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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:972
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

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Capítulo 12: Sombras que se Alzan, Juramentos que se Forjan

El viento del norte aullaba contra las murallas de la fortaleza Duskbringer, un lamento antiguo que parecía arrastrar siglos de frío y silencio. Dentro, el aire olía a leña ardiendo, cera de abejas y la frescura de las flores que Harriette había ordenado colocar en los salones y pasillos —pequeños brotes de color pálido, margaritas y campanillas blancas que se abrían paso entre la penumbra, como ella misma.

Habían pasado apenas unos días desde que cruzó la frontera, y sin embargo, cada rincón de la fortaleza empezaba a transformarse bajo su tacto. No era lujo vano, ni ostentación; era vida, la clase de vida que este lugar había olvidado hace demasiado tiempo. Las cortinas pesadas de terciopelo gris se abrían cada mañana para dejar entrar la luz pálida del sol invernal; las mesas de roble, antes cubiertas de polvo y olvido, ahora lucían mantos de lino limpio y jarros de agua fresca; en la gran cocina, las doncellas trabajaban con una calma que antes no existía, sabiendo que la archiduquesa preguntaba por ellos, por su descanso, por sus necesidades.

Harriette recorría el salón principal del banquete, pasando la mano suavemente por el borde de una mesa tallada, observando cómo se ajustaban los tapices, cómo se pulían los candelabros. Llevaba un vestido de lana azul grisácea, de líneas sencillas pero cortado con elegancia, abotonado hasta el cuello, con un manto forrado de seda que caía hasta sus tobillos. Sus cabellos rubios, aquellos hilos de seda que tantos habían admirado y otros tantos habían despreciado, estaban recogidos en una trenza gruesa que descansaba sobre su hombro, y en su rostro no quedaba rastro de la niña llorosa que un día caminó por los jardines del ducado de Emberfall. Sus ojos —grandes, claros, cargados de una profundidad que nadie había molestado en notar— recorrían cada detalle con una atención serena, firme.

—Que las antorchas estén encendidas una hora antes de que llegue él —dijo a la ama de llaves, con voz suave pero innegociable—. Y que se preparen habitaciones cálidas para sus hombres. No vendrán solos.

La mujer asintió, con una reverencia más sincera que cualquier formalidad. —Se hará, mi señora. Todo estará listo.

Harriette asintió, y salió al pasillo, donde las ventanas altas dejaban ver un cielo que empezaba a teñirse de violeta y plomo. En su pecho no había amor, ni ilusión, ni esperanza de cuento de hadas. Había propósito. Había una promesa hecha a sí misma, en la oscuridad de una habitación fría, cuando el mundo le había dado la espalda: no volvería a ser débil. No volvería a ser olvidada. Y este hombre, su esposo, al que aún no conocía, merecía al menos un hogar al cual regresar.

No sabía que él, en ese instante, a cientos de leguas de distancia, estaba a punto de defender su nombre con una ferocidad que helaría la sangre de cualquier mortal.

El palacio real olía a incienso, rosas marchitas y poderoso corrompido. Los pasillos eran vastos, interminables, con suelos de mármol blanco que reflejaban las lámparas de bronce, creando sombras que se estiraban y se encogían como seres vivos. Aleric Duskbringer caminaba por ellos con el porte de un rey sin corona, cada paso mesurado, pesado, como si la tierra misma se ajustara a su ritmo.

Llevaba su casaca de seda carmesí profundo, bordada con hilos de oro que brillaban con luz propia bajo la luz tenue, el cuello alto rematado en encaje blanco, el broche de esmeralda ardiendo sobre su pecho como un ojo vigilante. Su cabellera platinada, con reflejos violáceos que la luz hacían ondear como llamas pálidas, caía sobre sus hombros en ondas naturales, y su rostro —afilado, perfecto, de una belleza casi cruel— no revelaba nada. Sus ojos, de un violeta intenso y sereno, miraban adelante con calma, como si nada de este palacio pudiera tocarlo, como si todos aquellos lujos y ceremonias no fueran más que polvo bajo sus botas.

