EVITAR LA REALIDAD

...Unos días después del encuentro......

—¿Y qué harán esta tarde? —Preguntó Maricruz.

—La verdad tengo mucha tarea. Supongo que moriré intentando terminar un proyecto que nos pidió mi maestra de historia —se quejó Bruno.

Yo no quise responder. Como que no tenía ganas de hablar mucho y mi mente estaba un poco desorientada.

—Tengo que irme. ¡Me toca taller! —Dije cortante.

—¿Y no me vas a esperar? —Reclamó Maricruz.

—Lo qué pasa es que pienso pasar al sanitario antes de ir. ¿Quieres acompañarme al baño?

Bruno se empezó a reír.

—¡Corre! Ya vete, nos vemos en el salón.

Asentí.

¿Que estaba pasando conmigo? Sí que me sentía muy desorientado, con ganas de irme y neta, me sentía algo avergonzado.

Entré al sanitario sin dudar y me metí en el primer cubículo que vi desocupado. ¡Ni siquiera tenía ganas de orinar! Solo, necesitaba estar a solas. No me sentía con el valor necesario de poder ir al taller, tenía miedo. ¡Su esposa era mi maestra! ¿Y que debía decirle al mirarle a los ojos? ¿Contarle lo que hice? ¿Confesar que besé a su esposo? ¡Que carajos! Mi corazón me estaba reprochando todos esos sentimientos hacía Anuel y mi mente, la condenada no tenía empatía por mi desamor. ¡Ojalá todo fuese más fácil!

El timbre sonó, las clases habían comenzado una vez más y mis ganas de seguir aquí eran un asco. ¡Debía hacer algo!

—¡Maldición! —Exclamé en voz alta y salí del cubículo.

Sus ojos se clavaron con los míos, parecía estar sacado de onda y la llave del agua estaba abierta.

—¿Todo bien contigo? —No dudó en preguntarme.

—Sí.

Caminé hasta el lavabo, me detuve a su lado y quise concentrarme en lavar mis manos.

—¿Por qué presiento que algo no anda bien contigo?

Félix estaba siendo un poco fijado en mí. ¿Que pasaba con todo el mundo?

—Estás loco. Ni que tuvieras poderes para saber lo que me pasa.

Curvó sus labios en una sonrisa.

—No necesito tener poderes para descifrarte, se leer tu mirada y tu cara luce muy desanimada.

Cerré la llave del agua, alcé la mirada y vi mi reflejo. ¿Leer mi mirada? ¿Que mensaje transmitían mis pupilas? ¡Carajo!

—La neta es que me dan ganas de irme. No quiero tomar mi clase y sí, me pasa algo —dije de forma directa.

Giré levemente a mirarle y se veía muy despreocupado.

—¿Quieres que nos vayamos de pinta?

—¿Ahora?

Asintió con una gran sonrisa.

—¡Sí! ¿Quieres?

—Nunca me he ido de pinta.

—Pues esta puede ser tu primera vez. Además, me acabas de decir que no quieres estar aquí.

Félix tenía una mirada muy agradable, sus ojos grandes, unas pestañas quebradas y esa estupida sonrisa de bravucón. ¡Canijo! ¿Por que tuvimos que encontrarnos ahora?

—¿Y a donde iríamos?

Hizo un gesto pensativo, yo lo observaba como buen idiota que soy.

—No te preocupes por eso. ¡Vámonos de pinta!

—Pero...

Su mano me sujeto de la muñeca derecha y me jaló a toda velocidad. ¡Inesperado! La adrenalina comenzó a surgir en mí de una forma muy placentera, la euforia nos permitió escurrimos hasta afuera de la escuela.

—¿Estas listo? —Me preguntó al darme el casco de seguridad.

—Sí.

Me puse el casco, encendió la motocicleta, le abracé sin miedo alguno y empezamos a avanzar. ¡El guardia de seguridad no tuvo tiempo de reportarnos!

A esta hora la ciudad estaba tranquila, nada de tráfico por las avenidas y los semáforos en verde. ¡Arrásamos con todo!  Mis manos se acostumbraron a cubrir su estómago, mi pecho se aferró a su espalda y mi locura estaba a toda potencia como el motor de la motocicleta. ¡Me iba de pinta!

¿Y a qué lugar iríamos? Félix se desvió en dirección al periférico y la velocidad aumentó. ¡Yo no tenía ni idea de a donde me llevaría! Pero luego de unos minutos, lo supe.

—¿Que quieres hacer? —me preguntó, recién bajamos de la moto.

—¡No sé! La neta no pensé que me fueras a traer al centro comercial.

Se me quedó mirando de forma muy curiosa.

—¡Espera aquí! No tardo.

—¿A donde vas?

Pero ni siquiera me alcanzó a escuchar. Me quedé de pie, mirando como los autos rodeaban la rotonda principal, un globo aerostático estaba allí y parecía que la gente podía subir. ¿Se vería toda la ciudad desde allí arriba? ¿Cual sería el límite? ¿Podría subirme para tirar toda la inquietud que mi primer amor estaba causando en mí? ¡Quién sabe!

Sentí su mano entrelazarse a la mía, giré a mirarle y me estaba sonriendo ampliamente.

—¡Ven conmigo!

—¿A donde?

—Confía en mí.

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