Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 13
DIANA INVESTIGA Y EL FUEGO SE DESATA
El sol apenas comenzaba a teñir de gris el horizonte cuando Katherine despertó. La cama estaba caliente a su lado, pero vacía. Se incorporó despacio, escuchando el murmullo de una voz que venía desde el pasillo. Era Leonardo. Hablaba en voz baja, tensa, con alguien que no lograba distinguir.
—… No se puede esperar más —decía, con un tono de autoridad que ella apenas conocía—. Si seguimos ocultándolo, nos golpearán antes de tiempo. Prepara todo. Para hoy. Sí, hoy.
Katherine se quedó inmóvil, el corazón latiéndole acelerado. ¿Preparar qué? ¿Para quién? Quiso salir, preguntar, exigir la verdad… pero algo la detuvo. Si él quería decírselo, lo haría. Y cuando lo hiciera, sería en el momento justo.
Mientras tanto, Diana no perdía el tiempo. En una oficina lúgubre, rodeada de papeles y pantallas, escuchaba con el ceño fruncido lo que su informante le contaba.
—No hay registros de nacimiento bajo el nombre que usa —decía el hombre, pasando las hojas—. No hay antecedentes penales públicos. No hay dirección fija. Es como si hubiera aparecido de la nada. Pero hay algo más…
—Habla —ordenó ella, apretando los puños.
—Hace unos años, un hombre desapareció del entorno del Grupo Herrera. Apellido Herrera. Leonardo Herrera. Lo dieron por muerto, o preso… los detalles nunca salieron a la luz. Pero la descripción coincide. Edad, estatura, ojos… todo.
Diana sintió que la sangre se le helaba en las venas. No era un marginado. No era un delincuente cualquiera. Era el heredero. Uno de los hombres más ricos del país, caído en desgracia y borrado del mapa. Y Katherine lo tenía a su lado sin saberlo.
—Si lo descubro… si lo demuestro… —murmuró, con una sonrisa venenosa abriéndose paso en sus labios—. No solo destruyo a él. La humillación de ella será eterna.
Casi al mismo tiempo, Leonardo entró en la habitación. Se detuvo al verla despierta, y su expresión se suavizó, aunque la preocupación no desapareció de sus ojos.
—¿Cuánto escuchaste? —preguntó suavemente.
—Lo suficiente para saber que algo cambió —respondió ella, levantándose de la cama—. ¿Qué pasa, Leonardo?
Él respiró hondo, pasó una mano por su cabello oscuro y se acercó hasta quedar a su altura.
—No puedo seguir ocultándotelo por más tiempo. Hoy se desencadenará todo. Diana está cerca de saber quién soy. Y si se lo adelanto yo… tengo la oportunidad de controlar cómo sucede.
—¿Sabes quién es él de verdad? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
Leonardo asintió lentamente.
—Lo sé. Y pronto tú también lo sabrás todo. Pero necesito que confíes en mí un poco más. Hoy irás a esa reunión familiar conmigo. No digas nada antes. Déjame hablar a mí. Y pase lo que pase… no me sueltes la mano.
—Nunca —prometió ella, tomándole la mano entre las suyas—. No me suelto.
Llegó la tarde. La casa de los padres de Katherine estaba llena de gente: parientes, amigos cercanos, incluso un abogado. Marco y Diana ocupaban el centro de la sala, como si ya fueran dueños de todo. Al entrar, Leonardo irradiaba una calma absoluta, pero Katherine notaba la tensión en su mandíbula, en la forma en que sostenía la cabeza, en la mirada que recorría la habitación como un rey que inspecciona su reino.
—Así que viniste —dijo Marco, con sorna—. ¿Vienes a defender lo indefendible?
—Vengo a poner las cosas en su lugar —respondió Leonardo, sin levantar la voz.
—Mira quién habla —intervino Diana, dando un paso al frente, con los ojos brillantes de triunfo—. El misterioso novio que nadie conoce. ¿O debería decir… Leonardo Herrera?
Un silencio atronador cayó sobre la sala. Katherine sintió que el aire se le escapaba. Vio cómo todos giraban la mirada hacia él, asombrados, incrédulos. Leonardo no se inmutó. Solo la apretó la mano, sin apartar la vista de Diana.
—Lo sabías —dijo él, con frialdad—. Y pensaste que me destruirías diciéndolo así.
—¿Destruirte? —rio ella—. Revelar quién eres ante todos… ¿crees que la gente confiará en el hombre que perdió todo? En el caído, en el deshonrado…
—Deshonrado, no —lo cortó él, con voz que resonó en cada rincón—. Injustamente acusado. Y ahora, recuperando lo que es mío.
Sacó unos documentos del bolsillo, los extendió ante todos.
—Soy Leonardo Herrera, sí. Heredero del Grupo Herrera. Fui traicionado, encarcelado injustamente, y borrado de la vista pública para que otros pudieran quedarse con mi imperio. Entre esos otros… estaba el socio que conspiró con mis enemigos. El padre de Marco.
Marco palideció de golpe.
—Eso es mentira…
—¿Lo es? —Leonardo le mostró las firmas, las fechas, las pruebas—. Tu padre se benefició de mi caída. Y tú has seguido sus pasos: robando, mintiendo, intentando quedarte con lo que no te pertenece. Incluso con la mujer que yo amo.
Katherine lo miró, con el corazón a punto de estallar.
—¿Yo…? —susurró.
Él se giró hacia ella, suavizando la mirada.
—Cuando te conocí, pensé que podrías ser una llave para la venganza. Pero me equivoqué. No eres una herramienta. Eres la dueña de mi alma. Te elegí a ti mucho antes de saber que mi destino estaba ligado al tuyo.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos.
—Porque tenía miedo —confesó él, bajando la voz—. Miedo de que vieras solo mi nombre, mi riqueza, mi pasado… y no al hombre que te ama.
Diana, furiosa por haber perdido el control del momento, gritó:
—¡No le creas! Solo quiere confundirte. Es un mentiroso…
—Basta —la cortó Katherine, firme, mirando a su hermana a los ojos—. Tú me traicionaste. Él me ha protegido. Y ahora sé que su nombre no importa. Lo que importa es quién es cuando está conmigo.
Tomó la mano de Leonardo, la apretó con fuerza.
—Estoy contigo. Pase lo que pase.
Leonardo la miró con una mezcla de gratitud y devoción que la hizo sentir invencible.
—Gracias —susurró, solo para ella—. Ahora empezamos de verdad.
La sala seguía en silencio, conmocionada. Marco y Diana, expuestos, acorralados, buscaron una salida que no existía. La guerra había cambiado de frente. Y el hombre que todos creían un marginado… era el dueño del fuego que los consumiría a todos.