— ¿Quién era este hombre que compró las dos casas de enfrente? Resulta que era un patio viejo del papá de Andrés, quien mandó a hacer dos casas super hermosas con un forastero que llegó una mañana temprano el año pasado. Era un joven hombre, como de unos treinta y cinco años, moreno y de buena estatura, que traía dos bolsos de viaje, jean, camisa a cuadros azules con blanco y botas marrones. Aquella mañana, mientras yo barria la puerta de la calle con mi mamá y la mamá de Andrés también barría su puerta, llegó aquel forastero. Preguntó "buenos días, ¿cómo están? Por casualidad, ¿usted no sabe por aquí dónde arriendan piezas? Mi nombre es Alberto González, soy arquitecto de profesión, vengo de Barranquilla". La mamá de Andrés y la mía se miraron, y mi mamá le dijo: "Sí, mira, creo que ahí, después de una o dos casas, la casa que sigue ahí vive una señora que se llama Antonia, y ella tiene piezas que arrienda. Ve a ver si consigues". Él respondió: "Muchas gracias", me miró y me dijo: "Nunca había visto una mujer tan bonita. ¿Cómo te llamas?". Me sorprendí y le respondí: "Juanita". Él dijo: "Juanita, hermoso nombre". Se despidió y se fue hacia la casa de la señora Antonia.
— Mientras Alberto González se instalaba allí, la mamá de Andrés le comentó a su marido que había llegado un arquitecto y que hicieran las casas.
— El hombre compró las dos casas. Estaba durmiendo cuando entró mi mamá con un gran arreglo de rosas rojas y chocolates. "Juanita, ¡levántate, niña! Mira lo que te mandaron". Escuchaba la voz lejos, me desperté y pregunté qué pasaba. "Mira, te mandó Paco". Me senté en la cama, entre dormida. "¿Qué es?", pregunté. "Mira, te lo mandó Paco". Me levanté y me asomé por la ventana de la habitación. Efectivamente, aquel hombre estaba en el segundo piso, sentado en una silla hermosa de mimbre. Cuando me vio abrir las persianas, me miró y con un movimiento con la cabeza me saludó. Cerré la ventana con un poco de vergüenza, preguntándome qué pensaría de mí.
— Me levanté, me bañé y me arreglé para salir a darle las gracias por su regalo. Me asomé a la puerta y Paco cruzó la calle. "Buenos días, Juanita", dijo. "Buenos días, Paco. Gracias por las flores y los chocolates. Eres muy amable", le respondí. "No fue nada", expresó y siguió hablando. "Mira, ahora somos vecinos. Qué curiosa es la vida". "Sí, compré esas casas", le respondí. En el fondo, le tenía un poco de miedo, pues quién sabe de dónde venía, quién era este hombre. ¿Sería bueno o se estaría escondiendo de alguien? Lo único cierto era que tenía mucho dinero, hasta creía que era el diablo.
— Mi hermana María era una chica libertina. Mi mamá nunca le puso mano dura, ella hacía lo que quería. Tenía mil novios, fumaba, salía a bailar, tomaba. Era amiga de todo el mundo. No perdió un instante para coquetear con Paco, pero él casi no le prestaba atención. Mi gran amor, Andrés, aunque no decía nada, sus expresiones lo delataban. Él vivía pendiente y celoso, aunque casi no hablábamos.
— "Mañana voy a Cartagena y vuelvo el lunes", le dijo María a mi mamá. "¿Y con quién vas?", preguntó mi mamá. "Paco me invitó", dijo, sonriendo y mirándome.
— Sentí un golpe en el estómago, pero a la vez un alivio, pues así me dejaría de molestar y todo volvería a su lugar.
— En la casa de mis padres parecía un hotel para la familia y amigos. Todos se bajan allí: mis primas, primos, amigos. Yo tenía una prima que mi mamá crió hasta que ella se casó y por casualidad se casó con un primo de mi papá. Ella tenía una bebé hermosa, contemporánea con mi hermana menor, y estaba embarazada. Su nombre era Cristina.
— María se fue de paseo con Paco a Cartagena y regresaron el día lunes. Cuando llegaron, Paco me dijo: "Buenos días, señorita hermosa". Yo le tendí la vista y le respondí: "Buenos días, señor". María se bajó del carro y entró a la casa riendo, mientras decía: "Duro, chao chao gracias". Él la miró, sonrió y me miró de nuevo. Yo bajé la vista y me retiré.
— Andrés llegó y dijo: "Buenos días, Juanita y María". Me preguntó, le respondí y entró. Se sentaron en el patio a contar cómo les había ido.
— Cristina tuvo su nueva bebé. Era morenita, de cabellos ondulados, muy delgadita.
— Al ver que yo casi no salía a la puerta, Paco fue cambiando. O no sé si María le diría algo de mí. La verdad es que no tenía qué decir; nunca había tenido un novio, jamás me habían besado en la boca porque Andrés me besó en la mejilla. Ella decía que yo era amargada porque no me gustaba bailar ni tener tantos amigos, bueno, no como los de ella. Y entre los novios que tenía, tenía un señor de setenta años, extranjero, que se desvivía por ella, el cual le mandaba dinero a mi amiga Juana y a mí. Mandaba a la señora de las prendas a la casa para que todos eligiéramos lo que quisiéramos y le daba lo que ella quisiera.
20 de octubre
— Este día estábamos sentados en la puerta cuando llegó Paco. Traía en su carro a una chica de cabellos largos negros, como de unos veintidós años. Duró
todo el fin de semana con ella en su casa y el lunes se fue. Jamás volvimos a saber del hombre misterioso. Todavía tengo dudas.
— Cristina se vino a vivir con nosotros porque Joaquín, su marido, le pegó porque ella fue a buscarlo a un villar donde él estaba. "Cristina, ¿por qué hiciste eso?", le preguntó mi mamá. "Mira cuántos años tengo de vivir con Antonio y jamás he sacado los pies de mi casa para ir a buscarlo. Por eso mismo uno no sabe qué reacción van a tener ellos", le dijo. "Sí, tía, es verdad, pero hasta la vieja Carmen me pegó y me partió las cosas. Me quemó la cama, mal hecho de ella", dijo Cristina. "Viendo que tú estás recién parida, muy mal hecho, y de él más".
— Carmen era prima de papi. Ella era muy especial conmigo. En un diciembre que mis papás se separaron, papi me fue a buscar a Santa Marta y me llevó para Fundación, donde me dejó con Carmen y sus hijos. La pasé súper, aunque sí extrañé pasar sin mi familia cerca. Carmen tenía muchos hijos y nietos, y criaba gallinas, patos, pavos y hasta puercos en el patio de su casa. Yo era feliz en ese patio. El olor era súper delicioso. Los domingos me levantaba temprano para ir con Carmen al mercado y comprar la comida de los animales, y hasta compraba más. En una salida de esas, compré un par de conejos y después me invitó a comer helado. Era lo que más me gustaba.
— Llegó Duarte, un novio de María. Él pertenecía a la policía y llegó en la patrulla. Mi mamá aprovechó y le contó lo que estaba pasando. "Duarte, ¿será que tú me haces el favor de acompañar a Cristina y a Juanita a buscar las cosas al taller Mendoza?", le pidió mi mamá. "Claro, señora. Vamos, pues", respondió Duarte.
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Comments
Layla
¡Me tienes enganchada!
2024-03-10
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