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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:499
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 16: La pregunta que faltaba

La segunda cita con Daniel ocurrió en mi casa, aunque ninguno de los dos la llamó oficialmente una cita.

Él llegó con una bolsa de comida y una película que, según dijo, era “imposible de arruinar”.

—Eso no existe —le respondí mientras abría la puerta.

—Lo sé. Por eso traje tres opciones.

—¿Y si ninguna me gusta?

—Entonces podemos pasar la noche discutiendo sobre cuál fue la peor.

—Eso sí suena a nosotros.

Daniel entró y dejó la bolsa sobre la mesa. No se movía por mi casa con la confianza de antes. Ya no abría los armarios sin preguntar ni dejaba sus cosas en cualquier parte. Parecía consciente de que estábamos construyendo algo nuevo y de que cada gesto importaba.

—¿Qué compraste? —pregunté.

—Comida china.

—¿Sin preguntarme qué quería?

—Te traje varias cosas.

—Eso no cuenta.

—Estoy aprendiendo a no suponer, pero tampoco quiero convertir cada decisión en un interrogatorio.

Lo miré.

—Eso fue bastante razonable.

—Gracias. He practicado frente al espejo.

Sonreí.

Cenamos en la sala, sentados en el suelo con los recipientes abiertos sobre la mesa baja. Elegimos una película de misterio, aunque Daniel la había visto antes.

—¿Cómo sabes que no voy a descubrir al culpable antes que tú? —pregunté.

—Porque tienes la costumbre de desconfiar de todos.

—Eso se llama intuición.

—Se llama acusar al personaje equivocado durante una hora.

—Ya veremos.

La película comenzó y, durante un rato, el ambiente fue cómodo. Daniel hacía comentarios en voz baja, yo intentaba callarlo y él fingía ofenderse. Cuando la historia se puso interesante, ambos dejamos de hablar.

Era una escena sencilla.

Pero para mí tenía algo extraordinario.

Durante años, habíamos compartido momentos así sin entender que eran el centro de nuestra relación. No las grandes confesiones. No los besos imaginados.

Esto.

La comida, la televisión, la confianza de estar juntos sin tener que impresionar al otro.

A mitad de la película, Daniel pausó la imagen.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Quiero preguntarte algo.

—¿Es sobre la película?

—No.

—Entonces probablemente sea peligroso.

Daniel respiró lentamente.

—¿Qué fue lo primero que pensaste cuando te dije que me gustabas?

La pregunta me hizo reír un poco.

—Pensé que estabas bromeando.

—Lo sé.

—Después pensé que había entendido mal.

—También lo sé.

—Y luego pensé que, si era verdad, todo se iba a volver complicado.

—¿Y ahora?

Miré la pantalla congelada.

—Ahora creo que ya era complicado. Solo que no lo llamábamos así.

Daniel asintió.

—¿Te arrepientes de no haberlo entendido antes?

—A veces.

—¿Por qué solo a veces?

—Porque no sé si habríamos sabido manejarlo.

—Tal vez habríamos hecho menos daño.

—O más.

—Tienes una respuesta para todo.

—No. Solo tengo miedo de las respuestas absolutas.

Daniel me observó durante unos segundos.

—¿Qué significa eso?

—Que no quiero decir que todo habría sido mejor si hubiéramos hablado antes. Tal vez sí. Tal vez no. El pasado no es una versión corregible de nuestra historia.

—Eso suena triste.

—Es realista.

—No quiero ser realista todo el tiempo.

—Yo tampoco.

Daniel retomó la película, pero ninguno volvió a prestarle la misma atención.

La pregunta se había quedado entre nosotros.

Después de unos minutos, él habló de nuevo.

—¿Qué esperas de mí cuando volvamos a tener miedo?

Pensé en ello.

—Que me lo digas antes de hacer algo estúpido.

—¿Como qué?

—Como salir con otra persona para comprobar si estoy celosa.

Daniel hizo una mueca.

—Eso fue una vez.

—Una vez demasiado importante.

—Lo sé.

—Y tú, ¿qué esperas de mí?

—Que no me castigues con silencio.

—No te castigo. A veces necesito pensar.

—Entonces dímelo.

La petición era justa.

—Está bien.

—No quiero volver a adivinar si estás molesta o si solo estás cansada.

—Y yo no quiero volver a preguntarme si te alejaste porque dejaste de quererme.

Daniel bajó la mirada.

—Nunca dejé de quererte.

—Pero sí dejaste de hablarme.

—Sí.

—A veces el resultado se siente igual.

Aceptó el golpe sin defenderse.

Después de la película, recogimos los envases y lavamos los vasos. Daniel se quedó secando mientras yo guardaba las cosas.

—¿Sabes qué me asusta? —dijo.

—¿Qué?

—Que nuestra forma nueva de empezar sea demasiado frágil.

—Lo es.

—Pensé que ibas a decirme que no.

—No quiero prometerte que no se romperá.

—¿Y qué quieres decirme?

—Que si se rompe, no tiene que ser por una sola caída.

Daniel sonrió con tristeza.

