— Mi mamá continúa diciendo: "Sí, mire, aquí me mandó Aurora. Me dijo que le entregara este papel."
— Aquel hombre que no dejaba de mirarme con una mirada iluminada,
— Pregunta: "Y a ella le gusta eso de enfermera, ¿allá va a ver enfermos, sangre, vómito?"
— Mi mamá se sonríe.
— Responde: "Sí, señor, a ella le gusta eso."
— Dice el hombre: "Siéntense, ¿cómo se llama usted y cómo se llama ella?"
— Responde mi mamá: "Yo me llamo María y soy la mamá de ella. Ella es Juana."
— "Juana", susurra aquel hombre, y continúa.
— "Bueno, se trata de que el muchacho que acaba de salir va para el consejo de la ciudad y yo soy el jefe de campaña de él.
— "Entonces nosotros estamos ayudando a la gente a estudiar. Los que necesitan otras cosas como ladrillos, cemento o compritas, también se les ayuda, pero con el convenio de que esas personas nos ayuden con sus votos y los de sus familias y amigos.
— "¿De dónde son ustedes y tienen cédula de aquí?"
— Respondió mi mamá: "Vivíamos en Fundación, pero sí, tenemos cédulas. Además, yo le puedo conseguir veinte votos con amigos y familiares míos."
— Pregunta él: "Y Juana también tiene cédula de aquí?"
— Responde mi mamá: "No, ella es menor de edad todavía."
— Dice él: "Bueno, eso no importa si usted se compromete a ponerme los veinte votos que dice."
— Responde mi mamá: "Claro, yo me los consigo."
— Dice aquel hombre: "Bueno, déjeme su dirección y nombre completo y nosotros la visitamos para hacer una reunión allá con ustedes. Dígame cuándo podemos."
— Respondió mi mamá: "Bueno, nosotros vivimos en casa de una hermana y eso es por la cancha del Pando, al frente. No tiene pérdida."
— Aquel hombre no se cansaba de mirarme y escribió todos los datos.
— Dijo entonces: "Quedamos así, doña María," extendió su mano hacia nosotras.
— Mi mamá respondió: "Bueno, sí, señor, quedamos así," y le dio su mano.
Luego me dijo: "Juana, un placer, bienvenida al grupo."
Yo le dije: "Gracias," y le di mi mano, la cual aquel hombre acarició delicadamente.
— Salimos de aquella oficina mientras mi mamá iba diciéndome: "Gracias a Dios pudimos hablar con el señor Porfilio Peña, y gracias a Dios te dio el cupo. Ahora tienes que estudiar para el examen de admisión."
— El examen de admisión para entrar a la escuela de enfermería sería en dos semanas y no tenía ni idea por dónde comenzar.
— Dos días antes del examen, ya han pasado los días, me encuentro acostada en la cama junto adónde mi tía tiene la cocina dentro de las dos habitaciones.
— La hija menor de mi tía Inés se encontraba lavando los platos y de pronto, siento un gran dolor en mi frente que me deja sin fuerzas.
— Yo grito: "¡Ay!"
— Mi mamá entra inmediatamente: "¿Qué te pasó, Juanita? ¿Qué te pasó?"
— Yo lloraba y me agarraba la frente, mientras Inés solo me miraba pálida.
— Le dije: "Ella me dejó caer un plato en la cabeza."
— Le dijo mi mamá: "Ay, Inés, ¿cómo hiciste eso tú?"
— Contestó Inés: "Ay, no, tía, yo no quise hacerlo al dredo, yo iba a poner el plato y se me cayó."
— Dijo mi mamá: "Y cuál fue el plato."
— Ella se lo mostró: "Este, tía."
— "¡Imagínate y una taza onda, nombre, Inés, eso no se hace!"
— La tía Luz mi le dijo a mi mamá: "Muestra para ver. Toma, échale Vick con sal."
— Para mí, Inés y su mamá estaban de acuerdo porque en su rostro se veía.
— Llegó el día del examen, ya estaba en la escuela haciendo el examen. Hubieron varias preguntas que no supe contestar.
— Entregué el examen y me fui. Ahora tengo que esperar los resultados.
— Pasados los días, hoy estamos en la casa y mi prima Cristina se había venido y también vivía en las dos piezas. Parecíamos sardinas en lata, la verdad.
— Mi prima Cristina estaba embarazada y ya con este bebé sería el cuarto niño.
— Eran como las diez de la mañana cuando Cristina me dice: "Yo no quiero tener este bebé. Mi mamá y mi tía no saben, ojo, no vayas a decir nada de esto a ellas, Juanita."
— Respondí: "No, yo no digo nada. Pero ¿por qué no lo quieres?"
— Me dijo: "Porque ya tengo muchos y no quiero más hijos."
— No respondí nada, cuando vi que Cristina se montó en una mesa que era de mi mamá y no teníamos adónde colocarla y la habíamos dejado afuera.
— Se montó en la mesa y se tiró sentada para poder perder el bebé. Pero las cosas de Dios son de Dios, pensé, y me sonreí al ver a Cristina con su locura.
— Dos meses después, ya estamos en la escuela de enfermería. Dios.
— Hoy dimos las primeras clases y nos conocimos. Aquí hay compañeros de muchos pueblos.
— Por ejemplo, hoy conocí a una muchacha de 25 años que viene de un pueblo cerca al de mi mamá y vivimos cerca. Me dijo que si nos podíamos ir juntos, pero yo no tengo pasajes, así que le dije que tenía que hacer una vuelta.
— Para las elecciones nuestro candidato ganó y el señor Porfilio me mandó a llamar.
— Toqué la puerta de su oficina, me dijeron: "Sí, siga adelante."
— Abrí la puerta y entré.
— Dije: "Buenas tardes, señor Porfilio, ¿cómo está?" Extendiendo mi mano derecha para saludar.
— El señor Porfilio se levanta de
su silla y extiende su mano.
— Responde: "Buenos días, Juanita. ¿Cómo te fue hoy? ¿Fuiste a clases? Ven, siéntate aquí."
— Me siento mientras le respondo: "Bien, gracias a Dios. Sí, señor, fui a clases. ¿Cómo está usted?"
— Me mira y sonríe y me dice: "Bien, pero no me trates tan serio que yo no soy tan viejo tampoco. Te mandé a venir para decirte que pases todas las tardes después que salgas de la escuela y llegues aquí."
— "Para darte los pasajes y para las copias si necesitas."
— Le contesté: "Ah, bueno, sí, señor. Gracias."
— Al cabo de un rato saca su cartera y me dice: "Mira, Juanita, toma para que tengas para los pasajes y las copias que te manden."
— Respondí: "Gracias," me despedí dándole la mano, pero al tomarme de la mano, el señor Porfilio me jala hacia él y me da un beso en mi mejilla. Sentí que los colores de mi rostro se corrieron y salí de prisa de allí.
— Como ya habían ganado las elecciones, cambiaron de oficina y se mudaron a un edificio viejo de la ciudad. La oficina quedaba en el quinto piso, me tocaba subir por escalera o ascensor, pero la verdad siempre sentía miedo ir.
— Pues ese edificio era muy viejo y oscuro.
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