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MI ESTUPIDO NIÑERO

MI ESTUPIDO NIÑERO

Status: Terminada
Genre:Romance / Niñero / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa




Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.

Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.

Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.

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Capitulo 20

Mariana empezó a caminar rápido hacia la entrada principal, con el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas. Solo quería alejarse de ahí, llegar a un lugar seguro, conseguir señal y llamar a Valentino. Pero apenas cruzó la puerta del jardín hacia el camino de tierra, dos hombres salieron de entre las sombras y se colocaron a ambos lados, bloqueándole el paso.

—¿Qué hacen? —exclamó ella, retrocediendo un paso—. ¡Aléjense de mí!

—Vamos, no pongas dificultades, preciosa —dijo uno de ellos con voz áspera, agarrándola del brazo con firmeza—. No te haremos daño si te portas bien.

—¡Suéltame! —gritó ella, luchando por soltarse—. ¡Déjame ir! ¡Alguien, por favor, ayúdenme!

Pero por más que gritó, nadie salió de la casa. La música y las risas seguían sonando adentro, como si nada estuviera pasando afuera. Nadie la escuchaba. Nadie venía.

La empujaron suavemente pero con fuerza hacia una camioneta oscura que estaba aparcada entre los árboles. Mariana giró la cabeza con desesperación y lo vio: Diego estaba de pie en el porche, observándolo todo. No intentaba detenerlos. No llamaba a nadie. Solo la miraba con esa sonrisa tranquila y satisfecha, como si todo estuviera saliendo exactamente como lo había planeado.

—¡Diego! —gritó ella, con voz quebrada—. ¡Por favor, dile que paren! ¡No hagas esto!

Él no dio un paso hacia ella. Solo levantó una mano y le hizo un gesto lento de despedida, con esa misma sonrisa que ahora le pareció la cosa más aterradora del mundo.

—Hasta pronto, Mariana —dijo, y aunque su voz era suave, ella lo escuchó claramente—. Nos espera un largo viaje. Y cuando lleguemos, me lo agradecerás.

La empujaron dentro del vehículo. La puerta se cerró con un golpe seco que sonó como el final de todo lo que conocía. Las ventanas estaban tintadas. No se veía nada afuera. Y entonces, el miedo la invadió por completo: estaba sola, lejos de casa, sin teléfono, sin saber a dónde la llevaban. Y la última imagen que guardó en su mente fue esa sonrisa de Diego, segura y triunfante, mientras la oscuridad se cerraba a su alrededor.

El vehículo arrancó en silencio, alejándose rápido de las luces de la fiesta. Mariana estaba apretada contra la puerta, con las manos temblando y la respiración entrecortada. No había nadie más dentro que los dos hombres al frente, y ninguno de los dos decía una palabra. El silencio era peor que cualquier amenaza.

—¿A dónde me llevan? —preguntó al fin, con voz que intentó que fuera firme pero que salió quebrada—. Tienen que decirme algo. No pueden hacerme esto.

El hombre que conducía miró brevemente por el retrovisor y dijo con voz monótona:

—Tranquila, niña. No te va a pasar nada malo mientras cooperes. Solo hacemos nuestro trabajo.

—¿Su trabajo? —repitió ella, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a dejar caer—. ¿Trabajan para Diego? ¿Qué les prometió? ¿Dinero? ¿Qué quiere de mí?

—No estamos autorizados para darte información —dijo el otro hombre, sin girarse—. Y te sugiero que te quedes tranquila. Cuanto menos ruido hagas, mejor para todos.

Mariana se hundió en el asiento, sintiendo la desesperación crecer en su pecho. Pensó en Valentino. En que él no tenía idea de dónde estaba. En que le había mentido. En que la última vez que lo vio, le había dicho que iba a una cena tranquila en casa de una amiga. Y ahora… ahora estaba en una camioneta oscura, llevada por dos desconocidos, sin saber si volvería a verlo.

—Él va a darse cuenta —susurró, más para sí misma que para ellos—. Valentino va a saber que algo está mal. Va a buscarme. No se rendirá.

El conductor soltó una risa corta y sin alegría:

—Ese muchacho que cuida tu casa? No tiene idea de con quién se está metiendo. Diego Catalano consigue lo que quiere. Siempre. Nadie lo ha detenido todavía, y mucho menos un chico que solo viene a cuidar casas vacías.

Esas palabras le helaron la sangre.

—No lo subestimen —dijo ella, con más fuerza de la que sentía—. No saben cómo es. Cuando quiere a alguien, no se rinde. No importa qué tan difícil parezca.

—Romántico —dijo el otro con sarcasmo—. Pero la realidad es otra. Nadie viene por ti. Nadie sabe dónde estás. Y para cuando alguien se pregunte por ti, ya estaremos muy lejos.

Mariana cerró los ojos, apretando los puños contra sus rodillas. No es verdad, pensó con todas sus fuerzas. Valentino sabrá. Sentirá que algo está mal. Vendrá por mí. Tiene que hacerlo.

Y aunque el miedo la invadía por dentro, en lo más profundo de su corazón, una pequeña llama de esperanza seguía encendida: la promesa que él le había hecho, aquella noche lluviosa en el porche de su casa: Si necesitas que vaya por ti, no importa la hora ni dónde estés. Solo llámame.

 

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Tere Jimenez
empieza muy interesante gracias
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