Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 16: Decapitación.
El Rey
La sangre del marqués de Vane apenas había terminado de secarse en las juntas del mármol cuando el mapa de la capital se convirtió en una mesa de autopsia.
No nos detuvimos. Una ejecución en la Corte Suprema solo sirve como aviso; la verdadera guerra se gana extirpando la raíz podrida en la penumbra. Durante las dos semanas posteriores al banquete, el palacio no durmió. Mientras la corte aún digería el nombramiento de Alessia como Concubina Destacada y los rumores sobre mi supuesta devoción por Lyra, nosotros cinco —Felipe, las cuatro mujeres y yo— transformamos el despacho real en un centro de mando.
La primera pieza cayó gracias a las arcas.
Daría irrumpió en el despacho a medianoche con los dedos manchados de tinta negra y una pila de pergaminos sellados. Sus ojos, habitualmente tranquilos, echaban chispas de fría precisión.
—El atentado en la carretera del Sur no fue financiado solo por el difunto Vane —declaró Daría, arrojando sobre la mesa de roble un libro contable confiscado de la residencia embargada—. Miren los libros de importación de la Gran Logia Mercantil. El Ministro de Comercio, el barón de Roth, desvió más de cien mil monedas de oro de los aranceles del puerto para comprar los libros de veneno de víbora en el mercado negro del Este. Y no solo eso: vendió los planos de los almacenes de grano del ejército al reino vecino.
Felipe apretó el puño sobre la empuñadura de su espada, haciendo crujir el cuero de sus guantes.
—Eso es traición a la patria en tiempos de escasez —siseó el nuevo Ministro de Guerra—. Si el reino vecino ataca el Norte, las tropas no tendrán provisiones para resistir más de tres días.
—No les daremos tiempo de atacar —sentencié, poniéndome de pie—. Felipe, bloquea las salidas de la capital con la guardia nocturna. Ningún carruaje sale. Alessia, toma a seis de tus hombres más leales. Esta noche no habrá juicios en la corte.
La ejecución del Ministro de Comercio fue quirúrgica.
No hubo discursos ni tambores. A la tres de la mañana, irrumpimos en la mansión del barón de Roth. Cuando el anciano comerciante despertó con la hoja de la espada de Alessia en la garganta, intentó ofrecer tres cofres de diamantes a cambio de su vida.
—El oro no compra el oxígeno que le robaste a los soldados del Norte, barón —le dije al oído mientras Felipe registraba su caja fuerte, encontrando las cartas firmadas por los espías extranjeros.
Antes de que pudiera gritar, la daga de Alessia le atravesó el corazón. Antes del amanecer, la residencia del barón estaba bajo el sello del imperio, y sus bienes pasaron de inmediato a la tesorería bajo la custodia de Daría.
Pero la hidra tenía más cabezas.
Al día siguiente, Lyra usó su reputación como "la favorita manipulable" para tender la siguiente trampa. El Ministro de Justicia, el duque de Miret, creyendo que la exbailarina buscaba asegurar su posición antes de que Alessia la desplazara, la citó en secreto en los jardines de té del pabellón oeste.
Yo observaba la escena oculto tras los celosías de madera del mirador, con la ballesta cargada en la mano.
—Mi querida Lyra —decía el duque de Miret, ofreciéndole una copa de vino especiado con una sonrisa falsa—, el rey se ha vuelto un loco sanguinario. Mátalo esta noche con este polvo de raíz amarga. A cambio, el Consejo te nombrará Regente de la corona y mantendrás todas tus riquezas. Tenemos a la mitad de la guardia de la prisión imperial comprada; si el rey muere, nadie podrá oponérsele al Consejo.
Lyra sonrió con una dulzura venenosa. Tomó el frasco de veneno entre sus dedos delicados, contemplándolo a la luz de la luna.
—Es una oferta tentadora, duque —susurró ella, acercándose a su rostro—. Pero olvida un pequeño detalle.
—¿Cuál? —preguntó el viejo, confundido.
—Que yo no sirvo a hombres débiles que conspiran en las sombras.
En ese instante, la señal fue dada. Emergí de la penumbra junto a Amira. El duque de Miret retrocedió aterrorizado, tropezando con la mesa de té, derramando la porcelana por el suelo.
—¿Guardias! ¡Guardias! —gritó el Ministro de Justicia hacia la oscuridad del jardín.
Nadie respondió. Los guardias que había comprado para la prisión ya yacían en el foso del palacio con los cuellos rotos por los hombres de Felipe.
Amira avanzó con la majestad de una ejecución inevitable. Llevaba en la mano el decreto de expropiación que ella misma había redactado esa tarde.
—Duque de Miret —dijo la Reina Consorte con voz glacial—, por el delito de alta traición, conspiración para regicidio y corrupción de las fuerzas de la corona, vuestro linaje queda despojado de sus títulos, vuestras tierras pasan a la corona y vuestra vida termina aquí.
—¡No podéis hacer esto! ¡Soy un duque de primera línea! ¡La nobleza se levantará en armas! —chilló el hombre, arrastrándose por la hierba.
—Que se levanten —respondí, desenfainando la espada—. Así no tendré que buscar a los demás.
El acero cortó el aire de la noche. La cabeza del Ministro de Justicia rodó hasta los pies de la estatua de mármol del jardín, manchando los pétalos de los lirios blancos con un rojo denso y oscuro.
Tres días. Dos ministros muertos. Las arcas rebeldes confiscadas.
A la mañana siguiente, cuando los nobles llegaron al Gran Salón para la audiencia ordinaria, encontraron dos sillas vacías más en la mesa del Consejo Real. Sobre los asientos de caoba del Ministro de Comercio y del Ministro de Justicia, Felipe había colocado las túnicas ensangrentadas de ambos traidores.
El pánico en el salón era sofocante. Los condes y duques restantes ni siquiera se atrevían a mirar al trono. Sabían que la noche ya no les pertenecía; la sombra del rey y de sus cuatro concubinas se balanceaba sobre sus cuellos como una guillotina invisible.
En el estrado, Amira mantenía la postura de una emperatriz implacable; Daría anotaba las nuevas riquezas anexionadas al estado; Lyra jugaba con su abanico con una mirada burlona; y Alessia, con la mano vendada aún recuperándose del corte, velaba a mi derecha con la espada lista para la siguiente orden.
La cacería no había terminado. Solo estábamos limpiando el terreno para la batalla final.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado