cuando toda una manada está en un guerra con razas su única esperanza es alguien quien menos esperan..
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Comenzó
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Alex sintió un peso sobre su cintura al notar un brazo envolviéndola; percibió la respiración tranquila detrás de su cuello. Se volteó y miró a su alrededor: estaba en el castillo, la habitación de Ángel era amplia y de un estilo rústico.
Lo observó detenidamente mientras dormía; se mordió los labios al ver su cuerpo desnudo y su prominente erección. No dudó en deslizarse suavemente hacia abajo para darle los buenos días.
Ángel sintió un calor en su interior cuando abrió los ojos: Alex sonreía mientras lamía su masculinidad.
– Cariño… Ahj…–
Jadeó con voz ronca al sentir cómo ella se colocaba sobre él, tomando sus labios mientras se movía. No dudó en agarrar su cintura, apretando más sus embestidas. La habitación se llenó de ruidos, jadeos, gruñidos y súplicas pidiendo más, hasta llegar al éxtasis juntos.
– Buen día, mi Reina. Y feliz cumpleaños.–
Sonrió al acomodar su cabello detrás de sus orejas –era la primera vez que las veía.
– Son tan lindas…–
Balbuceó mientras las acariciaba. Alex estaba sonrojada, sin saber qué hacer: las orejas son sensibles para los elfos, y con cada caricia sentía una electricidad que le provocó un gemido.
– Parece que encontré tu punto débil, cachorra.– Lamió su cuello.
– Tonto… Solo hazlo cuando estemos solos.– Besó su palma. Ángel sonrió.
Desayunaron para luego dirigirse a su casa. Su padre y los chicos la esperaban; ya habían sido avisados de su llegada.
– ¿Crees que le gustará la sorpresa?– Preguntó Héctor.
– Le encantará.–
Dice Estér, tomando su mano –ya estaban volviendo a ser cercanos.
Seba tenía la torta lista, esperando que entrara, mientras Lucas y Mateo sostenían los serpentinas y Max esperaba a soplar la corneta.
– Ahí viene.– Susurró Max corriendo a su lugar.
Alex llegaba muy sonriente, de la mano con Ángel. Al entrar, sonaron las cornetas y los serpentinas. –¡Feliz cumpleaños!– Gritaron todos, acompañando la canción. Max le puso el gorro mientras Alex reía feliz.
Sopló las velas y todos aplaudieron. –Gracias a todos, la torta se ve riquísima.– Pasó su dedo por la crema.
– Fue un placer.– Dice Fede, que tenía harina en la mejilla.
Compartieron el almuerzo mientras conversaban tranquilamente.
– Hija, te tengo un regalo. Sé que no es mucho, pero espero te guste.– Dice Héctor.
Alex se levantó y abrió la caja: un hermoso collar con un conejo blanco. Sonrió –los conejos eran sus favoritos.
– Gracias.–
Dijo dándole un abrazo. Después de todo, notó que su padre no la obligaba y se esforzaba por mejorar. Héctor apretó los labios, conteniendo las lágrimas mientras la abrazaba con más fuerza.
– Ah, y también hay más.–
Dijo Max llevándola afuera mientras le tapaba los ojos. Todos salieron a ver; una mujer sonreía junto a unos carteles con el número 18.
– Si es otra de tus bromas para ensuciarme, te colgaré, Max.–
– No es eso.–
Quitó las manos de sus ojos. Alex gritó junto a la mujer, dejando a todos atónitos.
– ¡ESTRELLA!–
– ¡ALEX!–
Ambas se abrazaron, cayendo al suelo por el salto que Alex le dio, mientras reían.
– ¿Quién es…?–
Max reía al ver su interacción; notó a Sebastián muy tenso y golpeó a los hermanos, quienes también lo observaban. Ángel también se dio cuenta.
– Es amiga de Alex… ¿No me digas que…?–
– Sí…– Dijo Seba.
