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Amor A Destiempo

Amor A Destiempo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Posesivo
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Blackrose

México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del

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Capítulo 13:La despedida

La mañana llegó demasiado pronto.

Amalia lo supo incluso antes de abrir los ojos.

No había dormido bien. Había pasado buena parte de la noche cambiando de posición sobre el catre, escuchando los sonidos del campamento y diciéndose que no tenía sentido permanecer despierta.

Regresaba a casa.

Eso era lo importante.

Durante días había deseado exactamente aquello. Había imaginado su habitación, su cama, los corredores de la hacienda, la voz de su madre, incluso aquellas comodidades que antes consideraba tan normales que jamás había pensado que pudiera extrañarlas.

Ahora podía recuperarlo todo.

Entonces, ¿por qué sentía aquel peso en el pecho?

Amalia abrió los ojos.

Su pequeño equipaje estaba preparado.

No había mucho.

Resultaba extraño pensar que podía marcharse de aquel lugar llevando tan pocas cosas cuando sentía que dejaba demasiado atrás.

Salió de la carpa.

El campamento estaba despierto, pero no era una mañana cualquiera.

Los hombres trabajaban.

Los caballos estaban preparados.

Las armas revisadas.

Las órdenes circulaban.

Sin embargo, faltaba algo.

Las bromas.

Nadie hacía comentarios sobre rondas nocturnas.

Nadie se reía de ella.

Hasta la señora mayor parecía haber decidido concederle un poco de misericordia.

Amalia buscó a Sombra casi por instinto.

Lo encontró junto a su caballo.

Hablaba con Rafael.

No la miró.

O fingió no hacerlo.

Amalia tampoco se quedó observándolo.

Aquella mañana no quería empezar por él.

Porque sabía que, si lo hacía, todo lo demás sería más difícil.

—¿Ya estás lista?

La voz de Mariel llegó detrás de ella.

Amalia se volvió.

—Sí.

Mariel miró el pequeño equipaje.

—Pues sí que eres buena empacando.

—Tampoco es que haya llegado aquí con veinte baúles.

—Gracias a Dios. Nos habrías puesto a cargar hasta tus vestidos.

Amalia sonrió.

—Seguramente habría hecho que Rafael los cargara.

—Yo también.

Las dos rieron.

Pero la risa murió demasiado pronto.

Mariel bajó la mirada.

Amalia también.

Durante unos segundos ninguna encontró qué decir.

Y eso era raro.

Con Mariel las palabras nunca habían faltado.

—Bueno... —empezó Amalia.

—No.

—¿No qué?

—No empieces con ese tono porque voy a llorar.

Amalia sonrió.

—Yo no iba a...

Mariel ya tenía los ojos húmedos.

—Ay, no.

Amalia sintió inmediatamente el ardor en los suyos.

—Te dije que no empezaras.

—¡Tú empezaste!

—¡Ni siquiera he dicho nada!

—Pero tienes cara de despedida.

Amalia soltó una pequeña carcajada entre lágrimas.

—¿Y cómo se supone que es una cara de despedida?

—Esa.

Mariel señaló su rostro.

—Exactamente esa.

Amalia negó con la cabeza.

Intentó contenerse.

No pudo.

Mariel abrió los brazos.

Amalia se lanzó contra ella.

El abrazo fue fuerte.

Nada delicado.

Nada elegante.

Mariel la apretó con tanta fuerza que Amalia cerró los ojos y escondió el rostro contra su hombro.

Entonces las lágrimas terminaron por caer.

—Voy a extrañarte —murmuró Amalia.

Mariel respiró temblorosamente.

—Yo también, niña.

—No me digas niña.

—Hoy puedo decirte como se me dé la gana.

Amalia rio entre lágrimas.

—Mandona.

—Mimada.

—Metiche.

—Caprichosa.

—Chismosa.

—Enamorada.

Amalia se apartó inmediatamente.

—¡Mariel!

La otra mujer rio, aunque todavía tenía lágrimas en las mejillas.

—Tenía que intentarlo una última vez.

—Eres imposible.

—Y tú te pusiste roja.

—Estoy llorando.

—Claro. Debe ser eso.

Amalia se secó las mejillas.

—No estoy enamorada de nadie.

Mariel dejó de reír poco a poco.

