Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 17. Pagaremos el precio juntos
El silencio entre ellos no era el de quienes han agotado las palabras, sino el de quienes saben que lo siguiente no puede ser dicho a la ligera. Majic permaneció abrazada a Josag mucho después de que sus respiraciones se aquietaran, sus dedos trazando círculos lentos sobre su espalda, como si cada caricia pudiera tejer una barrera invisible contra lo que acechaba más allá de la piel.
No era un gesto de consuelo, sino de posesión, mío, decía cada roce, y no lo suelto. La luna seguía derramándose sobre las sábanas revueltas, plateando los surcos que sus cuerpos habían dejado en el lino.
Josag no se movió. No por paralización, sino porque estaba midiendo el peso de algo que acababa de entender. El segundo latido no era un intruso; era un huésped que había sido invitado en algún momento que su memoria no alcanzaba a recordar. No dolía. No quemaba, pero estaba ahí, como un susurro en un idioma olvidado que de pronto cobra sentido.
Cerró los ojos y sintió cómo el ritmo ajeno se sincronizaba con el suyo, no para competir, sino para completar. Como si su propio corazón hubiera sido siempre un reloj con una manecilla rota, y ahora, de pronto, alguien le hubiera devuelto el mecanismo perdido.
Majic levantó el rostro lo suficiente para estudiarlo. La luz de la luna le dibujaba sombras bajo los pómulos, haciéndole parecer más viejo, más cansado, pero también más real. Sus ojos ya no brillaban con el pánico de antes; estaban claros, casi fríos.
- “No es algo que venga a arrebatarme. Es algo que, de algún modo, acepté cargar”, murmuró él, y su voz sonó áspera, como si las palabras le rasparan la garganta al salir
Ella no lo interrumpió. Conocía ese tono, el de cuando Josag hablaba desde el trono y su voz ya no era solo suya, sino también de la corona, de la tierra, de cada vida que dependía de sus decisiones. Pero esta vez no había reino que justificara el peso. Solo ellos.
- “Y si lo aceptaste, lo hiciste sabiendo por qué”, dijo Majic, deslizando los dedos hasta su mandíbula, obligándolo a mirarla.
No era una pregunta. Era un recordatorio. Tú eliges. Siempre has elegido.
Josag exhaló, largo y lento, como si soltara algo más que aire. Sus manos encontraron las caderas de ella, no para atraerla, sino para sostenerse. La piel de Majic estaba fría bajo sus palmas, pero no temblaba. Nunca temblaba.
- “El amor no es solo dar. También es deber. Y a veces el deber exige cosas que no entiendes hasta que ya es tarde”, dijo él, y su voz sonó como un lamento.
- “Entonces pagaremos el precio juntos” dijo ella, y sus labios rozaron los suyos sin prisa, sin hambre, solo como un sello.
El beso fue breve, pero bastó para que algo en el pecho de Josag se asentara, no era alivio, era una extraña aceptación.
Mientras en Reverie estaban atravesando un cambio que desconocían, en otro reino, bajo un techo de vigas oscuras y paredes cubiertas de mapas amarillentos, Ghian permanecía despierto.
La lámpara de aceite proyectaba su sombra contra la piedra, alargándola hasta hacerla monstruosa, como si su propia silueta ya supiera lo que él estaba a punto de hacer. No había testigos. Ni consejeros que le susurraran al oído sobre el costo de desafiar el orden. Solo el crujido del pergamino bajo sus dedos y el nombre de Kiara ardiendo en su mente como una herida abierta.
No era un capricho. Nunca lo había sido. Desde la primera vez que la vio, supo que ella era el único punto fijo en un mundo que se desdibujaba a su alrededor. Y ahora, con los hilos del destino tensándose como cuerdas a punto de romperse, entender que no buscarla sería traicionar algo más profundo que lealtades o juramentos. Sería traicionar el único instinto que nunca lo había engañado.
Tomó la pluma. El tintero estaba lleno, la tinta negra y espesa como sangre seca. No escribió una orden. No firmó un decreto. Simplemente trazó dos palabras en el margen de un mapa olvidado: "Encuéntrenla". Y luego, debajo, como si el papel pudiera contener el peso de lo que estaba por venir: "Pague lo que cueste".
El pergamino no se incendió. No hubo truenos. Pero en algún lugar, en un plano donde los destinos se tejían como telarañas, un hilo vibró. Y luego otro. Y otro más. Envidia sonrió, ese dios no quería tener lo que tenían los demás, solo quería que los demás no lo tengan.
De vuelta en Reverie, Josag sintió el momento exacto en que el segundo latido dejó de ser un eco para convertirse en parte de él. Cerró los ojos y vio, no imágenes, sino sensaciones, el peso de una corona que no era la suya, el sabor de un juramento pronunciado en la oscuridad, el tacto de unas manos que no eran las de Majic, pero que lo habían marcado de todas formas.
- “¿Josag?”, dijo Majic y su voz lo trajo de vuelta, baja y urgente.
Abrió los ojos. Majic estaba allí, su rostro a centímetros del suyo, sus pupilas dilatadas no por miedo, sino por atención. Como si supiera que algo acababa de cambiar para siempre.
- “Estoy aquí”, dijo él.
Y era verdad. Estaba ahí. Pero también estaba allá. Dondequiera que allá fuera.
Ella no preguntó. No lo presionó. Solo apoyó la frente contra la suya, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo silencio. Y cuando habló, sus palabras no fueron una promesa, sino un hecho.
- “Sea lo que sea, lo atravesaremos”, susurró Majic.
Josag no prometió que saldrían ilesos. No prometió que sería fácil. Pero cuando la atrajo contra su pecho, cuando sintió el calor de ella fundirse con el frío que ahora llevaba dentro, supo que no había otra manera. Había elegido por ella otra vez, y esta vez, no habría vuelta atrás.