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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:665
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 15

El sol de Cartagena se derramaba sobre las calles empedradas como un río dorado. Los pregoneros ofrecían frutas frescas, los carruajes rodaban lentos bajo el calor del mediodía, y el aire olía a mar, canela y pan recién horneado.

Aquel día, acompañaba a mi esposo, Antonio, en sus negocios con los comerciantes del puerto. Vestía con sobriedad, con un vestido color perla y un sombrero claro que me protegía del sol. Caminaba a su lado con la serenidad de quien guarda muchas cosas dentro del corazón.

Antonio conversaba animadamente con los hombres de Escocia, Inglaterra y Flandes que habían llegado a bordo de sus barcos, cargados de telas, especias y promesas de fortuna. Yo lo observaba desde la distancia, sonriendo cuando él me miraba, y manteniendo siempre el porte digno de una esposa noble.

Pero entonces lo vi.

Entre los grupos de hombres y marineros, distinguí a James, mi amor prohibido. Estaba allí, cerca del muelle, y no estaba solo. A su lado se encontraba la pirata escocesa, aquella mujer de mirada audaz y cabello cobrizo que siempre había rondado su vida.

Y lo que vi me hirió el alma.

Ella lo besaba, lo tocaba con descaro, con esas manos impuras que no conocen la vergüenza. Él no se apartó, y aquella visión me atravesó como un puñal. Sentí la sangre hervirme por dentro; chasqueé los dientes, contuve el aliento y bajé la mirada para no hacer un escándalo.

El corazón me latía con fuerza, y por un instante, el aire pareció faltar.

Respiré hondo, tragué el orgullo, y cuando mi esposo volvió su atención hacia mí, le dediqué una sonrisa tranquila, como si nada hubiera ocurrido.

—Mi querido Antonio —le dije con dulzura—, iré a la iglesia un momento. Quiero rezar y dejar unas limosnas para los pobres del hospital.

Él asintió sin sospechar nada, ocupado como estaba entre sus documentos y monedas.

Me alejé con paso firme, aunque por dentro sentía un torbellino de emociones. Caminé por las calles repletas de gente, dejando atrás el bullicio del puerto y el eco del mar. Me detuve en cada esquina para dar unas monedas a los enfermos y a las viudas, a los niños que pedían pan con los pies descalzos.

Era mi manera de calmar el alma.

De recordar que, pese a todo, aún podía hacer el bien.

Llegué a la iglesia de San Pedro Claver. El templo estaba fresco, bañado en la penumbra suave del incienso. Las velas titilaban ante el altar, y el Cristo, con su mirada de compasión infinita, me invitó al silencio.

Me arrodillé y dejé que el corazón hablara por mí.

—Señor —murmuré—, si alguna vez el amor que sentí fue error o condena, no me castigues más. Dame fuerza para perdonar. Y si es Tu voluntad, concédeme el don de ser madre. Quiero traer vida donde solo hay vacío.

Las lágrimas rodaron lentas por mi rostro.

Luego busqué al padre confesor y entré en el confesionario con el alma abierta.

—Padre… —comencé con voz quebrada—. He amado con intensidad, pero he perdido dos veces. Una por la voluntad de mi madre, que no quiso verme seguir aquel destino, y otra… porque Dios decidió llevarse a la criatura antes de que respirara este mundo tan cruel.

El padre escuchó en silencio. Luego habló con ternura:

—Hija mía, las almas más puras son las más probadas. Dios escucha, aun cuando tú callas. No desesperes; la paciencia es la forma más alta del amor.

Sus palabras fueron bálsamo en mi pecho.

Al salir del confesionario, el viento del mar entró por las ventanas y movió las cortinas del altar, como si el cielo me acariciara. Me limpié las lágrimas, y al levantar la vista, lo vi.

James.

Estaba sentado en uno de los bancos, mirando el altar. La luz de los cirios dibujaba su perfil y en sus ojos se mezclaban la culpa y la tristeza. Cuando me vio, se puso de pie lentamente.

Yo, aún temblando, avancé unos pasos. El padre me detuvo un instante y me abrazó.

—Todo pasará, hija. Ningún dolor es eterno si se entrega a Dios.

Entonces James se acercó, despacio, con la mirada hundida en la mía.

—Selene… —susurró—. No llores más, por favor.

Lo miré con una calma que no sabía que tenía y le respondí en voz baja:

—Si mi amor nadie lo apoyó, si nadie lo cuidó, ni lo sostuvo, yo te apoyo a ti. Como esposa… como amiga… y también como amante del alma.

James bajó la cabeza y tomó mi mano. La besó con devoción, sin decir palabra.