Había soportado horas de banquetes, brindis, palabras vacías y sonrisas afiladas como cuchillos. Había escuchado al emperador hablar de paz y de alianzas mientras sus ojos planeaban conquistas; había visto cómo el segundo príncipe se mantenía cerca, siempre cerca, como una sombra que esperaba el momento de atacar. Y cuando la ceremonia se prolongó más de lo necesario, cuando el peso de todas aquellas miradas se volvió insoportable, Aleric se retiró con una excusa educada, una reverencia cortés, y salió al pasillo, buscando un momento de silencio.

No lo encontró.

—Vaya, vaya —una voz lo detuvo, cargada de veneno fingido—. El gran archiduque Duskbringer se escapa de la fiesta. ¿Acaso no le agradan nuestras humildes cortes?

Aleric se detuvo lentamente, sin girarse de inmediato. Conocía esa voz. La había escuchado desde que eran niños, cargada de envidia, de arrogancia, de un derecho que nunca le correspondió. Se giró con una calma absoluta, y sus ojos violetas se posaron sobre el príncipe heredero —Ashen Nightbloom—, aquel hombre de cabellos oscuros y ojos negros cual la noche, el que un día había destrozado el corazón de una chica que amó con todo lo que tenía.

Ashen estaba apoyado contra una columna de mármol, una copa de vino en la mano, su postura relajada pero su mirada ardiendo de un resentimiento antiguo. La rivalidad entre ambos había existido siempre: el emperador veía en Aleric lo que su propio hijo jamás sería —firme, leal, capaz de gobernar con justicia y fuerza—, y cada reconocimiento, cada palabra de elogio, cada mirada era una espina clavada en el pecho del príncipe.

—No es así, alteza —respondió Aleric, con voz pareja, fría como el hielo del norte—. Simplemente necesitaba aire. El salón se ha vuelto sofocante.

—¿Sofocante? —Ashen soltó una risa seca, sin alegría—. O quizás es que no soporta estar entre nosotros ahora que tiene su pequeña victoria. Una boda, una alianza, una esposa entregada por el emperador en persona. Qué conveniente, ¿no es así? Conseguiste tierras, poder, y una mujer sin siquiera levantar un dedo.

Aleric no respondió de inmediato. Lo miró, sereno, sin dejar que el tono del príncipe alterara su semblante. —El matrimonio fue un acuerdo entre las dos casas. No hubo engaño ni coacción. La dama dio su consentimiento libremente.

—¿Libremente? —Ashen dio un paso hacia él, y el vino en su copa se agitó, rojo como sangre—. Pobrecilla. No conoce lo que le espera. Nadie la conoce realmente. Una chica olvidada, la hija que nadie quería, la que ni su propio padre miró… y ahora de repente es archiduquesa, llevada al norte, a esa fortaleza helada donde nadie la verá jamás. Es una lástima, en verdad. Tenía una belleza curiosa, ¿sabes? Cabellos como oro pálido, ojos que parecían contener todo el dolor del mundo. La vi una vez, en los jardines del ducado, bajo la luna. Estaba tan sola… tan hermosa. Tan dispuesta a ser amada.

El aire se volvió denso. Aleric sintió algo frío y afilado despertar en su pecho, algo que no mostró en su rostro. —No entiendo a qué se refiere, alteza.

—Claro que no —Ashen sonrió, y esa sonrisa era cruel, llena de un desprecio que se mezclaba con algo más oscuro, algo hambriento—. Tú no la viste. Tú no sabes lo que es. Ella era mía, ¿sabías? Casi mía. La conquisté, la tuve en la palma de mi mano… y entonces el destino decidió regalarte lo que yo merecía. Qué ironía. La archiduquesa Duskbringer. Suena bien, ¿no crees? Pero sé lo que hay debajo de esa apariencia tranquila. Sé cómo es cuando se le mira bien. Tiene fuego, ese que nadie ha sabido ver… y lástima que se desperdicie contigo. Un hombre que ni siquiera la ha visto, que no sabe nada de ella. Yo la conozco. Yo sé lo que es. Y algún día… algún día volverá a mí. Porque una mujer así no se conforma con el frío y el silencio. Ella necesita ser deseada. Y yo la deseo, Aleric. La deseo con cada respiración.

Las palabras cayeron al suelo como gotas de ácido.

