Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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Código y confianza.
Cada paso fue tan explícito que Ricardo y David quedaron asombrados.
Al finalizar, Alberto esperaba escuchar alguna sugerencia o pregunta; no obstante, Ricardo añadió:
—Lo veo y no lo creo, Rayo… en realidad este mocoso es tu hijo. Hace un instante retrocedí en el tiempo.
—Es cierto… —dijo David, observando el brillo en la mirada de Thiago, que no mentía—.
Desde su asiento, Rayo preguntó:
—¿Así me veía yo? No está mal, llevas un gran futuro…
—Pa… —Alberto frunció el ceño, sin entender a los adultos—.
—Estoy hablando en serio, ¿por qué no lo toman con esa magnitud? Antuan y Antonella son más serios que ustedes, hasta el mismo inmaduro de Santiago se lo hubiera tomado tan a pecho.
—Hijo, tus tíos quieren decir que ideaste un plan magnífico, lo hiciste a mi estilo.
—¿Es eso? —Alberto se llevó la mano a la cabeza, apenado—. Mi padre es mi ejemplo, siempre lo he escuchado…
Hasta detrás de las puertas, como lo acabas de hacer. Pero no te preocupes. Quedaremos como habíamos quedado: tú llevarás la máscara.
La decisión de Rayo no tenía vuelta atrás. Alberto sería el portador de la máscara.
Quien tomara su lugar, su hijo guiaría la misión. Por lo tanto, le entregó la laptop y dijo:
—Hazte cargo. Enrique Larios debe quedar en la quiebra. Necesitas a una persona de confianza, alguien que tenga tus contraseñas, la persona que de el golpe sorpresa.
Rayo se refería a alguien como Rose. Su hermana siempre fue quien daba la estocada final. Él dejaba hecho todo el trabajo, llevaba a sus enemigos a la quiebra, y en medio de su aparición, era cuando recibían el mensaje que indicaba que Rayo había hecho lo suyo. Rose era esa persona: la mano derecha de Thiago.
—Esto es tedioso, pero no hay de otra. Antes, Alberto solía trabajar dolo; ahora tendrá que buscar a alguien, pero la persona en la que más confía está a cientos de kilómetros de distancia.
—Padre, me has dado una tarea, la haré ahora mismo. Sin embargo, yo también te daré una a ti.
Los hombres quedaron asombrados, pero no tanto como lo estarían pronto.
En una esquina del despacho había una cámara, y su imagen formaba parte de todas las que se mostraban en una pantalla. En ese momento, el joven se acercó, estiró la mano y la cámara dejó de funcionar.
—¡WOW… me has dejado asombrado! —Rayo se maravilló, aunque aún no sabía qué había provocado la interrupción—. ¿Cómo lo hiciste? Ricardo siempre era el encargado de interrumpir las cámaras de vigilancia y por supuesto que quiera indagar.
—Es por mi anillo —dijo Alberto, quitándoselo y entregándoselo a su padre—. Adentro hay un microchip diminuto, pero con tecnología muy avanzada. El programa lo creé yo mismo. Te pasaré toda la información.
Rayo contempló la joya, y su curiosidad lo llevó a abrirla.
—¿Y cuál será mi tarea? El maestro está por recibir una tarea del alumno.
—¡Quiero que hagas uno igual! Y si tienes tiempo, dos. Es un arma muy peligrosa, incluso para nosotros, así que solo las personas más allegadas pueden tenerla. Alberto sabía porque le daba esa advertencia.
Thiago comprendió lo que quiso decir su hijo: la mansión de Rayo estaba rodeada por cámaras… Si ese anillo llegase a caer en manos equivocadas estarán en peligro.
—A menos que… Dios los cría y el diablo los junta —dijo, con una gran idea—. Envíame ese programa, haré los dos anillos y también crearé una protección para mi sistema de vigilancia. Para mí no será imposible. O eso creyó el hombre.
—Pa… solo un troyano puede afectar ese sistema, así que mucha suerte con eso.
Alberto salió sonriendo: ¿Será que él ya lo intentó?
Esa noche volvió a su habitación para hacer la llamada, sin embargo, Aurora estaba adentro.
—Alberto… —ella se levantó en cuanto lo vio—. ¿Estás aquí? ¿Sucedió algo?
Él puso la laptop sobre la mesa y se acercó: recordó que le pidió que lo buscará ahí si necesitaba algo.
—¡No podía dormir! Todavía siento que estás molesto con todo esto. No viste la película con nosotros. Te fuiste de derrepente.—Lo que Aurora no supo fue que Nicole comentó que los hombres se habían reunido y Alberto supo que tramaban algo, fue por eso que no vio la película.
—Ay, niña… —Alberto la miró detenidamente—. Piensa más en ti y menos en mí, quizás así encuentres tus respuestas.
Alberto no sabía cómo decírselo; no había modo de gritar a los cuatro vientos sus sentimientos. No ahora, no hasta que esté seguro de no lastimarla. Hasta que no compruebe lo que siente por Mariana, y eso solo sucederá cuando la tenga de frente.
—Olvídalo. Buenas noches… —dijo ella, dándose la vuelta. Antes de llegar a la puerta, Alberto la giró del brazo—.
—¿Buenas noches? Así, en seco.
—Sí, fue lo que dije. Esa chica es algo lerda en todo. ¿Cómo es que no ve las señales?
Alberto sacudió la cabeza y la besó. Sí, se dan las buenas noches. Luego la guió hasta la puerta, satisfecho con su “enseñanza”. Pero…
—Le iré a dar las buenas noches a Santiago.
Esas palabras borraron su sonrisa y la volvió a meter en su cuarto.
—¿No lo harás con un beso? —preguntó.
—Por supuesto que no. Tampoco iré a su habitación, él está abajo con tu madre.
—Sabes qué… vamos juntos. Mi madre se enoja si me acuesto sin su bendición.
El joven no la dejó ir sola. Santi era un chico muy atractivo, y sus encantos hacían caer a cualquier mujer, y Alberto lo tenía muy claro.
Una hora después, en Canadá, Douglas estaba por irse a la cama cuando recibió una llamada.
Al mirar el identificador dijo a su esposa:
—Es Alberto.
Él no tardó en contestar, después de todo era el confidente de su hermano, o al menos creía que le contaba todo. Sin embargo, al escuchar el problema reciente, dijo:
—Alberto, pensé que yo era la primera persona a la que siempre acudías. Sus palabras reflejaron un ligero toque de celos.
—Lo eres, pero por encima de ti está nuestro Rayo.
—respondió rápido Alberto—.
—El caso es que este es un asunto entre Larios y yo. Sin embargo, te necesito, necesito a mi hermano.
Te enviaré mis claves de acceso y los códigos de los programas.