Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 12
El lunes por la mañana, llegué a la universidad con una decisión tomada: hablaría con Isabela. No tenía sentido seguir dándole vueltas, no sabía exactamente qué quería decirle, pero necesitaba verla. Sin embargo, cuando llegó la hora de la clase, su asiento estaba vacío. Esperé unos minutos más, como si con solo desearlo ella fuera a aparecer de la nada. No lo hizo.
Me molestó más de lo que quería admitir.
Por la tarde, recibí la llamada que había estado evitando por semanas.
—Leonardo, ya es suficiente —la voz autoritaria de mi padre retumbó en el auricular—. Es hora de que asumas tu papel en la familia. Debes regresar y tomar la dirección del hospital. Ya jugaste bastante a ser profesor.
Reprimí un suspiro. Lo había visto venir. Mi padre nunca me pidió opinión sobre mi futuro, siempre asumió que seguiría sus pasos al pie de la letra.
—No quiero tu hospital —respondí con calma, aunque mi sangre hervía—. Nunca lo he querido.
—¡Basta, Leonardo! —Su voz subió de tono—. Has tenido tu tiempo de rebeldía. Es hora de que asumas la responsabilidad que te corresponde.
Rebelde. Siempre usaba esa palabra cuando hablaba de mí. Como si querer tomar mis propias decisiones fuera un acto de desafío. Como si vivir mi vida a mi manera fuera una afrenta personal contra él.
No dije nada más. No valía la pena discutir con alguien que solo escuchaba lo que quería oír. Colgué la llamada y, en menos de veinticuatro horas, tomé una decisión radical.
Renuncié a la universidad sin mirar atrás. Había aceptado ese puesto solo para cubrir a mi hermano mayor y, sinceramente, nunca tuve la intención de quedarme más tiempo del necesario. Pero ahora necesitaba algo más grande, algo que me hiciera sentir realmente libre. Así que hice lo impensable: tomé un vuelo a un país en el que mi familia no pudiera encontrarme.
Y así pasaron cinco años.
El tiempo es un maestro cruel. Años atrás, habría actuado sin pensar en las consecuencias, sin importar a quién dejaba atrás. Pero los años no pasan en vano. La madurez llega sin pedir permiso y, con ella, la inevitable realidad de que uno no puede huir de su pasado para siempre.
Leo acababa de bajar del avión en EE.UU., sin que sus padres ni amigos supieran. Vestía una camisa gris con un saco, sus maletas en mano y unos lentes oscuros cubriendo sus ojos. Su rostro reflejaba los años que habían pasado; una barba refinada y facciones más serias le daban una apariencia mucho más madura. Sin perder tiempo, tomó un auto con un chofer que había contratado y se dispuso a dirigirse a su departamento.
Sin embargo, el destino tenía otros planes para él. A mitad del camino, el tráfico se volvió denso, y una multitud comenzó a reunirse más adelante. Leo frunció el ceño y le preguntó al chofer:
—¿Qué está pasando?
El chofer observó por la ventana y respondió con seriedad:
—Parece que hubo un accidente, señor.
Sin pensarlo dos veces, Leo salió del auto. Su instinto de médico se activó al instante. Caminó entre la multitud hasta llegar al epicentro del incidente. En el suelo, una joven estudiante yacía inconsciente. Su piel se tornaba pálida y su respiración era débil. Entraba en un claro estado de shock hipérbolemico.
Leo se arrodilló junto a ella, retiró su saco rápidamente y lo colocó sobre la joven.
—¡Llamen a una ambulancia! —ordenó con voz firme mientras verificaba su pulso.
La multitud se hizo a un lado, observando en silencio mientras Leo realizaba una evaluación rápida. Su médula espinal parecía intacta, pero su temperatura corporal descendía rápidamente. Sabía que cada segundo era crucial.
—Vamos, aguanta —murmuró, observando su rostro.
Minutos después, la ambulancia llegó. Leo subió con la joven sin dudarlo. Aunque había estado ausente cinco años, su esencia no había cambiado: seguía siendo un médico, y no podía quedarse de brazos cruzados cuando alguien necesitaba .
La situación era crítica. La niña estaba en paro y necesitaba atención médica inmediata. Leo, con su experiencia y habilidades, rápidamente evaluó la situación y se dio cuenta de la gravedad de las lesiones.
"Hemotórax, dos costillas rotas y perforación del pulmón derecho", le explicó al paramédico, quien parecía indeciso.
"Pero... ¿no deberíamos llevarla al hospital más cercano?", preguntó el paramédico, visiblemente nervioso.
"No hay tiempo", respondió Leo con firmeza. "Necesita atención especializada y equipo adecuado. Llevémosla al Hospital Mayo Clinic."
El paramédico asintió y se comunicó con la central para cambiar el destino de la ambulancia.
Mientras tanto, Leo se puso a trabajar. Con habilidad y precisión, hizo una incisión en el lado derecho de la niña y introdujo un tubo para drenar el hemotórax y ayudarla a respirar.
La niña comenzó a recuperar el color y a respirar con más facilidad. Leo la había salvado, al menos por el momento.
"¡Vamos, vamos, vamos!", gritó Leo al chófer de la ambulancia.
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.