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QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL PRECIO DEL LUJO

Caminé por la mansión sin prisa.

No buscaba consuelo.

Buscaba entender.

La opulencia del lugar no me impresionaba; me resultaba ajena, casi ofensiva. Como si cada objeto costoso fuera una acusación silenciosa contra mí, contra mi vida, contra todo lo que yo no era.

Mi madre me interceptó en el pasillo.

Su rostro era una máscara de dolor.

Lo reconocí de inmediato: siempre fue buena actuando.

—Es bueno verte después de tanto tiempo, Rose —dijo, con la voz temblorosa.

No me detuve.

—Años, mamá. Han pasado años.

—¿Me estás culpando?

—No. Solo te estoy corrigiendo.

Silencio.

—No es «tiempo». Son años.

Se quedó inmóvil. La tristeza de su rostro cambió de forma, como si la máscara se hubiera agrietado por un segundo. Como si debajo hubiera algo más que no quería mostrar.

—¿Ni siquiera hoy puedes dejar tu sarcasmo? —preguntó—. Es un día de dolor.

—Te lo mereces.

No levanté la voz. No lo necesitaba. El tono fue suficiente: afilado, definitivo.

Tragó saliva y no respondió. No podía, porque sabía que yo tenía razón.

—Quiero ver la habitación de Ivy.

No fue una petición; fue una orden.

Asintió apenas y llamó a una sirvienta sin mirarme. La mujer me guio al segundo piso, hacia uno de los rincones más apartados de la casa, como si la mantuvieran alejada de todo, aislada.

La habitación era espaciosa, luminosa, con un balcón que daba a la ciudad. Una vista privilegiada.

—Qué bonito —murmuré acercándome a la ventana—. Despertar todos los días con esto… debía tener un precio.

Porque todo tenía un precio. Todo. Especialmente esto.

Me di la vuelta. La habitación estaba intacta, demasiado intacta, como si nadie se hubiera atrevido a tocar nada. Como si Ivy fuera a regresar en cualquier momento y encontrar todo exactamente donde lo dejó. Como si su muerte fuera algo temporal.

Abrí el escritorio.

Un diario.

Lo reconocí al instante: era el mismo que Ivy me había enseñado años atrás, encuadernado en cuero rosa y con sus iniciales grabadas en oro.

Ojeé las páginas. Chicos, compras, viajes, detalles superficiales. Nada importante. Nada real.

Cerré el cuaderno.

—Sigues siendo tú —murmuré—. Superficial. Perfecta. Falsa.

Pero luego lo pensé bien. ¿Realmente era falsa? ¿O solo vivía en un mundo donde la falsedad era la única moneda válida?

Fui al armario. Al abrirlo, el olor a cuero y a perfume caro me envolvió, sofocante e invasivo. Ropa de diseñador organizada por color, por temporada, por marca. Como un museo del lujo.

Tomé una prenda, leí la etiqueta y exhalé. Ese vestido costaba más de dos meses del sueldo de mi padre. Lo dejé en su lugar con cuidado, como si no me correspondiera tocarlo, como si fuera sagrado.

El tocador estaba igual de organizado. Perfumes, maquillaje, todo alineado, caro y perfecto.

—Vaya, Ivy… —deslicé los dedos por la superficie—. Vaya que sabías vivir.

Ahora no me parecía extraño. Los regalos, la laptop, la ropa, las cosas que nunca pedí pero que siempre llegaban en cajas discretas con notas de amor que yo guardaba en un cajón. Todo venía de aquí, de este mundo, de este exceso, de este lujo que yo rechazaba pero que, en el fondo, necesitaba.

Me senté en la cama. El colchón apenas se hundió bajo mi peso, como si fuera demasiado bueno, demasiado caro, demasiado para alguien como yo.

Abrí el diario otra vez en una entrada reciente, de hacía una semana:

«Hoy hablaré con Rose. Le contaré sobre el viaje a Francia con el grupo. Raquel espera algo, seguro. Ropa. No tiene mucho. Papá no gana lo suficiente para lujos. Le enviaré algo lindo. Algo que la haga sentir que me importa. Porque me importa. Siempre me importó».

Cerré el cuaderno.

Esa era ella, pensando en mí a su manera, compensando la distancia, el dinero y todo lo que Sawyer nos había quitado. Gracias a eso yo tenía cosas, herramientas, oportunidades que ella sabía que yo necesitaba.

Respiré hondo. La presión en mi pecho apareció: rabia, culpa, arrepentimiento. Y la aplasté. La tristeza no ayuda; no aquí, no ahora.

—Voy a averiguar quién hizo esto —dije en voz baja al silencio de la habitación—. Y van a pagar.

Guardé el diario en mi bolso.

La puerta se abrió y me puse de pie.

El Sr. Sawyer estaba en el umbral. Impecable y controlado, como siempre. Pero sus ojos tenían algo diferente, algo que no había visto en el funeral: preocupación, temor.

¿Temor a qué?

—¿Qué haces aquí? —pregunté. Mi voz sonó fría, directa y peligrosa.

Él levantó ligeramente las manos.

—Relájate. No busco problemas.

—No me me caes bien.

—Lo sé.

Mantuvo la distancia, medida y correcta, como si supiera exactamente cuánto espacio necesitaba entre nosotros para no explotar.

—La historia no siempre es como te la han contado, Rose.

—No me interesa tu versión.

—Deberías escuchar—

—No —lo corté—. Tú fuiste el hombre que destruyó a mi familia.

Silencio. Él bajó la mirada, como aceptando el golpe, como si supiera que yo tenía razón. Pero no respondió; cualquier palabra habría sido una admisión.

—¿Piensas llevarte algo? —preguntó después.

Miré el diario dentro de mi bolso.

—Solo esto.

Frunció levemente el ceño, como si esperara que le pidiera más, como si esperara que fuera como mi madre: codiciosa, hambrienta, dispuesta a vender su alma por un poco de lujo.

—Hay más cosas —continuó—. Ropa, joyas, dinero… mucho dinero. Puedes llevarte lo que quieras, a Ivy no le importaría.

Negué con la cabeza.

—No soy como mi madre.

Eso lo hizo levantar la vista. Sus ojos se cruzaron con los míos y, por un segundo, vi algo parecido al respeto o al reconocimiento.

—Las cosas materiales no me interesan.

Me observó durante unos segundos, evaluándome, decidiendo si podía confiar en mí. Luego asintió.

—Si necesitas algo… pídelo.

Dí un paso hacia él, deliberado y amenazante:

—Entonces sí quiero algo.

Sus ojos se clavaron en los míos y se tensó, sabiendo que lo que venía no le iría a gustar.

—Dime.

—Quiero entrar al Markhan College.

Silencio.

—Quiero acceso a los registros de Ivy, a sus amigos, a su vida.

Otro silencio.

—Quiero saber quién mató a mi hermana.

Sawyer no respondió de inmediato. Apretaba la mandíbula y sus ojos se oscurecieron.

—Y quiero que paguen —sostuve su mirada sin desviarla—. ¿Puedes hacerlo, o solo sabes comprar a la gente?

Él no respondió inmediatamente, y su silencio me lo dijo todo. Podía hacerlo, lo haría, y tenía sus propias razones para querer que yo descubriera la verdad.

Y eso era mucho más peligroso que cualquier «no».

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