ME PRETENDEN

—¿Donde te duele? —Intenté averiguar el lugar exacto donde su piel ardía.

—Mi espalda. ¡Se siente como fuego!

Un balón de cuero sintético lanzado a toda fuerza causaba un dolor terrible en su piel. ¡Esto había sido ocasionado!

—Déjame sobarte.

Mi mano se deslizó por la tela de su playera.

—¿Quieres que le diga a...?

—¿Me acompañarías a mi casillero? Tengo una pomada para cuando pasan estas cosas.

¿Una pomada mágica para los golpes? ¡Seguro era mariguanol!

—Está bien.

Y no me dio miedo perder mi clase de historia. ¡En realidad se me olvidó por completo que tenía que ir al aula!

—¿Puedes buscar en mi mochila? Está en mi casillero.

—¿Cual es tu casillero?

Su dedo índice señaló al número uno, abrí el casillero y saqué su mochila.

—¿Sería mucha molestia si te pido que me pongas un poco de pomada en mi espalda? —Sus ojos parecían estar ocultando la emoción que esto le provocaba.

¿Cómo debe sentirse alguien cuando su crush está enfrente con la enorme posibilidad de acariciarle la espalda?

—Claro. No hay problema.

Tomé el frasco de plástico, lo abrí y el aroma era una mezcla entre el mentol y muchos menjurjes. Metí mis dedos en la crema de color verde, Adrián se había quitado la playera y en su espalda estaba un circulo de color rojo. ¡Ahí había sido el impacto!

—Espero que no te duela —dije y puse mis dedos sobre su piel.

Era suave, de un color tostado como la canela y había varios lunares por toda su espalda. Trace movimientos circulares con mis dedos hasta desvanecer la crema.

—¡Gracias por ayudarme! —Dijo como agradecimiento.

—Para servirte. Si te dejaron marcado.

Cerré el frasco de pomada, se lo di y de pronto me sentí extraño al estar en este lugar.

—¿Que harás después de la escuela? —Se puso de pie, era alto y tenía el pecho desnudo.

—Tengo que ir a casa. ¿Y tú?

—Quería invitarte a tomar algo. Como agradecimiento por ayudarme.

—¡Ah! No te preocupes, no fue nada.

—¿Te gusta el helado?

¿De verdad estaba interesado en mí de eso forma tan cursi y romántica?

—Sí. Pero prefiero la nieve de mango. ¿Y tú?

—El helado sabor beso de ángel.

Me quedé como idiota, mirando su sonrisa y me olvide de sus verdaderas intenciones hacia mí.

—Yo...

Los demás jugadores empezaron a llegar, supongo que su entrenamiento había terminado.

—Me tengo que ir. ¡Nos vemos! —Me despedí.

Fui cortante, los demás chicos se me quedaron mirando y yo quería salir de aquí. Por alguna extraña razón, todo esto me hizo recordar las veces que trabajábamos en el campamento. ¡Extrañaba el verano del año pasado! Estaba por llegar a la puerta.

—Entonces, ¿si quieres ir conmigo después de clases? —Adrian habló en voz alta y fue como si en cámara lenta, los demás compañeros fijaran su atención en mi respuesta.

Ya lo había rechazado una vez. ¿Debía rechazarlo de nuevo? ¿Por qué tendría que rechazarlo? Después de todo, no es su culpa que quiera algo conmigo, aunque siendo sinceros, yo tampoco tengo la culpa de que él se haya fijado en mí. ¡Canijo enamoramiento! Que nos hace jugar, nos da inestabilidad y hasta se nos enchina la piel cuando las sensaciones respiran como idiotas a causa de que nos guste alguien.

—Está bien, si... —ni siquiera pude terminar de hablar.

—Mi novio ya tiene planes —interrumpió Félix desde la puerta.

Este chamaco me lanzo una mirada llena de picardía, su pecho también estaba desnudó y nunca imaginé ver más allá de su cuerpo. ¡Chocolate blanco con negro! ¡Se me hizo agua la saliva!

—¡Eso no...!

—No me digas que olvidaste que hoy iríamos al cine —Félix se acercó a mí, pasó su brazo por mi cuello y su tacto, ese calor tan jodidamente ardiente me hizo derretirme en nervios.

Era como si su piel pudiera desarmarme de una forma intensa e inexplicable. ¡Me gustaba esa sensación tan única!

—¿Irás al cine con él? —Adrian esperaba una respuesta.

¡Una vez más me encontraba entre la espada y la pared! ¡Mátenme de una vez con esa maldita espada del amor!

—¿Que hace usted aquí? ¿No tiene clase? —El entrenador interrumpió la conversación y se dirigió a mí.

—Sí, bueno, lo qué pasa es que...

—¿Te piensas unir al equipo?

—No.

—Entonces vuelva a clase muchacho.

—Me ayudó a aliviar un golpe —Adrian quiso intervenir.

No me importó mucho que el entrenador me hubiese mandado por un tubo. Salí de los vestidores, tenía la intención de mentirle a mi profesor y en mi mente todos mis pensamientos se estaban armando para poder inventar una excusa creíble.

Subí por las escaleras hasta el segundo piso, mi salón estaba en el cuarto piso y de pronto no pude caminar más. ¡Me quedé congelado al verlo aquí! De pie y mirando con atención como se acercaba por el pasillo hasta mí. ¿De verdad era él? ¿Estaba aquí? ¿Por que parecía que me estaba persiguiendo? Mis latidos se convirtieron en explosivos a causa de la pólvora que él había dejado muy adentro de mí. ¡Esas semillas del verano!

Faltaban unos metros para que él estuviera frente a mí. Sus ojos no soltaron a mis ojos y era como si nuestras miradas fueran una sola.

—¡Hola! —Un viento me hizo despertar del shock.

—¡Hola!

—No sabía que estudiabas aquí, es decir, no pensé que podría encontrarte aquí. ¡Que sorpresa!

¡Una sorpresa muy grande!

—Pues no creas que eres el único sorprendido. ¡Yo tampoco puedo creer que estés aquí! ¿Tú...?

Ni siquiera quise terminar la pregunta, quería que él descifrara la intención de mis palabras.

—¿Por que estoy aquí?

—Sí. Bueno, es que tú vives en el norte y en realidad creí que solo andabas de vacaciones por el sur. Y ahora resulta que estás en mi ciudad. ¡No lo esperaba! Yo, neta, no sé que está pasando.

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