Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 20
Alex
La mañana entra por los ventanales con una luz pálida y suave. Estoy sentado en el sillón, inclinado hacia adelante, con los antebrazos sobre las rodillas, mirándola dormir.
Olivia está de lado, con el cabello desordenado sobre un cojin, y una mano metida bajo la mejilla como si fuera una niña. Su respiración es lenta… pero no del todo tranquila. De vez en cuando su ceño se frunce como si algo la estuviera persiguiendo incluso aquí.
Aprieto la mandíbula. No me gusta eso. No me gusta que ni dormida pueda descansar del todo.
Me levanto sin hacer ruido y me alejo, recorriendo la casa en silencio. Mis pasos son lentos, mientras observo salidas, ángulos muertos, puertas y ventanas.
Un raro hábito que he adquirido con el pasar de los años.
Me detengo frente a uno de los ventanales que dan al exterior y noto dos hombres junto al perímetro, otro más cerca del acceso a la playa. Con posturas rígidas, auriculares en espiral y trajes oscuros.
Resoplo por la nariz.
—Inútiles…— Murmuro.
Se supone que son expertos. Se supone que su trabajo es que nadie se acerque a ella sin que lo sepan y yo entré. Si yo pude hacerlo, cualquiera con peores intenciones también.
La idea me enciende algo oscuro en el pecho. Me aparto de la ventana antes de que el enojo crezca más de la cuenta y sigo caminando por el pasillo.
Las paredes están llenas de fotografías y me detengo frente a una.
Olivia de niña con un perfecto atuendo rosa, pero lo raro es que no sonríe. A pesar de tener cientos de juguetes detrás.
En otra, ya adolescente. Vestido elegante. Con la postura recta y la mano de su padre firme sobre su hombro.
No parecen recuerdos, parecen escenas armadas.
Sigo avanzando hasta que veo una puerta al final del pasillo. Cerrada y con una cerradura diferente al resto.
Interesante. Me acerco y mi mano ya va hacia la manija cuando escucho su voz, áspera por el sueño.
—¿Qué haces?
Me giro.
Olivia está apoyada en la pared, el suéter grande colgándole de un hombro, el cabello revuelto, y los ojos aún medio cerrados.
Nada que ver con la mujer perfecta de las fotos.
Sonrío, como si no estuviera a punto de meterme donde no debo.
—Pensando qué te gustaría hacer hoy. ¿Hay algo que quieras hacer?
Se frota los ojos con el dorso de la mano.
—Planeaba nadar un rato.
Miro las ventanas, hacia el exterior.
—No puedo ir contigo con los guardias merodeando.
Ella sonríe apenas, esa sonrisa pequeña que se le escapa cuando se olvida de ser impecable.
—Lo sé. Y si quieres permanecer aquí lo que resta del fin de semana… no entres a esa habitación.
Su tono cambia apenas. No es una orden, pero si una advertencia suave.
Miro la puerta, luego a ella y la intriga por saber que hay detrás de ella me carcome, pero si quiero estar con ella, mejor le hago caso. Asi que asiento.
—Bien.
Me alejo de la puerta sin insistir.
—Tú ve a nadar— Digo, pasando a su lado, sintiendo por un segundo el calor de su cuerpo cuando la rozo sin tocarla. —Yo te haré de comer.
No sé cocinar gran cosa, pero algo se me ocurrirá antes de que vuelva.