En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
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ARCO 3: VALOR EL DEMONIO DE LA DEVASTACIÓN. CAPÍTULO 13: UN NUEVO HOGAR.
El eco de los tambores aún se percibía en la vasta explanada del castillo de Astrea. Tres días habían pasado desde el final de la Guerra Rúnica, pero el aire todavía olía a fuego, a hierro y a gloria. Las banderas ondeaban con solemnidad sobre los torreones, y una multitud de soldados, magos y aldeanos se reunía frente al trono del rey. El Rey de Astrea, un hombre de mirada cansada y cabello plateado, sostenía su espada ceremonial con dignidad. Su rostro mostraba la marca de los años, pero también el temple de quien había guiado a su pueblo a través de innumerables batallas. Cuando alzó la voz, el silencio se extendió como una ola.
—Hijos de Astrea… y aliados del fuego eterno. —Su tono, grave y templado, imponía respeto—. La guerra ha terminado, pero no sin costo. Hemos perdido hermanos… y ganado leyendas.
Sus ojos se posaron sobre Reinders, quien permanecía entre los Dragones y los humanos. A su lado estaban Mar, con su semblante orgulloso y una sonrisa traviesa; Estu, seria y observadora; Elsa, con esa serenidad que parecía venir del mismo hierro; y Creta, que ya no podía dejar de mirar al público con emoción infantil.
—Reinders del Dragón Humano —continuó el Rey—. En nombre del Reino de Astrea, te otorgo estas tierras al sur de las colinas de Meyra. Un lugar donde puedas forjar un nuevo comienzo, donde las razas puedan vivir sin miedo ni cadenas. Y junto con ellas… este cofre de oro y gemas. Tesoro digno de quienes devolvieron la esperanza a este reino. Ustedes son jóvenes de honor en este reino, yo el rey eso es lo aque proclamo.
Reinders dio un paso al frente y se inclinó.
—Majestad… acepto este honor en nombre de todos los que lucharon. —Su voz tenía el peso del deber, pero también un dejo de humildad—. Que estas tierras sean refugio para los que no tienen hogar.
En su mente, una voz resonó, grave y antigua. Era la Espada Coleman que desde que despertó había adquirido la habilidad de comunicarse por telepatía como una especie de arma viviente.
“Suenas como un verdadero rey, muchacho. Aunque dudo que quieras la corona.”
Reinders reprimió una sonrisa.
—Ni en mil años, Coleman —susurró entre dientes.
El Rey arqueó una ceja, sin oír el comentario, y luego alzó su copa.
—¡Por los héroes de la Guerra Rúnica! ¡Por el amanecer del nuevo mundo!
El clamor de la multitud rugió como un dragón despertando.
En ese momento Reinders ya tenía una idea. La Comunidad del Dragón.
Semanas después, el terreno asignado se había transformado en un valle abierto, bordeado por colinas y ríos. Allí, Reinders y su grupo comenzaron a levantar un pequeño asentamiento. Las casas eran rústicas, construidas con madera y piedra, con mucha naturaleza y estatuas de dragones a color que parecían ser bestias que podían empezar a volar en cualquier momento, pero el ambiente… estaba vivo.
El olor a comida, las risas, y las antorchas que iluminaban la noche formaban un cuadro acogedor. Reinders observaba desde una roca alta, con Coleman descansando a su lado, clavada en el suelo.
“Parece que esta vez no estás destruyendo nada, sino creando. Qué ironía, ¿no?”, murmuró la espada en su mente.
—Tal vez sea hora de cambiar la historia —respondió Reinders, cruzándose de brazos. – En el pasado fui un destructor y un ser que era sinónimo de la muerte y el caos, eso sentí cuando me vi en mi forma rúnica, sin embargo ahora este poder puedo usarlo para hacer lo correcto.
Mar se acercó con una jarra de vino y una sonrisa ladeada.
—Oye, héroe… menos meditar y más celebrar. Todos quieren brindar contigo.
—¿Desde cuándo eres tan amable? —preguntó él, alzando una ceja.
—Desde que soy la líder electa de esta comunidad. —Mar levantó la jarra con orgullo—. La Comunidad del Dragón. Suena bien, ¿eh?
Reinders soltó una risa.
—Te queda perfecto el título. Aunque… espero que no te suba el poder a la cabeza.
—Oh, no te preocupes, ya tengo suficiente con soportarte a ti —replicó ella, dándole un leve golpe en el hombro.
Detrás de ellos, Estu y Elsa discutían sobre la mejor forma de canalizar las energías rúnicas del terreno, mientras Creta trataba de enseñar a unos niños el arte de moldear pequeñas runas de fuego.
El ambiente era cálido, casi familiar.
Por primera vez en mucho tiempo, Reinders sintió paz.
Esa noche, bajo un cielo estrellado, el grupo se reunió alrededor de una hoguera.
La comida abundaba y el vino corría como río. Mar se sentó junto a Reinders, recostando su cabeza en su hombro, algo que hizo que Estu la fulminara con la mirada.
Elsa simplemente sonrió con sutileza, y Creta, ajena a la tensión, se dedicó a alimentar el fuego con un canto mágico.
—Es raro —dijo Reinders, mirando las llamas—. Pensé que después de todo lo que pasó, me costaría encontrar la calma.
—Eso es porque la calma no se encuentra —respondió Mar, con voz suave—. Se construye… igual que este lugar.
“Tiene razón, chico. Pero no te relajes demasiado. La paz siempre es el preludio del caos.”
La voz de Coleman resonó en su mente, profunda, casi inquietante.
Reinders frunció el ceño.
—¿Qué intentas decirme, vieja espada?
“Que incluso los demonios descansan antes de despertar.”
Un silencio momentáneo se apoderó del lugar, como si la noche misma hubiera escuchado esa advertencia. Reinders estaba absorto en sus pensamientos como si manteniera una conversación con un ser de otra dimensión. Entonces su expresión cambió de repente.
—¿Reinders? —preguntó Elsa, al notar su expresión.
Él forzó una sonrisa.
—Nada… solo recordé algo que escuché una vez.
—¿El qué? —inquirió Creta, curiosa.
Reinders miró el fuego y respondió con voz baja:
—Una vieja leyenda… sobre un demonio llamado Valor, el Devastador. Dicen que cuando los cielos sangren y el fuego se enfríe, él volverá a caminar entre los vivos.
El viento sopló con fuerza, y las llamas se agitaron violentamente por un instante.
Nadie habló después de eso.
Solo el crepitar del fuego acompañó a la oscuridad que, poco a poco, comenzó a rodearlos.