Según la pantalla de mi celular, eran las dos de la mañana. La ciudad estaba muy tranquila a esta hora y Félix seguía viéndose muy guapo con su disfraz de Hércules.
—¿Como te sientes ahora?
—¡Me siento chido! La neta siento que todo me da vueltas y no sé si me voy a acordar de lo que hice esta noche.
Sonreí. Tome la cuchara y comí un poco de helado.
—¿Te sientes cansado?
—No. ¿Y tú?
—Tampoco estoy cansado.
Habíamos venido a un Oxxo que quedaba por nuestro camino de regreso a casa.
—¿Te emborrachaste?
—No, pero tú sí.
Me reí. El helado era de zarzamora.
—Te dije que lo haría. ¿Lo olvidaste?
Frente a nosotros no había nadie, la carretera estaba sola.
—¿De verdad lo amas tanto?
—¿A quien?
Todavía me sentía algo desorientado por el alcohol y el churro de mota.
—Al chavo que dices que fue tu novio.
—¿Estas hablando de Anuel?
—¿De verdad lo extrañas?
Comí más helado, el sabor comenzó a derretirse en mi boca.
—Yo... estoy bien loco. Es que, aún no puedo superarlo. O tal vez es que, él vive aquí y yo, aún no he podido controlar mis emociones cuando lo veo de frente. A lo mejor y solo estoy confundido. ¡Quien sabe!
Nos quedamos en silencio por algunos segundos.
—Creo que te entiendo.
Metí la cuchara en mi boca, era muy refrescante.
—¿Por que lo dices?
Le regale una mirada tierna.
—No es tan importante.
—¡Ora! No salgas con eso, yo ya te conté sobre mí. ¡Cuéntame!
—No creo que sea el mejor momento para...
—¡Tranquilo! Aún sigo pedo, te prometo que mañana no me voy a acordar de nada de esto. ¡También estoy un poco drogado!
Me empecé a reír como idiota. ¡Bien estupido que me sentía!
Encendió la pantalla de su celular, abrió una aplicación y deslizó su dedo por la pantalla. Comí más helado para congelar mi cerebro. Empezó a sonar una canción.
—Sigues siendo lindo aunque estas un poco mareado.
—¡Estamos bien locos! ¿No? Tú y yo, con un montón de locura y alcohol. ¡Cuéntame lo que sientes!
No apartó sus ojos de mi, el rap comenzó a transportarme y era como si pudiera sentirme en esa época. ¡Estaba de vuelta en la secundaria!
—¡Tú me gustas!
...Que lindo fuera correr con mascotas en pradera, una fogata o una cena y una casita de madera......
—¿Te gusto?
—Desde la secundaria.
Sonreí, me pareció interesante su respuesta.
—¿Y por qué me tratabas mal? —No me dio miedo preguntarle.
Meneaba mi cabeza al ritmo de la canción.
—Porqué tú me hacías sentir confundido. ¡Me hiciste creer que mi amor era enfermedad!
¿Yo le hice sentir que su amor era enfermedad?
—¡Que intenso! No tenía idea de que yo podría haber causado algo así en ti.
Asiente ligeramente.
—Ahora lo he comprendido. No fue culpa tuya, fue de ambos.
Me pareció que sus palabras eran el resultado de estar bebiendo alcohol en la fiesta.
—¿Neta?
—Sí.
—¡Ay! También estás loco. ¿Te emborrachaste?
Negó con una sonrisa.
—¿Recuerdas esta canción?
—Un poco, olvide la letra. Nunca me la aprendí.
Sonríe.
—Tú estabas caminando por la biblioteca y cuando empezó a sonar desde mi computadora, te acercaste a mí sin miedo. ¿Te acuerdas?
—En realidad no mucho, todo me da vueltas justo ahora.
Sonrió, parecía estar despreocupado.
—Bueno, te haré recordar entonces. Ese día me preguntaste el nombre de la canción. Dijiste que no te gustaba el rap, pero que está canción era diferente porque te hacía sentir bien.
—¿No me gusta el rap?
—No. Solo te gusta esta canción.
—¿Y como se llama?
—Señorita, de Arsenal de Rimas.
Asentí.
—Bueno, cuando me preguntaste esa vez sobre esta canción dijiste que era diferente, que la neta, el rap se te hacía de mal gusto, pero, también dijiste que podrías hacer una excepción.
—Si suena bien esa canción.
—Bueno, pues fue ahí que me di cuenta de que me pasaba algo parecido. A mí no me gustan las chicos, pero tú parecías ser distinto y aunque me sentí muy confundido al principio, ahora que te volví a encontrar, creo que puedo hacer una excepción por ti. ¿Como ves?
¡Me empezó a dar sueño!
—Creo que estás diciendo cosas chistosas. Si te gusta alguien debes decirlo y no solo eso.
—¿Debo hacer algo más?
—Claro. Tienes que dejar de ser un bravucón.
Se ríe un poco.
—Hace muchos años que ya no soy un bravucón.
—Como tú digas. Intentaré confiar en ti.
—¿No me crees cuando te digo que me gustas?
Me rio.
—Sí te creo. Pero, ¿por qué nunca me dijiste lo que sentías por mí?
Sonríe.
—Es que aún no estaba seguro de lo que sentía por ti.
—¿Y ahora si estás seguro de lo que sientes por mí?
—¡Por supuesto!
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