El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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LLEGO EL DÍA
El gran día había llegado.
Mientras los preparativos de la boda se llevaban a cabo dentro del castillo, Samuel y Camilo visitaban junto a Julia los lugares del reino que habían sido más afectados por la lluvia.
Caminaban entre campos aún húmedos, aldeas que comenzaban a reconstruirse y personas que los recibían con sonrisas llenas de esperanza.
Los días sin Félix y Agnes habían sido los más pacíficos que el castillo había conocido en mucho tiempo. Incluso los sirvientes encargados de las concubinas del rey suspiraban aliviados, disfrutando de un ambiente libre de intrigas y miradas envenenadas.
—La boda ya se acerca —comentó una sirvienta mientras limpiaba los ventanales del gran salón—. Tengo entendido que una vez que el príncipe Samuel y el príncipe Camilo se casen, ese mismo día será coronado como rey.
—Eso no es nada —respondió un omega que se encontraba ayudando—. Escuché por ahí que el príncipe Camilo tiene nuevas ideas para todos en el reino. Podría ser nuestra ruina… o nuestra fortuna.
—Solo nos queda esperar —murmuró la sirvienta, persignándose discretamente.
Eran rumores que se habían esparcido tanto dentro como fuera del castillo. Sin embargo, la gente del pueblo apreciaba a Camilo. Para muchos, él era como una rosa que lograba sobrevivir entre espinas, fuerte y hermosa, digna de ser cuidada.
Y aun cuando esos rumores habían provocado que algunos corazones flaquearan ante la duda del porvenir, hubo quienes se mantuvieron firmes, respaldados por el apoyo que Camilo recibía tanto de los reyes como de quien pronto sería su esposo.
El día había llegado… aunque una sorpresa se avecinaba, pues había algo de verdad en los murmullos que volaban con el aire.
Samuel lo sabía.
Una vez casado ante la diosa y ante los reinos invitados, su padre daría un paso atrás para permitirle tomar por completo las riendas del reino.
Más que nunca, los nervios se apoderaron de él.
Klaus había sido estricto toda su vida para convertirlo en su sucesor, y hoy, por fin, la corona volvería a reposar sobre su cabeza.
Pero no era el único.
Camilo atravesaba un torbellino de nervios. Cualquier error, cualquier mala pronunciación, podía ser usada en su contra. Sabía que aún había quienes deseaban verlo caer.
Ambos se habían preparado durante años para ese momento. Con el conocimiento del reino humano y la fortaleza de Lycanthe, estaban decididos a transformar el reino en una nueva sociedad.
Samuel se encontraba listo.
Los sirvientes corrían de un lado a otro con bandejas de bebidas, telas, flores y joyas. De pronto, la voz del rey Klaus —quien lideraría la ceremonia— resonó firme y solemne.
—Esta mañana estamos reunidos no solo para presenciar la unión entre mi hijo Samuel y el príncipe Camilo —dijo—, sino para ser testigos de una alianza dispuesta a atravesar cualquier sendero, permaneciendo juntos como matrimonio.
El murmullo cesó.
Los músicos dieron la señal con un suave acorde, y los invitados se pusieron de pie al recibir al que sería el nuevo consorte real.
Camilo avanzó con pasos firmes. Cada uno lo acercaba más a Samuel, y para Samuel, Camilo nunca se había visto tan hermoso. No solo por su atuendo, sino por la serenidad que emanaba.
Un recuerdo lo golpeó con fuerza.
En su primera vida, por culpa suya, aquella boda había sido apresurada, sin invitados, sin música, sin alegría. Camilo no había dejado de llorar ni un instante.
Ahora, en cambio, su sonrisa brillaba más que las perlas bordadas en su traje.
Klaus interrumpió aquel instante cargado de emociones cuando Samuel extendió su mano con firmeza hacia Camilo.
—Comencemos con este grandioso momento —dijo el rey, notando las miradas entrelazadas—. Hoy, estos jóvenes no solo se unen en matrimonio, sino que aceptan con el corazón a quien será su compañero por el resto de sus vidas.
Los invitados tomaron asiento.
Alexandra observaba desde su lugar cómo ambos se aceptaban sin reservas. Su corazón se llenó de ira, pero siendo hija de un noble de bajo rango, prefirió guardar silencio.
—Príncipe Samuel Octavio de Lycanthe —dijo Klaus—, ¿aceptas como tu esposo legítimo al príncipe Camilo de Londres, para amarlo, respetarlo y cuidarlo en la salud, en la enfermedad, en el progreso y en el retroceso, hasta que la muerte los separe?
—Delante de todos los presentes y de los dioses, acepto —respondió Samuel, colocando el anillo en la mano de Camilo.
—Príncipe Camilo de Londres —continuó Klaus—, ¿aceptas como tu esposo legítimo al príncipe Samuel Octavio de Lycanthe, para amarlo, respetarlo y cuidarlo en la salud, en la enfermedad, en el progreso y en el retroceso, hasta que la muerte los separe?
El silencio reinó en la sala del trono.
Todos contuvieron la respiración.
—Coram praesentibus et deis, accipio —respondió Camilo—.
(Delante de los presentes y los dioses, acepto).
El asombro recorrió el salón. Hacía décadas que no se escuchaba la lengua natural de Lycanthe en una ceremonia real.
Klaus sonrió, recordando su propia boda. Brisa también sonrió, orgullosa; ella misma había estudiado esas palabras en su tiempo.
—Príncipe Samuel Octavio de Lycanthe, arrodíllate —ordenó Klaus, desenvainando su espada.
Samuel obedeció sin vacilar.
—¿Aceptas con gran estima el trono de Lycanthe, para velar por el pueblo y su soberanía, olvidándote de ti mismo y de tus deseos para cumplir con los del reino? —dijo Klaus, tocando uno de los hombros de su hijo con la espada.
—Acepto.
—Tal y como has dicho, hoy, delante de todos, te nombro soberano del reino de Lycanthe —proclamó—. Ya no eres príncipe. Junto a tu esposo, hoy ambos se convierten en soberanos de esta tierra.
Luego, llegó el turno de Camilo.
—Príncipe Camilo de Londres —dijo Brisa, tomando su cetro de oro—, ¿aceptas con el corazón en la mano ser parte de nuestro reino, velar por el pueblo y su soberanía, y cumplir con el deber que hoy se deposita en ti?
—Acepto —respondió Camilo con voz firme.
—Tal y como has dicho, hoy te nombro consorte del reino. Velarás por los herederos y, sobre todo, hoy entrego en tus manos la vida de este reino —dijo Brisa, sonriendo mientras le entregaba el cetro.
Klaus y Brisa alzaron la voz al unísono.
—Les presentamos a sus nuevos soberanos.
El salón estalló en júbilo.
—¡Vivan el rey Samuel y el consorte Camilo!
Los vítores resonaron como un presagio de una nueva era.
Y mientras ellos se miraban con amor creciendo como el fuego, había aún quien deseaba con toda su alma que ese amor se apagará.