La observó durante unos segundos.

Esta vez, cuando habló, no había burla.

—No sé qué sientas.

Amalia guardó silencio.

Mariel tomó sus manos.

—Y tampoco voy a decirte qué debes sentir. Eso solamente lo sabes tú.

Amalia bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.

—Entonces no me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si supieras algo que yo no.

Mariel sonrió con tristeza.

—Porque a veces uno sabe las cosas antes de atreverse a ponerles nombre.

Amalia levantó los ojos.

—Mariel...

—Escúchame.

Apretó suavemente sus manos.

—Cuando vuelvas a tu casa, todo esto va a parecerte muy lejos. Vas a tener tu ropa, tu familia, tus cosas. Todos van a querer decirte qué pasó, qué debes pensar, qué tienes que olvidar y hasta cómo debes sentirte.

Amalia permaneció inmóvil.

—Pero tú acuérdate de una cosa.

—¿Cuál?

Mariel respiró profundamente.

—Que regresar al lugar de donde saliste no significa que tengas que regresar siendo la misma mujer que se fue.

Amalia no respondió.

Las palabras entraron despacio.

Y se quedaron.

Mariel sonrió.

—Ya. Eso era todo.

Amalia volvió a abrazarla.

Esta vez más fuerte.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por tratarme como persona cuando yo llegué aquí tratando a todos como salvajes.

Mariel soltó una carcajada.

—Bueno, algunos sí son bastante salvajes.

Amalia rio contra su hombro.

---

Partieron poco después.

El punto acordado para la entrega se encontraba suficientemente lejos del campamento para no revelar su ubicación.

Sombra iba al frente.

Rafael cabalgaba cerca de él.

Otros hombres formaban parte de la escolta.

Amalia avanzaba con Mariel.

El trayecto pareció mucho más corto de lo que debería.

Nadie hablaba demasiado.

Conforme se acercaban, Amalia sentía crecer aquella sensación desagradable.

Hasta que Sombra levantó una mano.

Todos se detuvieron.

Habían llegado.

Amalia miró hacia el camino que continuaba delante de ellos.

Allí terminaría todo.

Mariel fue la primera en acercarse nuevamente.

No hubo otro discurso.

Solo tomó la mano de Amalia.

—Acuérdate de lo que te dije.

Amalia asintió.

—Me acordaré.

Mariel le acarició la mejilla.

Después retrocedió.

Rafael apareció inmediatamente.

—Bueno.

Amalia lo miró.

—Bueno.

—Por fin nos libramos de usted, señorita De la Vega.

Amalia abrió la boca, indignada.

—¿Perdón?

—Ha sido una temporada muy difícil.

—¡Rafael!

—Quejas, órdenes, discusiones...

—¡Yo nunca di órdenes!

Rafael levantó las cejas.

Amalia se corrigió.

—Bueno... no tantas.

—Ajá.

Ella terminó riendo.

Rafael también.

—Voy a extrañarte —admitió Amalia.

Rafael hizo una mueca exagerada.

—No diga esas cosas. Tengo reputación.

—¿De qué? ¿De idiota?

—Exactamente. Me ha costado años construirla.

Amalia soltó una carcajada.

Rafael abrió los brazos.

—Venga acá.

Ella lo abrazó.

Rafael la sostuvo con afecto.

—Cuídese mucho, señorita.

—Tú también.

Cuando se separaron, Rafael miró discretamente por encima del hombro de Amalia.

Hacia Sombra.

Después volvió a mirarla.

—Y tenga paciencia.

Amalia frunció el ceño.

—¿Con qué?

Rafael sonrió.

—Con los hombres que tardan demasiado en entender lo que quieren.

Amalia se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Rafael.

—Yo no dije nombres.

—¡Rafael!

Él ya retrocedía.

—Buen viaje, señorita De la Vega.

—¡Cobarde!

—También forma parte de mi reputación.

Mariel soltó una carcajada.

Incluso algunos hombres sonrieron.

Amalia negó con la cabeza.

Pero entonces las risas fueron desapareciendo.

Porque quedaba una persona.

Sombra.

---

Él permanecía junto a su caballo.

Había observado las despedidas sin intervenir.

Amalia sintió que cada paso hacia él pesaba más que el anterior.

Cuando quedó frente a Sombra, se detuvo.

