Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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nuevo dia
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la habitación de Luciana, dibujando franjas doradas sobre las sábanas. Hacía meses que no dormía así: sin sobresaltos, sin sentir que el techo se le caía encima, sin que las sombras de las esquinas parecieran querer alcanzarla. Se despertó con una extraña sensación de ligereza en el pecho, y lo primero que hizo fue mirarse la muñeca. La marca del pacto con Axel seguía allí, una línea casi invisible, pero que emanaba un calor constante, como si el ángel le estuviera enviando un pulso de energía a distancia.
—¿Papá? —llamó ella, todavía con la voz ronca por el sueño, mientras caminaba hacia la cocina
Se detuvo en seco al ver la escena. Su padre no estaba derrumbado en el sofá como cada mañana, con la cara gris y las manos temblorosas. Al contrario, estaba de pie junto a la estufa, silbando una melodía vieja que Luciana no escuchaba desde que era niña. Tenía la espalda erguida, la piel con un color saludable y se movía con una agilidad que parecía haber recuperado por arte de magia.
—¡Buenos días, Lu! —dijo él, girándose con una sonrisa radiante y ofreciéndole un plato con huevos y café recién hecho—. No me mires así, sé que parece que me han inyectado vida, pero es que anoche... anoche fue distinto.
Luciana se sentó a la mesa, observándolo con una mezcla de alivio y asombro. Sabía perfectamente quién era el responsable de ese milagro.
—¿Qué pasó en el almacén, papá? —preguntó, intentando sonar casual mientras soplaba su café.
—No sé cómo explicarlo, hija. Llegué agotado, pensando que no aguantaría ni una hora. Pero de repente, sentí un aire fresco, como si alguien hubiera abierto una ventana en medio de ese cobertizo caluroso. Las cajas que antes pesaban una tonelada hoy parecían de cartón. Sentía que... bueno, que no estaba solo. Hasta me puse a cantar. ¡Incluso el capataz me preguntó qué me había tomado!
Luciana sonrió para sus adentros. Se imaginó a Axel sentado en alguna viga del almacén, probablemente aburrido, usando su fuerza celestial para aligerar la carga de su padre mientras hacía algún comentario sarcástico al aire que nadie podía oír.
—Me alegro mucho, papá. De verdad —dijo ella, sintiendo que un peso inmenso se le quitaba de encima.
—Lu, con este ritmo, en menos de un mes tendremos lo del alquiler en la ciudad. Ya lo verás. No sé qué ha cambiado, pero siento que los ángeles finalmente se han acordado de nosotros —concluyó el hombre, dándole un beso en la frente antes de irse a descansar.
Cuando su padre entró en su habitación, Luciana se quedó sola en la cocina. El ambiente se volvió de repente más frío, y un olor a ozono y lluvia llenó la estancia. Ella no tuvo que mirar atrás para saber quién estaba allí.
—¿"Los ángeles se han acordado"? —La voz de Axel sonó justo detrás de su oreja, cargada de ese tono burlón que ya empezaba a resultarle familiar—. Qué poco crédito me dan. Yo diría que más bien fue el ángel más guapo y eficiente del cielo el que hizo todo el trabajo sucio mientras tú roncabas.
Luciana se giró y lo vio apoyado contra la nevera, luciendo tan impecable como siempre, con su chaqueta de cuero y ese mechón rebelde cayéndole sobre los ojos.
—Lo has ayudado de verdad —susurró ella, ignorando su arrogancia—. Gracias, Axel.
—No me des las gracias todavía, pequeña guerrera —respondió él, enderezándose y clavando sus ojos dorados en los de ella—. El viejo está a salvo por ahora, pero fuera de estas cuatro paredes, el pueblo ha empezado a cambiar. El tipo del club no era el único, y ahora que saben que estoy aquí, van a empezar a salir de debajo de las piedras.
Axel señaló hacia la ventana. Luciana miró hacia la calle y se le heló la sangre. A plena luz del día, vio a la vecina de enfrente regando las plantas, pero su sombra... su sombra no estaba regando nada. La sombra de la mujer estaba mirando fijamente hacia la casa de Luciana con unos ojos rojos que solo ella podía ver.
—Se acabó el desayuno —sentenció Axel con una seriedad que no admitía réplicas—. Es hora de que tu don empiece a trabajar verdad.
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