Ashen siguió hablando, sin darse cuenta de que el silencio de Aleric no era indiferencia, sino la calma antes de la tormenta. —Imagínala. Vestida de seda, pálida y hermosa, esperando a un esposo que nunca está… mientras yo estoy aquí, recordándole lo que tuvimos. Lo que ella siente por mí. No me importa que esté casada. No me importa que sea tu esposa. Lo que quiero, lo tomo. Y ella me quiere. Lo sé. Me buscó a mí antes que a ti. Tú no eres más que un nombre en un papel. Ella es mía, por dentro y por fuera. Y tarde o temprano, vendrá a mí.

Se calló entonces, esperando ver enfado, duda, dolor. Esperando ver al archiduque bajar la mirada, dudar, marcharse con la cola entre las patas. Pero lo que vio lo heló en el sitio.

Aleric no se había movido. Sin embargo, todo en él había cambiado. Aquella aura serena y distante se había vuelto algo mucho más denso, mucho más oscuro, algo que parecía absorber la luz de las lámparas. Sus ojos violetas, antes tranquilos, ahora brillaban con una intensidad fría, letal, como el hielo que se rompe bajo el peso de una montaña. No había ira gritada, ni gesto violento; había algo peor: una calma absoluta, la de quien ha decidido que algo debe terminar, y nada lo detendrá.

Dio un paso hacia adelante. Uno solo. Pero fue suficiente para que el príncipe diera un paso atrás, sin quererlo, instintivamente, ante la presión que emanaba de aquel hombre.

—Basta —dijo Aleric. Su voz no subió de tono, pero cada palabra cayó con el peso de un decreto imperial, irrevocable, innegociable—. Has hablado demasiado, y has dicho cosas que no tienes derecho a decir.

—¿Cómo te atreves…? —empezó Ashen, con la mandíbula tensa.

—Me atrevo porque soy su esposo —lo cortó Aleric, y su mirada fue como una hoja de acero atravesándolo—. Y porque tú hablas de una mujer que no conoces, reduciéndola a un capricho, a un recuerdo, a algo que puedes reclamar como si fuera un objeto. No sabes quién es ella. No sabes lo que ha sufrido, ni lo que ha soportado, ni la fuerza que hay en su espíritu. Y lo que es peor: hablas de mi esposa con una familiaridad indecente, con una codicia que te deshonra como príncipe y como hombre.

—¿Tu esposa? —Ashen soltó una risa amarga—. No la conoces. Nunca la has visto. ¿Cómo puedes defender algo que no tienes?

—No necesito conocerla para saber lo que es correcto —respondió Aleric, acercándose más, hasta que quedaron a apenas un paso, y el príncipe tuvo que alzar la cabeza para sostenerle la mirada—. No necesito haberla visto para saber que merece respeto. Merece que su nombre se pronuncie con honor, no con la suciedad de tus deseos egoístas. Y si crees que porque ella fue herida alguna vez, porque fue vulnerable ante alguien que fingió amarla, eso te da derecho a reclamarla… estás profundamente equivocado.

Hizo una pausa, y el silencio entre ambos se volvió pesado, cargado de amenaza silenciosa.

—Escúchame bien, Ashen Nightbloom —dijo Aleric, y cada palabra fue un juramento grabado en hierro frío—. Harriette es la archiduquesa Duskbringer. Es mi esposa. Y mientras yo viva, nadie —nadie— la mirará con lujuria. Nadie hablará de ella con desprecio o posesión. Nadie se atreverá a tratarla como si fuera un premio o una consolación. Si alguna vez vuelves a pronunciar su nombre con esa boca llena de veneno, si alguna vez vuelves a pensar en ella con intenciones que no sean honorables, si cruzas su camino con la intención de lastimarla o reclamarla… te arrancaré la lengua con mis propias manos. Y ni el emperador, ni los dioses, ni todo tu ejército podrán detenerme.

No hubo gritos. No hubo amenazas exageradas. Fue dicho con una calma tan absoluta, con una convicción tan fría y total, que Ashen sintió un escalofrío recorrerle la espalda, un miedo primitivo que no esperaba sentir. Vio en los ojos violetas del archiduque algo que jamás había visto en nadie: la disposición absoluta de matar sin dudarlo, sin remordimiento, sin pestañear, si era necesario para proteger lo que le pertenecía.