– No sabes cuánto te extrañé, nena. ¿Sabes lo difícil que fue con esas brujas de la escuela?–
– Me imagino, amiga. Ven, te presento a mi familia.–
Alex la llevó con ellos. Seba no podía estar más alterado por dentro: percibió su aroma de humana y no podía simplemente acercarse, pero su lobo estaba loco por ella.
– Ellos son mis hermanos Lucas y Mateo.– La joven saludó sonriente. –Mi padre Héctor.–
– Ya veo a quién le heredaste esos ojos, Alex.– Dice animada. Héctor sonrió; Estér la abrazó –conocía a Estrella.
– Él es el papi sugar.–
Dijo burlona antes de presentar a Ángel, quien sonrió al escucharla.
– Claro que sí… Y qué papi.– Contestó Alex.
– Alex…– Dijeron sus padres. Ángel estaba sonrojado pero sonrió presentándose.
– Y él…– Alex notó a Seba raro y miró a sus hermanos, quienes sonreían burlones. –Seba…–
– Hola, mucho gusto.– Dijo sonriente. –¿Por qué me mira como si quisiera comerme?– Susurró a Alex.
– Porque eso quiere…–
Seba escuchó eso. –Alex… Disculpa, soy Sebastián, mucho gusto.–
– Tranquilo… Ella sabe lo que somos nosotros.– Dice Alex. Todos se asombraron menos Estér, quien asintió. –Y por lo que veo, creo que tienes que hablar con mi amiga.– Miró a Estrella. –¿Te acuerdas que te expliqué sobre las parejas?–
– Ahora entiendo su estado. Pero te entiendo: sé que estoy espectacular.– Dice Estrella. Seba sonrió y no dudó en llevarla a un lado un rato.
Después de eso, entraron felices: ya todos estaban listos para mudarse al día siguiente. Estrella se llevó muy bien con Sebastián; cuando conoció a Alex, no pensó que le decía la verdad, pero ella se lo demostró y desde entonces guardó su secreto, siempre estando juntas.
– Apenas llegó, déjala respirar. También la extrañé.– Dijo Alex molestando a Seba.
– Parece que este hombre es todo un alfa…– Dice Estrella.
– Sí, y ahora no podrás irte. ¿Qué harás con tu abuela?–
– ¿Qué ocurre con tu abuela?– Preguntó Seba.
– Tiene cáncer; yo la cuido. Gracias a Alex pudo vivir unos años más, pero ahora ya no puede seguir. Me escapé unos días; pude contratar una enfermera con el dinero de mis trabajos por ahora…– Contaba Estrella.
Ángel la abrazó por detrás. –¿Tu puedes curar a humanos?– Preguntó.
– Sí.– Ángel no lo entendió; Seba frunció el ceño.
– Es ella quien quiere irse.– Contesta Estrella. Sebastián acarició su brazo, entendiendo.
– Puede venir…– Dice Seba.
– No quiero molestar; será mucho, no sé…–
– No lo es. Ahora serás parte de esta manada, después de todo.– Dice Seba con voz tierna, sonriendo.
Estrella se sonrojó ante sus palabras. Alex sonrió: estaba feliz por los dos. Acarició el mentón de Ángel, dejando un beso en su cuello.
– Está tu padre…– Dijo nervioso.
– Mírate todo tímido, pero hoy por la mañana…–
Ángel le tapó la boca: Héctor llegaba justo a su lado. Alex reía; parecía un niño avergonzado. Sus hermanos rieron –el pobre ya estaba atrapado por una loca.
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En un oscuro pasillo, un hombre con capa caminaba a paso rápido mientras sintió que alguien estaba al final de este.
– Demoraste mucho.–
Una voz femenina con tono de enojo provenía de la oscuridad y lo sobresaltó.
– Esta vez pusieron más guardias. El camión llegará en unos días.– Contesta el hombre.
– Bien, atacaremos apenas tengamos a todos esos lobos listos.– Le pasa un suero. –Es para tu querido Rey.– Sonríe macabranamente.