El sonido de las palomas que revoloteaban en los ventanales rompió el silencio. Afuera, el sol se apagaba sobre las murallas y el mar comenzaba a cantar su rumor eterno.

Caminamos juntos hacia la puerta de la iglesia, sin mirarnos, sin hablar. A veces el silencio basta cuando el alma ya lo ha dicho todo.

Esa noche, mientras las luces de la ciudad encendían su resplandor dorado sobre el mar, supe que Dios me había escuchado. Quizás no me daría un hijo aún, pero me concedía algo más sagrado: la serenidad del perdón.

Cartagena dormía bajo el manto de la brisa.

Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no sentí rabia ni rencor.

Solo una paz suave, como un amanecer después de la tormenta.

Me miró con los ojos encendidos como el mar en tormenta, y por un instante todo a mi alrededor quedó en un silencio áspero. Quiso tocarme; su mano se acercó con la familiaridad de quien piensa que aún puede poseer aquello que nunca fue suyo por completo.

—No te vayas —murmuró—. No te vayas de mí, Selene.

La cólera, la vergüenza y la desesperación se amontonaron en mi garganta. Le devolví la mirada con frialdad.

—¡Lárgate! —escupí—. Ya tienes a tu escocesa, tu preciosa escocesa. ¿Qué buscas aquí? ¿Que te perdone? ¿Qué quieres de mí? Soy una mujer casada. ¿Quieres que te mate por meterte con una mujer casada? ¡Acéptalo: lo tuyo se terminó!

Sus manos se tensaron en el borde del banco. Dio un paso hacia mí con decisión; no lo detuve con la violencia de quien teme, sino con la firmeza de quien exige respeto. Él intentó sostener mi cadera con la intención de retenerme; yo retrocedí, no para huir, sino para imponer mi voluntad.

—¡Suéltame! —dije, con voz cortante.

James vaciló. Hubo un instante —breve y terrible— donde sus dedos rozaron mi mejilla. Fue un toque que no pedí y que no toleré; lo aparté con gesto seco. Él, lleno de orgullo herido, contraatacó con una cercanía que me dejó sin aire: me atrajo hacia sí y me besó. No fue una emboscada obscena; fue la urgencia de un hombre dividido entre el arrepentimiento y la necesidad. Al principio me resistí. Mi cuerpo recordó dolor, mi corazón, traiciones. Me negué, apreté los ojos y me aparté.

Y sin embargo, algo en su voz —un rasgo de verdad que no había escuchado antes— me hizo tambalear. El mundo se puso rojo y negro por un segundo; las paredes de la iglesia, el murmullo de la ciudad, todo cedió ante la fuerza de ese instante. Me dije a mí misma que no debía, que no podía; y después, en un arrebato que me sorprendió tanto como a él, lo besé de vuelta. Lo hice porque quise, porque en ese beso encontré un eco de lo que alguna vez fue mi esperanza y mi condena. Me relajé un poco, dejé que el calor corriera por mis venas, y por un momento todo pareció perdonable.

Cuando la pasión se calmó, me separé con decisión. Le di una bofetada que resonó como un clarín. Fue un acto que no buscó humillarlo; buscó recordarle a él y a mí misma que yo marcaba los límites.

—Si vuelves a besarme sin que yo lo diga —le advertí, con la voz temblando entre la ira y el temblor—, atente a las consecuencias. No soy un trofeo ni una sombra para que me reclames a tu gusto.

Él se rió, una risa ahogada y amarga que no era burla sino rendición. Con los ojos brillantes, inclinó la cabeza hacia mí y dijo, casi en un susurro:

—Pues toma las consecuencias que quieras —contestó—. Iría por ti al infierno y volvería antes de que el mundo olvide tu nombre.

Frente a su confesión, sentí cómo algo se quebraba y, a la vez, algo daba fruto. No le respondí con palabras grandilocuentes. Me limité a mirar su rostro, a leer allí la verdad y la contradicción. Me sentí poderosa y frágil al mismo tiempo: dueña de mi decisión, pero también presa de un deseo que ni yo misma lograba controlar.

—No te pertenezco —le dije finalmente—. No volveré a ser eso para nadie que quiera ser libertad para sí mismo y esclavitud para otros. Si alguna vez hay algo entre nosotros, que sea hecho con palabras y acuerdos, no con impulsos robados.

James asintió, la cabeza baja, la boca húmeda aún del beso. Su orgullo estaba herido, pero algo más —una claridad triste— lo había invadido.

Nos quedamos allí un rato, respirando el mismo aire caliente de la ciudad. Fuimos dos almas en conflicto: una que buscaba redención, otra que exigía dignidad. El jardín olía a jazmín y a sal, y el mundo exterior seguía girando como si nada hubiera ocurrido.

