CAPÍTULO 1

1 AÑO ANTES DE LOS EVENTOS DEL PRÓLOGO

Aquella tarde de primavera, mientras los pájaros cantaban a más no poder, la oscuridad de una fría y lúgubre oficina, era no solo un contraste negativo con la situación tan idílica que sucedía en el exterior, sino también era clara evidencia del corazón perturbado que se escondía en sus sombras.

Uno de los mayores reyes de la historia, enemigo del quizá emperador más sangriento del continente, se encontraba atravesando por uno de los momentos más depresivos y oscuros de toda su vida. Pese a que tenía el apoyo de uno de los hechiceros más fuertes, el rey Somnus debía librar una de sus batallas más crueles solo contra las consecuencias de sus malas decisiones.

—Su majestad Erin solicita su presencia antes de ir a la orca—le dijo su asistente—¿Qué le digo?

—Que la veré en el infierno—le respondió el rey—ahora vete.

Al ver el demacrado estado de su monarca, el asistente se marchó de la lúgubre oficina con la cabeza gacha, mientras Gladiolus observaba la escena al lado de una ventana. El hombre de inmediato recordó la depresión que pasó el primer año luego de la perdida de su esposa Yuna.

—¿Podré alguna vez...?—preguntó recordando a Genevieve—¿Superarlo?

—Si se refiere a la princesa Genevieve—respondió Gladiolus—no, su majestad. Pero el tiempo hace que se vuelva soportable el dolor.

—Yo, yo no quería que ella muriera—habló con pesadez—no quería que mi tío sufriera tampoco, si hubiera detenido a Erin antes...

—Lo que importa fue la decisión que usted tomó al final, el hecho de no haber caído en la traición fue lo que hizo la diferencia—quiso consolarlo un poco—es preferible cagar con el peso de la muerte que con el peso de la muerte y la traición juntas.

Ante las profundas palabras de Gladiolus, Somnus incrementó su llanto mientras asentía. No solo la culpabilidad lo estaba matando, sino también el sentimiento de dolor que había dejado la partida de Genevieve; sin embargo, prefería cargar con eso que haber cometido traición contra su único familiar con vida. Debía afrontar aquellos sentimientos como el castigo por haber sido tan ciego, esperando que la vida tuviera un poco de piedad y el tiempo hiciera más llevadera su carga.

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Un mes después de aquella conversación, en lo que parecía ser un preludio a la puerta del mismo infierno, puesto que en plena primavera el cielo se encontraba oscuro y llovía a más no poder, en la plaza de la capital real, una muchedumbre se encontraba reunida para observar lo que sería la muerte del siglo.

La que una vez había sido una de las dos esposas más queridas del rey Somnus, precursora de la medicina mágica, estaba siendo llevada directo a la horca por el crimen de traición, no solo al haberse aliado con la hija del emperador enemigo, sino también por casi asesinar al tío del rey.

—¿Unas últimas palabras, su majestad?—preguntó el verdugo.

Estando en lo alto de la tarima, observando al que una vez fue su esposo y quien proclamaba a todo dar su amor por ella, la demacrada mujer, quien estuvo por varios días encerrada en uno de los calabozos más profundos del castillo, sonrió con maldad ante Somnus.

—¿Recuerda, su majestad, cómo perdimos a nuestro hijo hace más de un año?—alzó la voz—¿Recuerda cómo exilió a la primera reina Angélica por causar mi aborto? ¡La verdad es que fui yo quien provocó mi aborto!

Aquella declaración malintencionada, con el único fin de hacerle más daño al rey, provocó un escándalo entre todos los ciudadanos. Somnus, con una ira indescriptible, ordenó su ejecución inmediata. Aquella tarde lúgubre de primavera, el alma de la segunda esposa del rey, la reina Erin, se estaba despegando de su cuerpo mientras sus piernas se retorcían en búsqueda de oxígeno.

Una vez el cuerpo de la reina fue declarado oficialmente muerto, Somnus se marchó de inmediato de la plaza, bajo la atenta mirada no solo de su pueblo, quiénes le tenían lástima, sino de una misteriosa mujer encapuchada que lo observaba desde lejos, escondida en una esquina.

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Horas más tarde, en la fría noche, producto de la incesante lluvia, un hombre se encontraba al borde de un balcón, mientras se tambaleaba producto de la borrachera, evidencia de ello también era la botella casi vacía de vino que tenía en sus manos. El hombre, viendo todo borroso, comenzó a llorar mientras se golpeaba el pecho.

—¡Lo siento!—exclamó entre lágrimas—¡Soy un maldito imbécil! ¡Genevieve, ojalá estuvieras conmigo!

Su corazón no solo debía soportar el peso de sus acciones, al ser en parte responsable de todo lo malo que había hecho la reina Erin, manipulando el amor que sentía por ella, sino también ahora debía cargar con el hecho de haber condenado a su primera esposa de manera injusta, por un crimen que no cometió.

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Grace Patricia Jacome Hidalgo

Grace Patricia Jacome Hidalgo

esa Erin un diablo

2024-04-27

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