Sin más, la figura se esfumó dejando una risa siniestra en el aire. El hombre se retiró del lugar, asegurándose de que nadie lo siguiera.
...
Todos ya estaban terminando de comer cuando Ángel sintió que Agustín se acercaba con unos guardias heridos –algunos gravemente.
– ¿Qué ocurrió?–
Ángel salió con los demás; Héctor fue avisado por sus guardias y Fede, quien anunció la llegada de los hombres de Ángel.
– Conseguimos el suero.– Dice agitado, cayendo de golpe.
Alex no dudó en acercarse a él; estaba desnuda, pero los chicos la cubrieron mientras lo curaba.
– Tiene veneno. Si los demás están igual, tenemos que ayudarlos: pueden morir.– Decía a Max y a su tío, quienes no dudaron en ayudar.
Agustín tomó un fuerte respiro. –Claudio… Lo detuvimos; quiso entrar en el castillo… Nos atacó y…– Tosía.
– Respira, alfa…– Decía Alex tocando su pecho.
– Usó el suero cuando logramos interceptarlo…–
– ¡ALEX!– Gritó Estrella al ver a un gran lobo corriendo hacia ellos.
– Seba, llévala adentro.– Gritó. –Ángel, necesito que te quedes con los demás: no puede tocarte el suero, eso es lo que quieren.–
– No pienso dejarte sola.– Ya tenía la mirada de Scar.
Alex gruñó y soltó su poder. El gran lobo estaba loco, con colmillos salientes y deformes; sus huesos crujían como si luchara contra algo.
– Es uno de los guardias, Rey.– Balbuceó Agustín, ya mejorando. Los otros dos también estaban bien con la ayuda de Max y Cesar.
– Está luchando contra el suero.– Alex corrió hacia él. Ángel abrió los ojos, corriendo detrás de ella.
En un movimiento, el lobo saltó intentando agarrarla, pero unas lianas lo sujetaron mientras luchaba por contenerlo.
– Max, necesito que los sostengas.– Gritó.
Max lo sujetó con lianas, ayudado por Cesar. Alex aprovechó para mover sus manos, agarrándolo del cuello tratando de eliminar el suero mientras sentía su cuerpo gritar de dolor. No lo soltó, aguantando lo más que pudo; el lobo arañaba, dejando heridas en sus brazos.
Ángel gruñó de enojo al verla herir; alzó su mano, tomándolo del cuello mientras trataba de dominarlo.
– Aguanta un poco más… Ya lo tengo.–
Ángel apretó más el grueso cuello de la bestia, que seguía moviéndose. Mientras los demás hacían todo lo posible por contenerlo, el lobo empezó a calmarse: poco a poco su cuerpo volvía a la normalidad, dejando al joven guerrero desnudo en el suelo.
– Ah…– Sollozó el joven, mirando a Alex sobre su pecho. –Estoy en el cielo…–
Ángel gruñó celoso. Alex rio, soltando un suspiro antes de caer al pasto con la respiración agitada.
– Ni yo creo que lo logré…– Miró a Estrella, que lloraba al verla herida. –Bienvenida a la familia, amiga.– Ríen las dos.
– Eres una tonta, ¿cómo haces eso?– Acaricia su rostro.
Ángel la llevó en brazos para recostarla; Estér la empezó a curar para que recuperara fuerzas, mientras Agustín informaba todo lo sucedido.
– Él está en los calabozos; no pudo con los brujos cuando intentó escapar.– Terminó diciendo.
El joven estaba de rodillas pidiendo disculpas por las palabras que dijo de su Reina.
– No te culpo: mi Reina es muy hermosa. No hay problema.– Contestó Ángel. El joven asintió aliviado.
– Ahora estamos más que seguros de que la suposición de Alex era cierta. Hay que ponernos en marcha.– Dice Ángel. Todos asintieron con firmeza.
Estrella no entendía nada, pero Seba le contó lo sucedido. Estaba preocupada al ver a su amiga y saber que había más de esas bestias –le daba miedo que le pasara algo a todos.
