio cómo estaba lista para lanzarse a pelear.
Nicolás la tocó suavemente en el hombro.
—Tranquila —susurró.
Ella apretó los labios, pero intentó calmarse.
—Chicos, nosotros… —empezó Rafael, intentando poner orden.
Pero Viviana, oportunamente dramática, los interrumpió.
—Ya basta. Pronto vendrá el profesor y no podemos permitirnos más reportes —dijo con falsa autoridad, alzando una mano como si fuera dueña del lugar—. Y respecto a lo que dijiste, Diana… retráctate.
Señaló a Alan con teatralidad.
—Estás ante el verdadero hijo de los Smith.
Diana soltó una carcajada seca.
—¿Disculparme? Ja, ¡ni loca!
Viviana chasqueó la lengua, molesta.
—Vamos, Diana. Sabemos la verdad. Nicolás no es más que el hijo de una simple sirvienta que trabaja en casa de los Smith —declaró, inflando el pecho como si hubiera revelado un secreto de estado.
Los tres —Nicolás, Rafael y Diana— voltearon a ver a Alan.
Los tres sabían ese secreto.
Los tres sabían que nadie más debía conocerlo.
Esto… esto era nuevo.
Alan tragó saliva, pero se mantuvo en su pose arrogante.
Rafael, que ya estaba perdiendo la paciencia, dio un paso al frente.
—Así que “hijo de los Smith”, ¿eh? Entonces explícame cómo demonios no pudiste pagar la cuenta ese día en el restaurante —dijo con tono cortante.
Omar, uno de los amigos de Alan, intervino.
—Alan ya nos explicó eso. Dijo que había discutido con su papá y que este le bloqueó la tarjeta.
—Entonces… —intentó decir Rafael.
Pero Nicolás puso una mano en su brazo, deteniéndolo con delicadeza.
En ese instante, la puerta se abrió.
—Jóvenes, a sus asientos, por favor. —El maestro entró con paso firme.
Todos se dispersaron al instante, como ovejas asustadas.
Rafael se inclinó hacia Nicolás.
—Nico, ¿por qué me detuviste?
Nicolás sonrió de lado, con esa calma peligrosa que solo él tenía.
—Porque es una excelente excusa para mantenernos en el anonimato hasta la competencia.
Pero por dentro, algo oscuro se agitaba.
El enojo era real. Profundo.
Dolor que no era suyo, pero que ahora vivía en él.
{¿Cómo osa ese semejante idiota hacerse pasar por el hijo de mi madre?}
{Desearía enterrar un cuchillo en su lengua.}
{¿Quién se cree?}
{Lo haré tragar polvo una vez termine la competencia.}
{Y por eso esa tonta no deja de seguirlo…}
{¿En qué se compara él con mi Rafael? Al menos yo sí escogí bien a mi alfa…}
La caravana de pensamientos era venenosa, afilada, sincera.
Y al alcance perfecto de Rafael.
Él podía escucharlo todo.
Todo.
Nunca se lo había dicho.
Nunca pensaba decirlo.
Era un secreto que quería conservar… para él y solo para él.
Y de repente, otro pensamiento lo golpeó.
{Las ganas que tengo de besarlo hasta quedarme sin aire son más fuertes que ese alfa ridículo y debilucho.}
Rafael soltó una carcajada tan fuerte que todos se voltearon.
Lo observaron sorprendidos.
En todo el tiempo que llevaban estudiando allí, jamás lo habían escuchado reír así.
Y vaya que les gustó la versión risueña del alfa.
—Joven Rafael —dijo el maestro revisando su lista—, ¿le parece graciosa mi clase?
Rafael se incorporó, aún sonriendo.
—Lo siento, maestro. No fue mi intención.
El profesor lo miró con suspicacia, pero continuó.
—Creo que les he dado suficiente tiempo a usted y a Nicolás para prepararse.
¿Por qué no hacen su exposición?
Sara, desde la primera fila, casi saltó de la emoción.
—¡Voy por el proyector, maestro! —dijo, feliz de imaginar a la pareja quedando en ridículo.
—Bien, hagámoslo —dijo Nicolás, tranquilo, seguro… con un brillo peligroso en los ojos.
{Quedarán con la boca abierta}
Al oírlo, Rafael tuvo que contener otra sonrisa.
La sala quedó en silencio en cuanto las luces se atenuaron.
El aire cambió.
Todos los ojos estaban puestos en ellos.
Nicolás respiró profundo.
—Buenos días —comenzó, con voz firme—. Hoy queremos hablarles de algo que cambió al mundo para siempre: la Primera Guerra Mundial… y de cómo la violencia que nació ahí sigue afectándonos hasta hoy.
La primera diapositiva apareció.
—Entre 1914 y 1918 —continuó— el mundo presenció el primer conflicto global moderno. Más de sesenta millones de soldados participaron.
El salón dejó de moverse.
Ni un suspiro.
Nada.
—Fue un conflicto tan grande —siguió— que la humanidad tuvo que inventar un nombre nuevo para describirlo.
Rafael tomó el control.
—La Primera Guerra Mundial nos dejó imágenes que todavía nos persiguen —dijo—. Armas químicas. Bombardeos constantes. Trincheras donde la muerte podía llegar por una bala… o por el frío, el hambre o una enfermedad.
Un escalofrío se extendió entre los estudiantes.
—En total —añadió Rafael—, más de veinte millones de personas murieron.
La tercera diapositiva iluminó el rostro de Nicolás.
—Cuando la guerra terminó, nada volvió a ser igual— dijo —Europa quedó destruida, nacieron nuevas fronteras y, en medio del caos, surgieron movimientos extremistas. Sin ella… quizá la Segunda Guerra Mundial nunca habría ocurrido.
El profesor asentía, cada vez más convencido.
—La violencia de esa guerra no terminó en 1918 —explicó Rafael —También nació el concepto moderno de trauma psicológico. Lo que hoy llamamos TEPT fue descubierto porque miles de soldados regresaron incapaces de vivir como antes.
Varias miradas cambiaron.
Se suavizaron.
—La guerra también modificó nuestra cultura— agregó Nicolás —Monumentos, museos, movimientos pacifistas… todo eso existe porque la humanidad quiso recordar, para no repetir sus errores.
Rafael señaló el mapa en la pantalla.
—Incluso nuestras fronteras actuales son consecuencia directa de esa guerra. Muchas se trazaron sin considerar a quienes vivían ahí y las familias que fueron separadas al trazarlas.
La última diapositiva apareció: una vela frente a un campo de cruces blancas.
Nicolás respiró despacio.
—La Primera Guerra Mundial no solo cambió el mapa del mundo —concluyó—. Cambió la forma en que entendemos la violencia, el miedo… y nuestra responsabilidad como sociedad.Por eso, aunque han pasado más de cien años… seguimos viviendo sus consecuencias.Recordarla no es una opción.Es una obligación.
El silencio fue absoluto.
Luego, el profesor comenzó a aplaudir.
Uno por uno, los demás estudiantes lo siguieron.
Rafael y Nicolás intercambiaron una mirada cómplice.
Mientras tanto, en la última fila…
Viviana apretaba los puños con tanta fuerza que sus uñas casi rompían su piel.
Odiaba a Nicolás.
Odiaba que brillara.
Odiaba que lo admiraran.
Odiaba que no pudiera hundirlo.
Y sobre todo…
Odiaba que no importaba lo que hiciera…
él siempre terminaba sobresaliendo.