— Al lado de la casa donde vivíamos había un apartamento en el que vivía una muchacha que es de un pueblo cercano al de mi mamá y se llama Victoria.
— Victoria era una mujer bonita de treinta y cinco años que vivía aquí en Santa Marta sola.
— Tenía tres hijos pequeños que su mamá cuidaba en el pueblo, ya que ella trabajaba como señora del servicio en casas de familia.
— Victoria se ganó el corazón de mi mamá y, por eso, también el nuestro en la casa. Era como una hija más.
— Todas las tardes, al regresar de su empleo, le traía a mi mamá algo como galletas o dulces.
— Famosa amiga de mi mamá.
— El marido de la amiga de mi mamá era vicioso y trabajaba de cotero en el muelle.
— Ustedes preguntarán qué es cotero; son los hombres que ayudan a descargar los camiones que llegaban con cajas de guineo.
— Este hombre le hizo un hueco a la pared para ver a Victoria desnuda.
— La amiga de mi mamá la cegaron los celos y le reclamó.
— Aja, Poncho, ¿qué haces ahí? ¿Qué estás viendo? — Respondió: Nada, mujer, a ti qué te importa. — Le dijo ella: Eres un imbécil, estúpido, degenerado.
— El hombre le dice: cállate, estúpida — y le pega un puñetazo en la cara.
— Nosotros escuchamos la discusión pero no prestamos atención, estábamos sentados en el comedor.
— Le dice él: esa sí es una mujer, no como tú, estúpida.
— María Ancelma le dice: la mujer tuya soy yo, así que o se va ella o me voy yo, seguro ella te da largos, la perra esa.
— Salió entonces a la puerta del apartamento y gritaba: Victoria, ven acá.
— Victoria salió acompañada de mi mamá y María.
— Necesito que te mudes, necesito que me desocupes el apartamento.
— Victoria le respondió: ¿cómo así? Si yo tengo mi mes pagado, tú debes esperar que se me acabe el mes y por ley, me debes dar tiempo para buscar.
— Le dijo María Ancelma: yo no te voy a dar nada, tú te mudas hoy, no sé, pero si no te mudas, te hago daño, tú verás.
— Le dice mi mamá: María Ancelma, ven acá. ¿Pero ella qué te ha hecho para que tú la quieras sacar así, porque sí?
— Le respondió a mi mamá: tú no te metas, mejor, María, que tú no sabes qué tipo de mujer es esta. Es una perra que le brinca a mi marido.
— Una perra, y te mudas hoy.
— Victoria le responde: yo que le voy a brincar a tu marido, ni que nada. Estás loca. — y le suelta la risa.
— Esto la enfureció aún más y también la tomó contra mi mamá.
— Tú eres igual a esta mujer, por eso la aceptas en tu casa con tus hijas que también son unas perras brinconas.
— Mi mamá le responde: yo no soy igual a ti y mis hijas menos, no se te olvide quién eres, que yo sí te conozco como mis manos. ¿O se te olvida quién te abrió las puertas de mi casa cuando tu marido te andaba buscando para matarte porque le pegaste cacho con zapaticos? Ahora no sé por qué yo no veo a Victoria que le brinca a tu Poncho.
— Eso son mentiras, decía María Ancelma.
— Los vecinos y la gente que pasaba se iban aglomerando para escuchar.
— Victoria entró a la casa y se puso a llorar.
— Mi mamá le dijo: aja, ¿y tú por qué te vas a poner a llorar? No, señora, vamos a traer las cosas para acá.
— María Juanita, vayan a ayudar a Victoria a traer las cosas para acá.
— Entramos al apartamento y comenzamos a trastear. Su cama y sus cosas personales las trajo para mi habitación.
— Me dijo Victoria: Juanita, vamos a montar mi colchón en tu cama y dormimos ahí, o yo duermo en el piso en la colchoneta.
— Le respondí: ¿tú eres boba o te las tiras? Duermes conmigo, boba. Nos reímos.
— Esta casa tenía un bañito pequeño que no utilizábamos, así que nos bañábamos en el patiecito. Había un lavadero y una alberca, no paraba de llegar el agua.
— A la mañana siguiente, Victoria se levantó temprano y se fue a trabajar. Cuando me desperté, noté que ya no estaba.
— Todos los días, María Ancelma se metía con Victoria, así que ella decide irse unos días para el pueblo hasta que baje la marea, y dejó sus pertenencias en la casa.
— Hoy toca pagar el arriendo y gracias a Dios, María pudo tenerlo.
— Poncho llega y llama a mi mamá.
— Buenos días, María, ¿me tienes el arriendo?
— Responde mi mamá: sí, claro, aquí está. Me das el papelito de la factura para que estemos a paz y salvo.
— Dice él: ¿cómo así? No, no estamos a paz y salvo. Ustedes deben un mes.
— Le dice mi mamá: ¿cómo así? ¿Cuál mes?
— Contesta él: sí, ¿te acuerdas que cuando te mudaste aquí nos pediste el favor de que te dejáramos pasar y después nos pagarías el mes?
— Le dijo mi mamá: no, señor, pero nosotros trajimos el dinero y después, dos días después, nos mandamos.
— María Ancelma no daba la cara, estaba escondida.
— Le dice mi mamá: yo se lo entregué a María Ancelma y ella me dijo que después me daba el papelito, que si yo desconfiaba de ella.
— Ella a mí no me ha dado nada ni me ha dicho nada — responde aquel hombre bravo, y comienza a gritar: María Ancelma, ven acá, sal para arreglar.
— Salió María Ancelma. "Dime, amor, ¿qué pasó?"
— Le dijo: María dice que ella te entregó el primer mes a ti, y tú no le dist
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