– Tranquila, amiga. Con lo que pasó, ya sé cómo hacer el antídoto.– Dice Alex saliendo de la habitación tras escuchar su conversación.
– Lindo cumpleaños, hermanita.– Dice Mateo riendo. Fede le dio un golpe en la cabeza.
– Debes descansar…–
Decía Ángel. Alex negó: estaba mejor y solo se sentó en sus piernas. Sintió más alivio al tenerlo cerca; su vínculo era fuerte ahora y la ayudaba a curarse más rápido.
– Necesitaremos muchas flores lupurias…– Decía. Todos asintieron. –Tenemos que dividirnos con la manada, y si querían que te tomara, es porque seguro atacarán.–
– ¿Crees que pueden llegar hoy o en estos días?– Preguntó Seba. Alex asintió.
– Hay que ponernos en marcha. Estrella me ayudará con el antídoto.–
Estrella asintió: ambas eran muy hábiles, y ella estuvo cuando Alex experimentó con su sangre –la reprendió por su imprudencia y le dijo que no lo hiciera más al ver lo inestable que era.
– Hay que avisar a las manadas.– Dijo Ángel, mientras Agustín empezaba a llamar junto a Héctor y Fede.
Todos se pusieron en marcha; los alfas ya habían sido avisados, y algunos clanes no dudaron en dirigirse a la casa de Héctor, quien lo permitió.
Alex estaba con Estrella cuando sintió un escalofrío en la espalda; cubrió a su amiga en un instante.
– Príncipe, ¿qué lo trae por aquí?–
Alex percibió al vampiro, quien sonrió con emoción al ver a Estrella. Sebastián entró de golpe al sentirlo, junto a Ángel.
– Príncipe, espero que esto no sea lo que pienso.– Dijo Ángel colocándose frente a Alex.
– Vaya… Veo que la humana deliciosa tiene una pareja.– Sonrió sentándose en la silla. Seba gruñó. –Vine porque puedo ayudarlos…–
– Lo dudo…– Dijo Alex furiosa; no sentía nada bueno con su presencia.
– ¡Qué elfita tan malhumorada! Relájense, no vine a hacer guerra. Quiero saber qué saben de Safira.– Dijo serio.
Ángel miró a Alex; un silencio denso se instaló en la sala.
– Si pregunta por ella, debe saber algo.– Agregó Alex.
– Esa mujer debería estar muerta; fue la causante de la muerte de mi madre.– Dijo con enojo.
– Y de su padre también.– Dijo Alex.
El príncipe la miró frunciendo el ceño. –¿Qué? Él murió en la guerra, por los malditos lobos.–
– No.– La voz de Ángel fue firme. –Mi Reina lo encontró en su lecho; tenía una plaga en donde estaba su corazón.–
– La misma que está usando ahora.– Agregó Alex.
– ¡Maldita perra!– Gritó furioso el príncipe. –¿Qué tipo de veneno es?–
– Un veneno que mata lobos; es tan fuerte que pudo destruir un bosque entero. Yo misma lo vi: tuvimos que encerrarlo en cristal…– Decía Alex.
– ¿Cómo sé que no es mentira? Murió hace años.–
– Ay, por favor… Se te murió el cerebro también.– Sacó el anillo que había encontrado y se lo tiró. El príncipe lo agarró, apretando los puños.
Ángel le contó lo sucedido con Carla y todo lo que sabían. El príncipe estaba más que ansioso por arrancarle el cuello a Safira.
– ¿No puedo verlo?– Preguntó.
– Aún no. Si su cuerpo sale de ahí, sería una bomba de relojería. Cuando logre purificarlo completamente, podrá verlo.–
– Bien… Los vampiros ayudarán. Mis oscuros empezarán a buscarla por donde encontraste el rastro, y con su anillo puedo percibir más su aroma ahora.– Miró a Ángel, quien asintió estrech