La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 2: Forjare Mi Propio Camino
La puerta se abrió de golpe. Una mujer de mediana edad, de rostro arrugado por el sol y manos callosas que sabían de trabajo duro, entró cargando una cesta de mimbre reforzado con tiras de plástico, llena de frutas, pan de grano entero y un trozo de queso. Al verme de pie, se detuvo sorprendida, como si verla de pie fuera algo insólito.
—¡Morana! ¡Ya despertaste! —exclamó, acercándose con prisa, pero sin tocarme de golpe—. Tenía mucho miedo, llevabas días con fiebre alta y delirabas. ¿Cómo te sientes, niña?
Me llamaba Morana. Para ella, yo era esa mujer descarriada que por fin había recuperado el juicio. No respondí de inmediato. Mis ojos recorrieron la cesta —calculé el valor calórico, lo que podría guardar, lo que podría vender— luego la puerta, el camino hacia afuera, hacia las torres que se veían a lo lejos a través de la bruma sucia, sin detenerse ni un segundo en las camitas de los niños.
—Me siento bien —respondí, y mi voz ya no temblaba. Era firme, fría, decidida—. Gracias. ¿Eres Elena, la vecina? La que siempre traía comida cuando no tenía nada.
La mujer sonrió, emocionada, como si recordar fuera una señal de sanación.
—¡Te acuerdas! ¡Sí, soy yo! ¡Gracias al cielo por fin recuperaste la cordura! Estabas tan… tan perdida.
No fui hacia los niños. No me acerqué, no los miré, no pronuncié sus nombres. Su existencia era un dato, no un sentimiento. Si Ian se los llevó, perfecto. Allí tendrían comida de verdad, ropa limpia, techo impermeable, educación. Todo lo que aquí no podría darles ni en cien años. No tenía tiempo ni recursos para cuidar de nadie más que de mí misma. No me dolió. No me dolió en absoluto. Era simplemente lo más práctico.
—Él se los llevó, ¿verdad? —dije con sequedad, sin preguntar realmente, solo confirmando lo que ya sabía—. Mejor así. Aquí no tendrían futuro. No tengo nada que ofrecerles. Que se queden con él. No me importa.
Elena parpadeó, confundida por mi falta de reacción. Esperaba llanto, súplicas, dolor. Solo encontró indiferencia calculada. Apretó el borde de la cesta, insegura.
—Bueno… sí, él dijo que… —tartamudeó un poco—. Que aquí no podían crecer bien. Que el ambiente no era adecuado. Dijo que les daría una vida mejor.
—Y tiene razón —la interrumpí con frialdad, sin rastro de amargura, solo hechos—. No hay nada que discutir. Que se queden. No me estorban y no me atan. Es lo mejor para todos. Para ellos y para mí.
Me di la vuelta, alejándome de ese rincón sin mirar atrás, y pasé la mano por el sucio vestido con asco profundo. El olor de la pobreza otra vez. El mismo olor del orfanato: frío, humedad, resignación. El odio me subió por la garganta, fuerte y familiar, quemándome por dentro, más intenso que cualquier recuerdo de la Morana original.
—Odio esto —dije en voz baja, con los dientes apretados, la mirada fija en la ventana sucia de grasa—. Odio la pobreza. Odio esta miseria. Justo cuando por fin había dejado todo esto atrás… cuando ya no tenía que mendigar ni esperar que alguien me diera permiso para vivir…
Respiré hondo, llenando pulmones de aire viciado, y enderecé la espalda tanto como el cuerpo me permitió. Miré a Elena a los ojos. No había dulzura en mi mirada. Ni calidez. Solo determinación, fría y afilada como una navaja de acero quirúrgico.
—Pero no me rendiré. Tuve una segunda oportunidad y no la desperdiciaré. Esto no es el final. Es solo el principio. El punto de partida.
—¿Qué vas a hacer, Morana? —preguntó Elena, perpleja ante mi cambio, ante la ausencia de todo rastro de la mujer que conocía.
—Voy a empezar de nuevo —respondí, y en mi voz no había rastro de la antigua Morana, ni de nadie que no fuera yo misma—. Seré una mujer nueva. Recuperaré mi vida. No lloraré por lo que perdí ni por lo que se llevó. No tengo tiempo para sentimentalismos. Solo tengo un objetivo: salir de aquí. Volver a tenerlo todo. Y nadie, nadie, se interpondrá en mi camino.
Asentí hacia la cesta de comida, sin emoción, sin gratitud efusiva, solo reconociendo un recurso necesario.
—Gracias por la comida, Elena. A partir de hoy, la Morana que conociste murió con la fiebre. Lo que queda aquí no es su vida, es la mía. Y esta vez… nadie me usará. Nadie me pisoteará. Y nadie volverá a subestimarme. Ni Ian, ni Bárbara, ni ninguno de ellos.
Elena tomó mi mano con timidez, emocionada, sin comprender que la mujer que tenía delante ya no era la misma. Que en ese cuerpo lleno de grasa y de olvido, había despertado alguien mucho más peligrosa. Alguien que no conocía el amor ni el apego, solo la ambición y el precio exacto del éxito.
Miré por la ventana rota, hacia el horizonte donde se alzaban las torres de la ciudad de Corel, lejos, brillantes e inalcanzables bajo un cielo que allí arriba siempre era azul limpio. Los niños, Ian, Bárbara, la protagonista que aún no conocía… todos eran solo piezas en un tablero. Y yo volvía a empezar la partida, con la ventaja de saber cómo terminaba la anterior.
—Esperen —pensé, con una frialdad absoluta, trazando el primer plan en mi mente—. Que esperen. Porque la villana ha vuelto. Y esta vez, no será la víctima. Y no será débil.