Él llevaba el sombrero bajo.

Su rostro era sereno.

Demasiado sereno.

—Señorita De la Vega.

Amalia sintió ganas de golpearlo.

Después de todo aquello.

Después del río.

Después de sus miradas.

Después de aquel «no me arrepiento».

Señorita De la Vega.

—Comandante.

Sombra sostuvo su mirada.

Ninguno dijo nada.

Rafael tuvo el buen juicio de alejarse.

Mariel también.

Amalia miró hacia los hombres.

Después volvió a él.

—Entonces... esto es todo.

—Sí.

Una palabra.

Otra maldita palabra.

—Qué facilidad tiene usted para despedirse.

Algo cambió en los ojos de Sombra.

—No confunda pocas palabras con facilidad.

Amalia perdió inmediatamente cualquier respuesta preparada.

Sombra miró hacia el camino.

—Su gente debe estar cerca.

—Ya lo sé.

—Cuando lleguen, mis hombres comprobarán que todo esté en orden.

—Siempre el comandante.

—Alguien tiene que serlo.

Amalia bajó la mirada.

—Supongo.

Silencio.

El viento levantó un poco de polvo entre ellos.

Sombra metió una mano en el bolsillo de su chaqueta.

Sacó algo pequeño.

Amalia frunció el ceño.

Era un pañuelo.

El suyo.

El que había perdido días atrás.

Sombra se lo extendió.

—Esto es suyo.

Amalia lo reconoció.

—Pensé que lo había perdido.

—Lo dejó caer.

Ella tomó el pañuelo.

Sus dedos rozaron los de él.

Un contacto mínimo.

Accidental.

O quizás no.

Ninguno retiró inmediatamente la mano.

Amalia levantó los ojos.

Sombra ya la estaba mirando.

Por primera vez aquella mañana, el comandante desapareció.

No completamente.

Solo lo suficiente.

Amalia vio al hombre debajo de la máscara.

Y eso dolió mucho más.

—Podría habérmelo devuelto antes —murmuró.

—Podría.

—¿Entonces por qué no lo hizo?

Sombra tardó demasiado en responder.

—No encontré el momento.

Era mentira.

Los dos lo sabían.

Amalia cerró los dedos alrededor del pañuelo.

—¿Y ahora sí?

Sombra miró su mano cerrada.

—Ahora ya no quedan muchos.

Aquello le atravesó el pecho.

Amalia tragó saliva.

Quería preguntarle demasiadas cosas.

Si volvería a verla.

Si pensaría en ella.

Si aquella noche significaba algo.

Si el «no me arrepiento» seguía siendo cierto ahora que ella se marchaba.

Pero no preguntó ninguna.

Quizá por orgullo.

Quizá por miedo a la respuesta.

—Sombra...

Él esperó.

Amalia abrió la boca.

Nada salió.

Entonces se escucharon caballos a lo lejos.

Todos reaccionaron.

Sombra volvió inmediatamente la cabeza.

El comandante regresó.

—Rafael.

—Ya los vi.

Los hombres se pusieron en posición.

Amalia miró hacia el camino.

Su gente.

Habían llegado por ella.

El momento que había esperado desde el principio estaba allí.

Y quería que se fuera.

Sombra dio un paso hacia su caballo.

Amalia sintió pánico.

—Espera.

Él se detuvo.

Se miraron.

—¿Qué?

Amalia apretó el pañuelo.

No sabía qué decir.

Así que eligió algo pequeño.

—Gracias.

Sombra frunció apenas el ceño.

—¿Por qué?

—Por no haberme hecho daño.

Él la observó fijamente.

—Nunca iba a permitirlo.

—Ya lo sé.

Aquello pareció afectarlo más de lo esperado.

Sombra bajó ligeramente la mirada.

Después volvió a levantarla.

—Amalia.

Su nombre.

No señorita.

No señorita De la Vega.

Amalia.

Ella sintió cómo se le cerraba la garganta.

Sombra dio un paso más cerca.

No la abrazó.

No podía.

No allí.

No delante de sus hombres.

Y quizás tampoco habría sabido hacerlo aunque estuvieran solos.

Simplemente levantó una mano.

Durante un instante pareció que iba a tocarle el rostro.

Pero se detuvo.