Al separarnos, supe que lo que había pasado no se borraría con disculpas ni con promesas. Era una cicatriz que ambos llevaríamos, y que debía enseñarnos a no traspasar los límites del otro de nuevo. Pero también supe que, pese a todo, mi corazón no había dejado de temblar —y eso, pensé con dureza, era mi secreto y mi condena.

El eco de mis pasos se perdía entre las bóvedas del templo. Aún ardían las velas en el altar, y el Cristo, inmóvil y misericordioso, parecía mirarme con compasión. Su rostro, tallado en madera antigua, me recordaba lo que acababa de hacer y lo que debía olvidar.

El aire olía a incienso y a culpa.

Salí despacio, sosteniendo el rosario entre los dedos. Cada cuenta que rozaba era una súplica silenciosa para que el cielo me devolviera la calma. Mi corazón latía desbocado, como si quisiera huir de mi propio cuerpo.

La luz del atardecer bañaba Cartagena en tonos de cobre y oro. Desde las murallas llegaba el rumor del mar y el grito de las gaviotas. El aire traía aroma a clavo, a sal y a promesas incumplidas.

En la puerta del templo, respiré profundamente. Saqué un pañuelo de lino, perfumado con agua de rosas, y lo pasé por mi cuello, por mi pecho, por mis labios. No debía quedar ningún rastro, ningún aroma ajeno. Todo debía desaparecer bajo el manto del perdón y del silencio.

Y entonces lo vi.

Allí, al pie de las escaleras, me esperaba mi esposo.

Antonio.

Su porte era digno, su mirada serena. Vestía un traje color marfil, con el cuello bordado y el bastón apoyado en la pierna derecha. Cuando me vio, su semblante se suavizó y me sonrió con ternura.

—Mi amor —dije con voz suave, procurando que no se notara mi agitación—, ¿has esperado mucho?

—Un poco —respondió él con su habitual paciencia—, pero verte salir del templo me basta para olvidarlo todo.

Extendió su mano hacia mí, y sentí el calor de su palma, la firmeza de su presencia. Me ayudó a bajar los escalones, despacio, mientras mi falda rozaba el mármol y mi velo se agitaba con la brisa. Por un instante, todo parecía en orden: el esposo atento, la esposa devota, la ciudad dorada por el sol poniente.

Cuando llegamos al último escalón, él me miró con ternura y, sin decir palabra, me tomó el rostro entre sus manos y me besó.

Fue un beso dulce, sincero, de un amor tranquilo y real.

Un beso sin fuego, pero lleno de paz.

Y entonces, lo sentí.

Una mirada.

Esa mirada.

Giré ligeramente, sin soltar la mano de mi esposo, y allí estaba James, de pie a unos metros, en la penumbra del atrio, observando.

Su rostro estaba tenso, la mandíbula apretada, los ojos cargados de ira y celos. El viento movía su cabello oscuro, y la luz del atardecer le daba un brillo casi dorado. Se notaba que le dolía lo que veía, que algo dentro de él se quebraba al presenciarlo.

Antonio no lo vio. Solo yo.

Y cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí una extraña mezcla de poder y tristeza.

Sonreí.

No una sonrisa de burla, sino de desafío, de orgullo herido.

Sonreí porque, por una vez, él —James— sintió lo que yo había sentido tantas veces: el ardor de los celos, la impotencia de mirar a quien se ama entre los brazos de otro.

El beso terminó y mi esposo me ofreció el brazo.

—Subamos al carruaje, amor —me dijo con dulzura.

Asentí, con una serenidad casi fingida, y antes de subir, miré una última vez hacia la sombra donde James seguía de pie.

Su pecho subía y bajaba con furia contenida. Me observaba sin apartar la vista, con una mezcla de rabia y deseo que me estremeció.

Yo, sin dejar de mirarlo, posé mi mano sobre el brazo de Antonio y subí al carruaje.

La puerta se cerró con un golpe suave.

El carruaje comenzó a moverse, el sonido de los cascos de los caballos marcando el ritmo de mi respiración. Por la ventana, el reflejo de James se fue desdibujando entre la luz del crepúsculo.

Antonio me sonreía, satisfecho, sin saber nada.

—¿Rezaste por nosotros? —me preguntó.

—Siempre —le respondí, mirando hacia la calle que se alejaba—. Por nosotros… y por los que no saben amar sin destruir.

Él asintió, complacido, y me besó nuevamente la mano.

Yo apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos. Dentro de mí, un torbellino se agitaba: culpa, orgullo, deseo, fe. Todo se mezclaba como el mar y la tormenta.