—No sabes de qué eres capaz —murmuró Ashen, intentando recuperar terreno, aunque su voz ya no tenía la misma fuerza.

—Sé exactamente de lo que soy capaz —respondió Aleric, y su mirada no se apartó de la del príncipe ni un instante—. Y tú no quieres descubrirlo. Mantén tu lengua bajo control, alteza. Y mantén tus pensamientos lejos de ella. Porque lo que es mío, lo defiendo con mi vida. Y lo que se rompe… no se puede reparar.

Se apartó lentamente, como si le costara dejar de mirarlo, y hizo una reverencia seca, perfecta, cargada de un desprecio más cortante que cualquier insulto. —Con permiso, alteza. Que tengas una buena noche.

Se giró y se marchó, sus pasos resonando en el mármol, firmes, sin vacilación. Ashen se quedó solo en el pasillo, con la copa apretada en la mano hasta que sus nudos se pusieron blancos, el vino rojo oscilando, y en su pecho el resentimiento creciendo, mezclado con algo mucho más peligroso: la certeza de que aquella mujer, Harriette, se había convertido en la única cosa que le importaba arrebatarle a su rival. No era amor. Era obsesión. Era el deseo de poseer lo que otro protegía con tanta ferocidad. Y cuanto más la defendía Aleric, más ardía en él la necesidad de tenerla.

Aleric caminó hasta llegar a una terraza desierta, donde el viento golpeaba con fuerza, y se apoyó contra el muro de piedra, mirando hacia el norte, hacia las tierras que pronto volvería a pisar. El aire frío le golpeó el rostro, pero no le importó. Cerró los ojos, y en su mente, sin siquiera haberla visto, formó una imagen de ella: la chica que había sido entregada a él como esposa, la que todos habían olvidado, la que aquel hombre despreciaba y codiciaba a la vez.

No la amaba. No podía amarla. No sabía cómo era su voz, ni su risa, ni el color exacto de sus ojos. Pero en ese momento, algo se rompió y se rehízo dentro de él. Ella era su esposa. Era la archiduquesa. Y si el mundo entero la había abandonado, él no lo haría.

—Harriette —susurró al viento, y el nombre salió de sus labios con una extraña ternura, una promesa silenciosa—. Nadie te volverá a lastimar mientras yo esté aquí. Nadie te hablará con desprecio. Nadie te tomará por algo que no eres. Si el mundo te dio la espalda, yo seré tu sombra. Si te atacan, yo seré tu escudo. Y si alguien se atreve a tocarte… que se prepare para la guerra.

Abrió los ojos, y en ellos ya no había duda. Su destino estaba sellado, no por un tratado, no por el emperador, sino por aquel momento en que un hombre había hablado de ella como si fuera suya, y Aleric había sentido la necesidad de defenderla como si fuera el aire que respiraba. No sabía qué le esperaba cuando regresara al norte, cuando la viera por primera vez, cuando se encontraran frente a frente, dos extraños unidos por la política y el destino. Pero sabía una cosa con absoluta certeza: ella no sería la víctima que todos esperaban. Y él no sería el esposo indiferente que todos imaginaban.

Algo nacía entre ellos, antes de verse, antes de hablar, antes de tocarse. Algo oscuro y profundo, forjado en la adversidad, templado en la amenaza, una unión que no necesitaba palabras para ser real. Y mientras el príncipe heredero tramaba en la oscuridad, lleno de envidia y codicia, Aleric Duskbringer miraba hacia el norte, hacia su hogar, hacia ella, y juró que nadie, absolutamente nadie, le arrebataría lo que le pertenecía.

La guerra no era solo en las fronteras. Empezaba en el corazón de un palacio, con el nombre de una mujer que aún no sabía que alguien la defendía con todo su ser. Y cuando los caminos de los tres se cruzaran de nuevo, ya no habría marcha atrás. Las sombras se alzarían, los juramentos se probarían, y el amor, el odio y la obsesión se mezclarían en una danza de la que ninguno saldría ileso.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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