Cambió el movimiento y acomodó suavemente un mechón de cabello que el viento había llevado hasta sus ojos.

Nada más.

Un gesto diminuto.

Amalia cerró los ojos apenas un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, Sombra ya había retirado la mano.

—Cuídese —dijo él.

Amalia sonrió con tristeza.

—¿Eso es todo?

Sombra sostuvo su mirada.

Entonces dijo, muy bajo:

—Es todo lo que puedo decirle.

No lo que quería decir.

Lo que podía.

Amalia entendió la diferencia.

Los caballos se acercaban.

Rafael dio una orden detrás de ellos.

Mariel se secó discretamente otra lágrima.

Amalia retrocedió un paso.

Sombra no la detuvo.

Otro.

Tampoco.

Al tercero, Amalia sintió que algo dentro de ella comenzaba a romperse.

Se volvió antes de que él pudiera verlo.

Caminó hacia el lugar donde debía esperar a su familia.

No miró atrás.

No al principio.

Llegó hasta el límite acordado.

Escuchó las voces.

Los caballos.

Su nombre pronunciado a lo lejos.

Entonces no pudo evitarlo.

Giró.

Sombra seguía exactamente donde lo había dejado.

Quieto.

Mirándola.

A aquella distancia ya no podía distinguir perfectamente sus ojos.

Pero sabía.

Sabía cómo la estaba mirando.

Amalia apretó el pañuelo dentro de su mano.

Sombra llevó dos dedos lentamente al ala del sombrero.

Un saludo.

Pequeño.

Sobrio.

Suyo.

Amalia inclinó apenas la cabeza.

Ninguno sonrió.

No hubo promesas.

No hubo un «volveré».

No hubo un «espérame».

No hubo palabras grandes capaces de convertir aquello en algo sencillo.

Solo una mirada sostenida a través de la distancia.

Y, por alguna razón, aquello resultó mucho más íntimo que cualquier despedida.

Amalia se volvió finalmente.

Siguió caminando.

Detrás de ella, Sombra permaneció inmóvil.

Rafael se acercó, pero no dijo nada.

Esta vez no había broma capaz de arreglarlo.

Sombra esperó hasta que Amalia dejó de verse.

Solo entonces bajó la mirada.

Y cerró lentamente la mano que había rozado la de ella.

La misma mano con la que había guardado aquel pañuelo durante días.

Amalia, mientras tanto, avanzó hacia la vida que tanto había deseado recuperar.

Llevaba su casa delante.

El campamento detrás.

Y las palabras de Mariel atrapadas en algún lugar de su cabeza:

Regresar al lugar de donde saliste no significa que tengas que regresar siendo la misma mujer que se fue.

Amalia comprendió entonces que ese era precisamente el problema.

Volvía a casa.

Pero la muchacha que había salido de aquella hacienda ya no regresaba con ella.

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Carolina A²V
ya veremos si lo usa o si llega a casarse 🤔🤭🤭
Carolina A²V
cuando y a que hora❓️🤔
Carolina A²V
🤔🤔 si tu o dices 🤔
Carolina A²V
a mi me gusta el zafiro y la esmeralda
Carolina A²V
yo también /Smirk/
Carolina A²V
tu lo besaste
Carolina A²V
te tardaste 🤔🤭
Carolina A²V
cállate sigue de lento i la pierdes 🤭
Carolina A²V
ay no 🤦🏻‍♀️
Carolina A²V
esto va de bueno para mejor 🤔🤭
Carolina A²V
🤔 interesante como conseguiría la invitación a flamante evento❓️
Carolina A²V
sino lo haces a tiempo te la robas 🤭🤭🤭
Carolina A²V: ya veremos si los tiene 😊🤭🤭 capaz y es ella quien lo hace si fue capaz de desnudarse en el río y besarlo todo cabe en lo posible 😂😂😂🤔🤔
total 2 replies
Carolina A²V
casi te gana el subconsciente 😊🤭
Carolina A²V
no rubia 🤭
Carolina A²V
otra vez podría ☝🏼
Carolina A²V
se ha dicho suponen
Carolina A²V
Lo sabemos 🫤
Carolina A²V
que fastidio con ese hombre 🫤😒
Carolina A²V
exacto 🤭🤭🤭
Carolina A²V
déjalo así por ahora 🤔
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