15

— Bueno, doña, vamos a darle una oportunidad, pero se tiene que poner las pilas.

— Todas asintieron con la cabeza.

— Mi mamá dijo: "Bueno, gracias, señor. Claro, ella tiene que ponerse las pilas".

— Nos despedimos y salimos de la oficina. Estaban mis compañeros mirándome.

— María y Marina me preguntaron: "¿Ajá, Juanita, qué te dijeron? ¿Te solucionaron?"

— Les contesté: "Sí, señora".

— Ellas me abrazaron y nos reímos.

— Nos despedimos, pero antes quedé en acuerdo con María para ir a su casa el domingo y recibir las clases que me había perdido.

— En las semanas siguientes, todo fue normal. La jefe Mercy ha cambiado mucho conmigo, gracias a Dios. Ahora me pregunta si entendí la clase y, cuando le traen su gaseosa, me la da. Me siento mal también por eso.

— Después de la clase, la jefe Mercy me dice: "Juanita, espérame. No te vayas".

— Me dio un susto horrible.

— Se acabó la clase.

— Mariana me dijo: "Juanita, te espero afuera, nena".

— Respondí: "Bueno, mami".

— Me quedé sentada esperando, y Mariana salió para esperarme en la entrada de la escuela.

— La jefe se puso a buscar en su bolso, sacó un monedero y se acercó a mí, sacando dinero y mirándome.

— Me dijo: "Juanita, mija, mira para que tengas para los pasajes. No es mucho, pero en algo te ayuda, mija".

— Le contesté: "No, jefe, no se ponga en eso".

— Ella me tomó la mano y me puso el dinero, apretando mi mano.

— Sentí una vergüenza tan grande.

— Ella volvió a decirme: "Ajá, Juanita, cójalo. Yo se lo estoy dando".

— Lo recibí y dije: "Gracias, jefe. Qué pena con usted".

— Me dijo: "Qué pena ni qué nada. ¿Usted que es, boba o qué?" Sonrió mirándome.

— Diciéndome: "Vamos".

— Salimos juntas hasta la puerta, donde la esperaba su esposo en una moto, y a mí me esperaba Mariana.

— "Hasta mañana", le dijimos al celador.

— "Hasta mañana, mija".

— Mariana me preguntó: "Ajá, Juanita, ¿qué te dijo la jefe Mercy?"

— Respondí: "Me dijo que la esperara para darme esto. Yo no quería recibírselo, y me dijo que si yo era boba".

— Mariana sonrió y me dijo: "Bueno, tú no se lo pediste ni robaste", y se rió.

— Le dije: "Nos vamos en bus".

— Me contestó: "No, vamos a pie para que lleves y hagan algo de comida".

— Llegué a casa y mi mamá estaba sentada en un pedacito donde solo caben dos sillas. Era un cerro, y había dos habitaciones. Aquí no teníamos ni gas ni agua, tampoco un baño digno.

— Teníamos una sola cama donde dormían mis hermanos pequeños y, a veces, yo.

— En el suelo dormían mi mamá, mi papá y mi hermana María. Para poder bañarnos, mi papá hizo una mula, que era un palo fuerte con dos ganchos de alambre a los lados.

— Había desde alacranes, culebras, cempie, hasta los mosquitos, todo lo que no estábamos acostumbrados, pero estábamos solos y éramos felices.

— Aunque mi papá seguía viniendo borracho y ahora hasta peleábamos.

— Hace meses atrás, todavía vivíamos donde la tía Luz.

— Mi tía cocinó arroz con verduras. Estaba delicioso, con tajadas de plátano amarillo, para que pudiera alcanzar.

— En su casa había una pila de piedras que ella mandó a echar para hacer los cimientos.

— La tía Luz nos sirvió la comida y nos fue entregando a cada uno.

— Llamó a mi hermano Toñito: "Mira, tu comida".

— Toñito respondió: "Tía, yo no quiero eso".

— Ella le dijo: "Ajá, ¿y eso por qué?".

— Él contestó: "A mí no me gusta".

— Mi papá le dijo: "Vas a comer, coge tu comida".

— Toñito respondió: "Yo no quiero, yo espero que venga mi mamá. A mí no me gusta esa comida".

— Mi papá lo agarró por una pierna y un brazo y lo iba a lanzar contra las piedras.

— Yo agarré una piedra grande y le dije a mi papá: "Papi, si usted lo estrella a él contra esa pila de piedras, yo lo mato aquí mismo".

— Las piernas me temblaban y, aunque estaba asustada, me paré firme.

— Mi papá me miró y me dijo gritando: "¡Maldita, me vas a matar!".

— Le contesté: "Sí, si me toca, así que mejor bájalo".

— Mi papá bajó a mi hermano. A raíz de este día, todos me miraban mal, y mi papá cada vez que quería pelear, peleaba conmigo.

— En la parte de arriba del cerro había una casa y vivía una familia. Allí vivía un joven que bajaba ese cerro corriendo y un día mi mamá le dijo: "Oye, no corras así, cualquier día te vas a caer".

— Él respondió: "No, vecina, yo soy avioneto", y siguió corriendo riéndose fuerte.

— Nosotras también reíamos. Avioneto era gordito, como de unos dieciocho años, le faltaban algunos dientes y decía estar enamorado de mí.

— Yo seguía estudiando y una tarde le dije a mi mamá y hermanos: "Algún día voy a trabajar y voy a tener muchos zapatos, un cuarto lleno".

— Hoy nos graduamos, gracias a Dios. Nos fuimos en un taxi para no llegar tarde.

— Menos mal fue con uniforme. Al llegar a la escuela, estaba llena de gente. Nos sentamos.

— Fuí con mi mamá y papá, cuando de pronto vimos llegar entre los médicos a uno en especial, un primo de mi papá.

— Mi papá le dijo: "Osvaldo Cruz".

— Enseguida lo miré y lo saludé.

— Él me dijo: "Primo hermano, ¿cómo estás?". Saludó a mi mamá y me saludó.

— Mi papá le dijo: "Este es mi hija mayor, con María".

— Osvaldo contestó: "Y se gradúa hoy de enfermera".

— Mi papá respondió: "Sí, primo".

— Se despidió y se fue para la mesa donde le tocaba, a ver si comenzaba ya.

— Cuando me llamaron: "Juana Anaya", me levanté y caminé hasta la mesa.

— Entonces Osvaldo dijo: "Pá ve, el diploma de mi prima se lo entrego yo".

— Todos se rieron, y efectivamente, me entregó el diploma.

— María salió hoy con el señor Juan, y él le dijo: "María, mi amor, busca una casa para que se muden todos, y yo te ayudo a pagar la casa todos los meses".

— Le dio el dinero para que saliera a buscar.

— En el hotel de mamá, como suelo llamar yo al hogar de mis padres, hace muchos años vivió una amiga de mi mamá. Ella también se llamaba María Ancelma.

— Ella vivía con un tipo que había heredado una casa en una avenida y tenía en unión con los hermanos otra.

— María y mi mamá fueron a hablar con María Ancelma para ver si podían arrendar la casa. Ella recibió el dinero, pero como eran amigas, mi mamá no le dio importancia.

— Nos mudamos al día siguiente para esa casa. Ya nos estaba cambiando la suerte. Aquí venía más seguido Porfilio a visitarme, pero había un gran problema.

— Me tocaba ir a la oficina porque mi mamá me decía, pero ella nunca supo por qué no me gustaba ir.

— Comenzaron los problemas con María Ancelma y el marido.

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