Florence es una chica común de 25 años estudiante de ultimo año de literatura.
Alfred Van-Hansen un viudo de 30 años, él primer ministro más joven de la historia, padre de dos niños pequeños que intenta por todos los medios ser un padre presente y ayudar a gobernar su país.
Un escándalo hace que la vida de ellos se encuentre y nos les queda más remedio que unir sus vidas por el bien de ambos. Pero hay dos condiciones que tambalean en la mente del Primer Ministro que reconsidera donde está puesto.
El amor llega donde menos te lo esperas.
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CAPITULO 14
Las partes sensibles de Florence volvieron a la vida cuando Albert descendió el camino hacia la playa, su traje conservador era todo menos conservado o eso pensó la chica porque lo hacía resaltar en lugares correctos.
Sin querer, la chica lo comian por la mirada, pero esto no fue ajeno a Albert, que jugaba a lo lejos con sus hijos. Quiso sentirse apenado por la mirada de su esposa pero sus hijos intervinieron para que el no huyera y se pusiera los trajes que el siempre acostumbraba. Para romper aquella tensión la llamo con la mano, sin embargo está solo lo miró, había suficiente distancia como para malinterpretar el llamado con un saludo.
Su hijo notó el gesto e intervino para llamar a la chica que era su nueva mamá.
—¡Ven a jugar, flor!— Grito Connor.
La chica se debatió en ir, no quería arruinar su momento padre e hijo, ella sabía a primera mano lo que era tener un padre ausente y que cada momento era importante, pero al ver tanta insistencia del gemelo número uno, accedió.
—Así que si mi hijo te pide algo accedes, es interesante.
Y es que cuando la chica se acercó más a su vista se dio cuenta que su traje de baño era todo menos conservador, el sol estaba haciendo efecto sobre su piel que brillaba de color dorado y su mirada prometían cosas que no eran aptas para niños.
Ambos sintieron de nuevo aquella atracción que ambos negaban.
Entonces el rechazo golpeó el estómago de Albert recordando aquella vez cuando quiso llegar al siguiente paso, aunque no la culpaba, pero la humillación se encontraba ahora haciéndose paso.
—Lo lamento—Dijo sin pensar.
—¿Porque? No hemos hecho...
—Por no ser digno de ti.
Y con eso camino hacia la pelota dejándola sumida en sus pensamientos. Aquel rechazo estaba haciendo estragos y lo hacían sentir miserable, Florence se debatió en hablar con el al respecto o dejarlo para después.
Albert reprimió el deseo de llorar cuando sus hijos llegaron a él, el tema de Florence siempre quedaba inconcluso incluso si ponía toda una tarde en ello, ella era la persona que había conocido hace solo unas semanas, era claro que no la conocía incluso se sospechaba que estos problemas iban a ser lo primero de la lista.
Pero el deseo era algo totalmente diferente, desde que ella había caído en sus brazos, inmediatamente la conexión de sus ojos con los suyos había calentado su frío corazón, después de esa tarde esos ojos negros no habían salido de su mente por el resto de la tarde.
Pero luego, el problema aún mayor hizo que la desesperación hiciera juego con su deseo y ahora se encontraban en la misma casa siendo dos perfectos desconocidos.
Eso y tu fuerte deseo de tener por siempre el recuerdo de tu esposa. Le dijo la conciencia y no podía estar más en lo cierto.
Su hijo aventó la pelota y ambos salieron de sus pensamientos.
—¿Jugamos?
Ellos asintieron sin mirarse, esta noche sería el momento perfecto para platicar.