CAPÍTULO 8

Cargándola en sus brazos, de regreso a su pequeña y podrida cabaña, Genevieve intentaba aguantar el llanto con su alma y corazón desgarrados, todo lo que había sufrido ella de niña, ahora su hija lo estaba padeciendo.

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Catorce años después, por fin, la situación de su hija estaba cambiando, puesto que el tío del rey enemigo del emperador, el archiduque Elwin, la había sacado de la oscuridad del palacio imperial; sin embargo, Fiona, celosa puesto que el anillo de su padre, el sello imperial, había escogido como nueva portadora a su hija, lograría secuestrarla y llevarla a una caverna de espejos,  donde intercambiarían cuerpos y así ser ella quien use el tan preciado tesoro.

Sin embargo, antes de permitir tan siquiera que Fiona lograse su cometido y que volviera a dañar a la única razón que le dio fuerzas para aguantar la oscuridad del emperador, daría su vida y si aquello significara llevarse el alma de aquella inmunda mujer al mismo infierno.

—¡Genevieve!—la voz de un hombre se hizo presente en aquella oscuridad—tú...

—Saca a mi hija—imploró con dolor.

—¡No puedo dejarte sola!—gritó el hombre.

—Por favor, Gladiolus—suplicó Genevieve—eres padre, ¿no darías tu vida a cambio de la de tu hija?

Con aquellas amargas palabras, su hija pudo abrir sus ojos, para darse cuenta de que Gladiolus había logrado entrar a aquella caverna y estaba corriendo hacia la salida con ella en sus brazos, mientras su madre se encontraba luchando con Fiona, a la par que miles de fragmentos de espejos estaban derrumbándose.

—¡Mami!—gritó su hija viéndola por última vez.

Genevieve, quien había luchado con Fiona después de que esta lograra derribar el muro de diamantes que había usado de protección, logró materializar una espada similar a la que la princesa también había materializado, con el fin de darle pelea; sin embargo, debido al temblor en la caverna, ambas dieron un paso en falso y terminaron clavándose al mismo tiempo las espadas en sus corazones.

—Quién hubiera dicho—dijo Genevieve—que mi maldición sería la salvación de mi hija.

Observando como la sangre de sus manos se filtraba al cuerpo de Fiona, a través de la espada, vio como la maldición que había obtenido en su cuerpo hacía de veneno para el organismo de la princesa, provocando que esta comenzara a petrificarse poco a poco.

—Maldita...—dijo Fiona casi petrificada—maldita sea la hora en que padre te trajo a palacio.

—Bendita—respondió—bendita sea la hora en que me diste esta maldición, princesa.

Sabiendo que la causa de su muerte había sido el hecho de que aquella maldición, producto de haber hecho que su maestro abusara de su hermana menor, era su sentencia de muerte, el corazón de Fiona se petrificó por completo antes de que un pedazo gigante de vidrio la aplastara.

Debido a aquel colapso, el cuerpo casi moribundo de Genevieve terminó por caer al subsuelo, donde poco a poco descendió en un agua oscura y fría. Su cuerpo, en sus últimos momentos, terminó por convertirse en su forma de sirena, mientras recordaba a su hija y lo feliz que era con Elwin.

"Abuelo"

Pensó mientras su cuerpo se cristalizaba y seguía cayendo en las profundidades, en sus últimos segundos de vida no pudo evitar recordar a su abuelo, el último rey de los tritones. Recordando inclusive lo feliz que había sido con sus hermanos, antes de que el emperador destruyera su reino.

"¿He sido una buena nieta?"

Sintiendo como todo lo malo y negativo, incluyendo la culpabilidad por no haber podido ayudar a los suyos, se iba de su cuerpo, dio su último suspiro antes de que todo se volviera por completo oscuro. Su alma por fin descansaría en paz, sabiendo de qué al menos su muerte trajo vida a su hija, quien ahora sería la última de las sirenas con vida.

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Su alma, herida, se encontraba caminando a través del río del más allá, rumbo al mundo de los muertos, donde pudiera iniciar su camino a una nueva vida; sin embargo, cuando estaba por cruzar finalmente al otro lado, un orbe plateado apareció frente a ella, encegueciendola unos segundos hasta que finalmente pudo observar el alma de su abuelo fallecido.

—¡Abuelo!—lo llamó con alegría.

Cuando se disponía a seguir caminando, el último rey de los tritones levantó su mano para detenerla, aun cuando en su rostro se mostrara el evidente deseo de volver a abrazar a su querida nieta y el dolor por haber visto desde el más allá todo el horror que tuvo que sufrir a manos del emperador que lo había asesinado a sangre fría.

—No...no sigas—le imploró—no puedo detenerte, por eso solo puedo rogártelo: da vuelta y vuelve al mundo de los vivos.

—Abuelito—respondió Genevieve al borde del llanto—¿No me quieres? ¿Estás molesto porque fui demasiado débil?

—Al contrario—le dijo derramando varias lágrimas—estoy orgulloso de la persona en la que te has convertido, eres quizá la mujer más fuerte que ha tenido nuestra familia; sin embargo, he tenido que arrodillarme frente al dios de la muerte para que te permita una segunda oportunidad. Por favor, vive la vida que ninguno de nosotros pudo vivir.

Desconsolada ante las palabras de su abuelo, sintió como la corriente del río se desviaba y ahora la obligaba a devolverse por el mismo camino que había emprendido, una vez su alma llegó a aquella gris dimensión entre los reinos de los vivos y los muertos.

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Marcela Lopez

Marcela Lopez

una nueva oportunidad

2024-04-15

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