Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 16
El primer problema de la fama fue que nadie llamó a la puerta. Simplemente apareció.
Isolda lo descubrió una mañana cualquiera, en pantuflas ajenas y con el cabello recogido de forma poco regia, cuando abrió la ventana y encontró a dos personas en la acera de enfrente.
No hablaban, tampoco gritaban, solo miraban… hacia arriba.
—Tomás —dijo con calma—. Tenemos vigías.
Él levantó la vista mientras la observaba desde la mesa.
—¿Otra vez palomas?
—Humanas.
Tomás se acercó, entrecerró los ojos y suspiró.
—Perfecto. Fans tempranos. O periodistas con mala ética. A veces es lo mismo.
Isolda cerró la cortina con decisión.
—En mi tiempo, a esto se le llamaba asedio.
—Tranquila —respondió él—. No lanzan flechas. Lanzan preguntas.
Ella lo miró con desconfianza.
—Eso es peor.
El teléfono de Tomás vibró sobre la mesa. Llegó una notificación, luego otra y uego cinco más.
—La Fundación publicó las fotos —dijo él—. Oficialmente.
Isolda se apoyó en el respaldo de la silla.
—¿Y ahora?
—Ahora eres… —hizo una pausa, buscando la palabra— …importante.
Ella ladeó la cabeza.
—Siempre lo fui.
—Ahora también lo saben.
Como si el comentario lo hubiera invocado, el timbre sonó. Ambos se miraron.
—No abras —ordenó Isolda.
—Es mi casa.
—Precisamente.
Tomás abrió. Richard Idolen estaba del otro lado, impecable como siempre, con una sonrisa educada y una carpeta bajo el brazo.
—Espero no interrumpir —dijo—. Prometo no quedarme mucho.
Isolda apareció detrás de Tomás, cruzando los brazos.
—Miente bien —comentó—. Ya nos hemos visto antes.
Richard sonrió apenas.
—En el castillo —asintió—. Y anoche. Aunque debo decir que hoy luce más… real.
—Es la falta de fotógrafos —respondió ella.
Tomás aclaró la garganta.
—¿A qué debemos la visita?
Richard levantó la carpeta.
—A varias cosas. A la Fundación. Al proyecto. —Miró a Isolda—. Y a usted, señorita Doren.
Ella sostuvo su mirada sin retroceder.
—¿Yo qué he hecho ahora?
—Todavía nada —dijo Richard—. Y eso, créame, es lo que más me intriga.
Isolda sonrió. No fue una sonrisa dulce. Fue la sonrisa de una reina que acaba de notar que el tablero se ha vuelto interesante.
Richard aceptó el café que Tomás le ofreció como quien acepta una tregua.
—No se preocupen —dijo, acomodándose—. No vengo a exigir nada. Solo a… coordinar.
Isolda se sentó frente a él, sin quitarle los ojos de encima.
—Las personas que dicen eso suelen hacerlo después de exigir todo.
Richard soltó una leve risa.
—Tiene razón. Por eso empiezo aclarando que no vengo por usted —la miró—. Al menos, no hoy.
Tomás levantó una ceja.
—Eso no tranquiliza.
—No debería —respondió Richard con amabilidad—. La Fundación no funciona con improvisaciones. Y ustedes… —miró alrededor— …son una hermosa improvisación.
Isolda apoyó los codos en la mesa.
—Diga lo que quiere. Antes de que empiece a preguntarme por juramentos antiguos.
Richard abrió la carpeta y deslizó unos papeles.
—Una cena. Privada. Con los principales mecenas. Nada de cámaras. Nada de prensa.
—¿Y nada de trampas? —preguntó ella.
—Solo sociales —respondió él—. Las peores, lo sé.
Tomás tomó uno de los documentos.
—¿Y por qué ella?
Richard no dudó.
—Porque la Fundación necesita una historia que no parezca fabricada. Y usted, señorita Doren… —la observó con cuidado— …no sabe fingir.
Isolda sonrió, orgullosa.
—Correcto.
Richard la miró unos segundos más.
—Además… sería absurdo fingir que no la reconocí la primera vez.
Tomás alzó la vista.
—¿Reconoció?
Richard sostuvo su mirada.
—No como se reconoce a una persona. Como se reconoce un eco… del pasado.