—Eso suena a esperanza.

—Tal vez.

—No sabía que todavía tenías.

—Yo tampoco.

Nos sentamos junto a la ventana de la sala. Afuera, la noche estaba tranquila.

—Quiero hacerte una pregunta que nunca te hice —dijo.

—¿Cuál?

—¿Me amabas antes de que yo te lo dijera?

La respuesta era sencilla, pero decirla en voz alta me hizo sentir vulnerable.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—No puedo darte una fecha exacta.

—Inténtalo.

—Tal vez desde el día en que murió mi abuelo.

Daniel frunció el ceño.

—¿Por qué ese día?

—Porque tú fuiste la única persona que se quedó conmigo sin intentar distraerme. No me dijiste que todo iba a estar bien. No me dijiste que debía ser fuerte. Solo te sentaste a mi lado.

Daniel recordó la escena.

—No sabía qué decir.

—Por eso fue importante.

—Pensé que había hecho poco.

—Hiciste lo que necesitaba.

Daniel entrelazó sus dedos con los míos.

—Yo supe que te amaba el día que te fuiste enojada de una fiesta y no pude disfrutar nada hasta saber que habías llegado a casa.

—Eso suena un poco obsesivo.

—Lo era.

—Gracias por ser sincero.

—De nada.

La conversación se volvió más íntima con cada minuto. Hablamos de nuestras inseguridades, de las cosas que nunca habíamos pedido en una relación por miedo a parecer demasiado necesitados.

Daniel admitió que le aterraba ser abandonado cuando ya hubiera mostrado su peor versión.

Yo reconocí que muchas veces creaba distancia antes de que alguien tuviera la oportunidad de dejarme.

—Nos hemos estado defendiendo de pérdidas que todavía no ocurrían —dijo.

—Y al hacerlo, provocamos algunas.

—Sí.

La honestidad no solucionaba nada inmediatamente.

Pero quitaba la confusión.

Cuando el reloj marcó una hora que ninguno de los dos quiso mencionar, Daniel se levantó.

—Debería irme.

—Sí.

Ninguno se movió hacia la puerta.

—¿Quieres que te acompañe? —pregunté.

—No hace falta.

—No te lo pregunto por obligación.

Daniel sonrió.

—Lo sé.

Se colocó la chaqueta.

—¿Puedo volver a verte mañana?

—Sí.

—¿Como cita?

—Depende.

—¿De qué?

—De si traes comida que no tenga cilantro.

—Eso es una exigencia muy específica.

—Es una frontera.

—La respetaré.

Lo acompañé hasta la entrada.

Antes de abrir la puerta, Daniel se volvió.

—Hay algo que todavía no me has preguntado.

—¿Qué cosa?

—Qué quiero contigo.

Sentí que el corazón se detenía un instante.

—¿Y qué quieres?

Daniel no respondió inmediatamente.

—Quiero una relación.

La palabra quedó entre nosotros.

—Eso suena sencillo.

—No lo es.

—No.

—Quiero estar contigo de verdad. No solo cuando todo está bien. También cuando estemos confundidos. Quiero que podamos discutir sin destruirnos. Quiero que me conozcas incluso cuando no tenga nada interesante que decirte.

—Eso es mucho pedir.

—Lo sé.

—¿Y si yo no puedo darte todo eso?

—Entonces me lo dirás.

—¿Y si no sé todavía si quiero intentarlo?

—Entonces seguiré aquí, pero sin fingir que no me importa.

La respuesta me sorprendió.

—¿No vas a intentar convencerme?

—No. Quiero que me elijas con libertad.

Algo dentro de mí se aflojó.

—Quiero intentarlo —dije.

Daniel me miró como si necesitara confirmar que había oído bien.

—¿De verdad?

—Sí. Pero no quiero que nos convirtamos en una pareja que vive únicamente reparando el pasado.

—Entonces tendremos que construir presente.

—Y futuro.

—Poco a poco.

—Sin promesas imposibles.

—Con conversaciones incómodas.

—Y comida sin cilantro.

Daniel se rio.

Después me besó.

Fue un beso más largo que el de nuestra primera cita, pero igual de cuidadoso. No buscaba borrar la historia anterior. Solo abrir una nueva página sobre ella.

Cuando se marchó, me llegó un mensaje unos minutos después.

Daniel: Creo que hoy fue nuestra primera cita de verdad.

Yo: La primera fue buena.

Daniel: ¿Y esta?

Miré la puerta cerrada.

Yo: Esta tuvo futuro.

Su respuesta apareció enseguida.

Daniel: Entonces mañana volvemos a intentarlo.

Apoyé el teléfono sobre la mesa.

La palabra “futuro” seguía asustándome.

Pero por primera vez no parecía una promesa lejana ni una ilusión peligrosa.

Parecía algo que podía construirse en pequeñas decisiones.

Una conversación.

Una pregunta.

Una mano que espera permiso.

Y dos personas que, después de años de quererse en silencio, finalmente habían decidido hablar antes de volver a perderse.

1
Julián
excelente
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