Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 16
Era sábado y, por primera vez en semanas, Valeria no tenía ni correos pendientes ni remordimientos.
Solo una cita. Una cita oficial con Héctor.
Habían decidido verse “como la gente normal”, sin excusas laborales ni pizzas nocturnas. Un café, a plena luz del día. Fácil, en teoría.
Hasta que entraron al local.
—Tranquila —le susurró Héctor, notando cómo ella ajustaba el bolso al hombro—. No están haciendo un reportaje.
—No subestimes el poder de las miradas ajenas —replicó, buscando una mesa junto a la ventana.
Pidieron dos capuchinos y un pastel para compartir. Él, relajado. Ella, fingiendo estar igual.
Hasta que escuchó su nombre.
—¿Valeria?
Levantó la vista. Era Mariela, del área de informática, con la sonrisa de quien acaba de encontrar una exclusiva.
—Oh, hola —dijo Valeria, esforzándose por sonar casual.
—No sabía que ustedes... —Mariela miró de ella a Héctor, y de Héctor a las dos cucharitas sobre un solo plato— …salían a desayunar juntos.
—Técnicamente es almuerzo —corrigió Héctor con tono sereno.
Valeria le dio un leve codazo bajo la mesa.
Mariela rió, incómoda.
—Bueno, me alegra ver que hacen buena dupla. Nos vemos el lunes.
Cuando se fue, Valeria soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Perfecto. Primera testigo.
—¿Y qué? —preguntó Héctor, dándole un sorbo al café—. No estamos haciendo nada malo.
—No, solo algo que puede llenar tres grupos de WhatsApp antes del mediodía.
Él sonrió.
—Entonces que al menos tengan buena foto mental.
Ella lo miró con resignación, pero terminó riendo.
La tensión se disolvió, y por un momento, el murmullo del local pareció un ruido amable.
Cuando salieron del café, el sol brillaba con descaro, como si también los hubiera visto.
Él caminó a su lado, sin tocarla, pero con una cercanía que no necesitaba gestos.
—¿Sabes? —dijo Valeria, rompiendo el silencio—. No me molesta que nos vean. Me asusta que empiecen a opinar.
—Y cuando lo hagan… —Héctor la miró—. ¿Te vas a asustar o te vas a quedar conmigo?
—Depende de qué tan bien prepares el acompañamiento de la pizza la próxima vez.
Él rió y abrió la puerta del coche.
—Trato hecho. Pero aviso que suelo ser mejor cada vez.
Valeria negó con la cabeza, divertida, sonrojada y subió al asiento.
Mientras él rodeaba el auto para entrar, ella lo observó por la ventanilla, pensó que sí, que esa relación no sería fácil. Pero lo que la asustaba menos que nada, era querer intentarlo.
El lunes, la oficina estaba llena de rumores nuevos.
Valeria lo supo en cuanto cruzó la puerta cuando tres conversaciones se interrumpieron al mismo tiempo, y dos sonrisas se disimularon con velocidad de profesional.
—Buenos días —dijo, con ese tono neutro que aprendió a usar para espantar murmuraciones.
—Buenos —contestó Carolina, alzando una ceja—. Por cierto, Mariela dice que el sábado te vio desayunando con Héctor.
—Ah —respondió Valeria, abriendo su laptop—. Qué capacidad de observación.
—Y de detalle —añadió Carolina, divertida—. Dijo que había una sola cuchara.
Valeria suspiró, pensando que habían compartido el plato no la cuchara.
—Dios mío… me van a hacer un expediente por eso.
En ese momento, Héctor apareció con su carpeta de propuestas y una sonrisa que pedía castigo.
—Buenos días. ¿Listos para salvar el departamento de diseño?
Carolina los miró, alternando la vista como si presenciara un episodio de telenovela en vivo.
—Qué sincronía tan natural —comentó Carolina.
—Trabajamos juntos —dijo Valeria.
—Y desayunan juntos —añadió Carolina.
Él se encogió de hombros.
—A veces las ideas surgen mejor con azúcar —bromeó Héctor.
Valeria lo fulminó con la mirada. Carolina, por su parte, ya tenía material para alimentar a toda la oficina.
Horas después, Valeria fue llamada al despacho de Hernán, el gerente del departamento.
—Valeria, tú sabes cuánto te respeto —empezó él, en tono amable—, pero ya sabes cómo es esto. No quiero que se malinterpreten las cosas.
—No hay nada que interpretar —respondió ella, cruzando las piernas con calma—. Héctor y yo somos adultos, trabajamos bien y cumplimos plazos.
—Sí, pero las apariencias pesan. Ya sabes cómo habla la gente.
—La gente habla de todo —replicó—. También dijeron que tú te fuiste a vivir a Cartagena.
Hernán tosió, incómodo.
—Solo te pido discreción.
Cuando salió de la oficina, Héctor la esperaba apoyado en el marco de la puerta.
—¿Regañada? —preguntó, divertido.
—Advertida —contestó ella, seca.
—Tranquila, no voy a besar a mi jefa en horario laboral.
—Gracias, lo valoro profundamente.
Él se inclinó un poco hacia ella.
—Fuera del horario, ya veremos.
Valeria contuvo la sonrisa.
—Tienes un talento especial para empeorar las cosas.
—Y tú para no admitir que te gusta.
Ella lo miró un instante más de la cuenta, antes de seguir caminando hacia su oficina.
A mitad del pasillo, giró la cabeza.
—Por cierto, la próxima vez que me invites a desayunar, pedimos dos platos.
Él levantó el pulgar, sonriendo, y ella se perdía entre escritorios y murmullos.
Esa tarde, Valeria llamó a su madre.
No porque buscara consejo, sino porque necesitaba ese tipo de fortaleza silenciosa que solo ella sabía ofrecer.
—Te siento preocupada —dijo su madre, sirviéndole té.
—Un poco. Ya se enteró todo el mundo de la oficina.
—Ah, los infalibles noticieros de pasillo. —Su madre sonrió—. ¿Y él?
—Tranquilo, como si nada.
—Eso es bueno.
—Sí, pero yo… —Valeria suspiró—. No quiero que piensen que perdí la cabeza por un compañero.
—¿Y la perdiste? —preguntó su madre, divertida.
—Un poco. Pero en el buen sentido.
—Hija, la prudencia no significa esconderte. Solo elegir bien cuándo hablar y cuándo dejar que las cosas hablen solas.
Valeria asintió, más aliviada.
—Creo que me hacía falta oír eso.
—Y si ese muchacho te hace bien, que lo sepan no es un pecado. Solo asegúrate de que también te sume fuera del trabajo.
—Lo hace, mamá. Mucho.
—Entonces deja que el resto diga misa.
Valeria sonrió, abrazándola.
—Gracias.
—Y la próxima vez que vengas tráelo a la casa, soy la única que no lo conoce en vivo y en directo.
Al día siguiente, cuando salieron juntos del edificio y los vieron tomados de la mano, nadie fingió sorpresa.
Ya no había rumor. Había hechos. Y Valeria, al fin, sintió que podía respirar tranquila.