Hubo un largo silencio..Isolda fue la primera en romperlo.
—¿Y eso lo inquieta?
—Me fascina —corrigió—. Pero también me obliga a ser cuidadoso.
Tomás entrelazó los dedos con los de ella sin pensarlo.
—Ella no va sola.
Richard sonrió con educación impecable.
—Jamás lo sugeriría.
Isolda bajó la mirada a sus manos unidas y luego volvió a Richard.
—Entonces deje algo claro, señor Idolen —dijo con calma—. No soy un símbolo antiguo ni una pieza de museo. Y no pertenezco a ninguna fundación.
—Lo sé —respondió él—. Por eso la Fundación quiere caminar a su lado, no delante.
Tomás resopló.
—Suena caro.
—Lo es.
Isolda inclinó la cabeza.
—Acepto la cena.
Tomás giró hacia ella.
—¿Así de rápido?
—Sí —dijo ella—. Quiero ver quiénes creen que están sentados a la mesa.
Richard cerró la carpeta.
—Sabía que diría que sí.
—Y yo sé algo más —añadió Isolda—. Usted no vino solo por negocios.
Richard la miró con curiosidad.
—¿Ah no?
Ella se levantó, con esa elegancia peligrosa que Tomás ya conocía.
—Vino a confirmar si las historias regresan… o si solo se repiten.
Richard también se puso de pie.
—¿Y qué cree?
Isolda sonrió, apoyándose levemente en Tomás.
—Creo que esta vez, decidimos nosotros.
Tomás tragó saliva.
—¿“Nosotros”?
Ella lo miró de reojo.
—El pasado y yo.
Richard soltó una risa sincera.
—La cena será interesante.
—Lo será —dijo Tomás—. Pero le advierto algo.
Richard lo miró.
—¿Sí?
—El castillo puede estar en ruinas —apretó la mano de Isolda—. Pero ella no.
Richard inclinó la cabeza.
—Mensaje recibido.
Cuando la puerta se cerró, el departamento quedó en una calma rara, como después de una visita importante… o de una batalla sin espadas.
Isolda soltó el aire despacio.
—Ese hombre es peligroso.
—Lo sé —respondió Tomás—. Sonríe como quien ya hizo los cálculos.
Ella lo miró de lado.
—¿Te incomoda?
—Un poco —admitió—. Pero más me incomoda que tú no le tengas miedo.
Isolda se encogió de hombros.
—Los tronos me enseñaron algo: quien necesita observar tanto, no manda.
Tomás la miró, divertido.
—Recordatorio diario, no discutir contigo.
Ella dio un paso hacia él, bajando la voz.
—No discutas. Coopera.
—¿Eso es una orden real?
—No —sonrió—. Es una invitación moderna.
Tomás rió.
—Esto se está volviendo muy grande.
—Sí —asintió ella—. Y todavía no hemos llegado al banquete.
Él levantó una ceja.
—¿Eso era una amenaza?
—No —dijo Isolda caminando hacia la cocina—. Era un aviso.
Tomás la siguió. El café seguía tibio.
La tostadora, rota. Y el mundo… claramente desajustado. Pero justo cuando Isolda iba a servirse otra taza, se quedó inmóvil.
—Tomás.
—¿Qué pasa?
Ella miraba la ventana. La cortina se movía con el viento.
—¿La abriste?
—No.
Isolda se acercó despacio. Miró hacia la calle. Los dos observadores de la mañana ya no estaban. Pero en el vidrio había quedado algo.
Una marca tenue. Como si alguien hubiera apoyado la mano desde fuera. Cinco dedos. Y en el centro, dibujado con polvo o humedad, un símbolo antiguo. Un halcón con las alas abiertas. El mismo del escudo de Idolen.
Isolda sintió un escalofrío.
—Tomás…
—¿Sí?
Ella no apartó la mirada del vidrio.
—Creo que el pasado acaba de encontrarnos.
Tomás se acercó a su lado.
—¿Y ahora?
Isolda sonrió lentamente. Pero esta vez no era la sonrisa ligera de antes.
Era la sonrisa de una reina que reconoce el comienzo de una guerra.
—Ahora —dijo— empieza la parte interesante.
Porqué habrá desaparecido el rostro del consejero de la pintura de Isolda🤔🤔