Y mientras el carruaje avanzaba entre el bullicio de las plazas, las voces de los vendedores, el canto de las campanas, yo pensaba en esos ojos —los de James— ardiendo de ira y amor al mismo tiempo.

No sabía si debía temerlos o desearlos.

Solo sabía que su mirada me había perseguido incluso después de doblar la esquina.

Y así, con el corazón dividido, me aferré a la mano de mi esposo.

Porque aunque el alma me temblaba, mi papel en el mundo aún debía continuar.

El carruaje se perdió entre las calles de piedra, y Cartagena, vestida de crepúsculo, guardó mi secreto en silencio.

El silencio de la casa era tan espeso que podía oír el latido de mi propio corazón. Afuera, el sol comenzaba a ocultarse tras los tejados, dejando una luz dorada que entraba por los ventanales y se deslizaba sobre el mármol del piso. El aire olía a jazmín, a incienso y a la brisa lejana del mar.

Llamé a Amelia, mi esclava y mi fiel compañera desde hacía años.

—Amelia, prepárame un baño —le dije con voz serena, aunque por dentro me temblaba el alma—. Agua caliente, pétalos de rosa, miel… y un poco de manzanilla. Necesito descansar.

Ella asintió con dulzura y obedeció en silencio. La vi ir y venir con los baldes, las jarras de cobre, los frascos con esencias. Su paso era ligero, casi silencioso. Cuando el vapor comenzó a llenar la estancia y los pétalos flotaron sobre el agua, un aroma dulce se mezcló con la tristeza que me oprimía el pecho.

—Mi señora, el baño está listo —dijo Amelia con respeto.

Me ayudó a soltar el corsé y el vestido, me sostuvo el cabello y lo recogió con cuidado. Sentí sus manos suaves, acostumbradas a servirme, pero también llenas de ternura silenciosa. Me sumergí en el agua lentamente, y el calor me envolvió como un abrazo.

El contacto del agua tibia con mi piel me hizo cerrar los ojos. Por un momento quise olvidar. Quise imaginar que todo lo que había pasado ese día no existía, que James no había vuelto, que sus ojos no me habían perseguido desde la iglesia, que no había sentido esa punzada de emoción cuando lo vi arder de celos.

Amelia colocó unas velas alrededor y me miró con preocupación.

—¿Desea que me quede, mi señora? —preguntó.

—No, Amelia —susurré, sin abrir los ojos—. Déjame sola unos minutos. Necesito… respirar.

Ella inclinó la cabeza y salió cerrando suavemente la puerta.

Entonces, el silencio volvió.

El agua estaba quieta, y los pétalos de rosa se movían despacio sobre la superficie, reflejando el temblor de las velas.

Y fue allí, en esa soledad perfumada, cuando las lágrimas comenzaron a caer.

Al principio fueron silenciosas, luego inevitables.

Me cubrí el rostro con las manos y dejé que el llanto se mezclara con el agua, con la miel, con la culpa.

—Dios mío… —susurré entre sollozos—. ¿Por qué él tuvo que llegar? ¿Por qué ahora, cuando por fin era casi feliz?

Mi voz se quebró. Las palabras parecían flotar en el vapor del baño, subiendo hasta perderse en el techo.

—James… —murmuré—, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué vuelves para torturarme, cuando ya había aprendido a vivir sin ti?

Las lágrimas caían sobre el agua tibia, y los pétalos se agitaban suavemente con cada movimiento.

Recordé la mirada de James en la iglesia, su ira contenida al verme besar a Antonio. Esa furia, ese fuego… me habían herido, sí, pero también me habían hecho sentir viva.

Y eso era lo peor.

Me odié por ello.

Por sentir aún algo en mi pecho.

Por haber sonreído cuando no debía.

—Dios mío… —repetí entre suspiros—, dame fuerza. No quiero amarlo, no debo.

El vapor se volvió más denso, y mis pensamientos se confundieron con la fragancia de las flores. Me hundí un poco más en el agua, como si pudiera esconderme del mundo.

Cerré los ojos y recé en silencio, pero las oraciones se mezclaban con su nombre, y no sabía si pedía perdón o consuelo.

El sonido de una gota cayendo del techo fue lo único que rompió la calma.

Y allí, entre el perfume de las rosas, comprendí que el pasado no había terminado. Que James había vuelto no solo para atormentarme, sino para recordarme lo que una vez fui: una mujer que amó con el alma entera, y que ahora pagaba el precio de ese amor prohibido.

Me quedé quieta, hasta que el agua se enfrió.

El corazón, en cambio, ardía todavía.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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