Enseguida los tres muchachos se sobresaltaron y al notar a la profesora entraron en pánico, dispuestos a quitarles el móvil de la mano:
—Ni un paso más. —advirtió ella con amenaza—. Programé el video para publicarlo en un tiempo establecido, por lo que aunque me lo quiten, se publicará de todas formas.
Los tres chicos se miraron entre sí y sonrieron malevolamente hasta que el chico del centro que por su actitud parecía ser el líder, se puso las manos en las caderas y manifestó sin miedo alguno:
—Ja ¿y crees que podrás evitar que no te quitemos el móvil? ¿Qué podrías hacer tú sola?
Mirai tragó saliva antes de hablar:
—Tienes razón... pero... ¿qué les hace pensar que el video no se publicará antes de que siquiera logren averiguar mi contraseña? —sus sonrisa llenas de confianza enseguida desaparecieron de sus caras y esta vez le tocó a Mirai sonreír—. Lo suponía. Dejen de molestarlo si no quieren que este video llegue a manos de la junta de la escuela, o peor aún, de la policía. Ustedes deciden.
Los tres volvieron a mirarse entre sí y el líder chasqueó la lengua con molestia, metió sus manos en los bolsillos del pantalón y seguido de su séquito, salió del baño claramente molesto. Ni un segundo Mirai dejó de mirarlos fijamente hasta asegurarse de que los tres ya se habían ido.
Enseguida corrió hacia Keiko y se arrodilló frente a él sin importar manchar sus medias panties de orine.
Agarró su rostro con ambas manos y lo hizo levantar la mirada hacia ella. El corazón de Mirai tembló al ver su expresión y la falta de brillo en sus ojos negros. Sin saber que decir, lo único que se le ocurrió fué envolver sus brazos en el cuello de Keiko, uniendolos en una abrazo que al parecer lo hizo reaccionar.
Al sentir la calidez de la profesora Mirai, algo se agitó en el interior de Keiko.
El olor que su cuerpo exudaba parecía desaparecer el olor del orine de aquellos malnacidos, purificando todo su interior manchado y sucio. Era como un angel que había sido enviado solamente para él.
Lentamente levantó sus manos y con algo de titubeo le devolvió el abrazo, sintiendo la piel cálida a través de su casi transparente camisa blanca.
Era simplemente maravillosa.
Sin quererlo algo dentro de él despertó. El impulso de besarla era muy fuerte, pero el temor a ser rechazado lo superaba.
Por lo que cuando finalmente se separaron no pudo evitar que su mirada cayera a sus labios con forma de almendras. Se lamió los suyos sin poder evitarlo, como si estuviera presente delante de un delicioso y prohibido manjar que solo los dioses son capaces de probar y los mortales comunes y corrientes como él no pueden si quiera tener una probadita.
—¿Estás bien? —preguntó Mirai preocupada, ignorante de los pensamientos del muchacho.
Keiko asintió con la cabeza, sin ser capaz todavía de emitir alguna palabra.
—Vamos a limpiarte entonces —dijo ella y lo ayudó a pararse del suelo.
En ese momento Keiko le llevaba unos buenos centímetros de altura, pero Mirai no pudo evitar verlo como un pequeño niño indefenso. Tenía la necesidad de protegerlo bajo cualquier precio.
Lo guió hasta el lavamanos, donde lavó su rostro y cabello y desvistió la parte de arriba de su cuerpo para enjuagar la camisa y la chaqueta negra empapada de orine.
Lo hacía sin ser consciente de que el botón superior de su camisa se había liberado accidentalmente mostrando la prominencia de sus pechos, los cuales parecían que iban a explotar el sujetador en cualquier momento. Eso literalmente lo hizo tragar en seco, incluso tenía un adorable lunar entre la división de sus dos bolas de carne que parecía querer fundirse en la oscuridad de aquel lugar inexplorado para él.
Terminó con su ropa y la puso un rato debajo del secador automático de manos y cuando se secó lo suficiente se lo volvió a poner, esta vez Keiko fue capaz de detenerla, tocando suavemente sus dedos apunto de abrochar los botones:
—Puedo hacerlo yo mismo —dijo él y Mirai asintió con la cabeza consternada al escuchar su voz. No recordaba que fuese tan grave.
—Lamento que te pasara esto...—dijo ella observándolo fijamente.
—No es tu culpa —manifestó él concentrado en lo que hacía.
—Pero si hubiese actuado antes...
—Empeoraría las cosas —la interrumpió secamente.
Cuando terminó de abrochar los botones de su camisa, sin decir nada más se despidió de ella con una reverencia y se retiró del baño dejándola con la boca abierta.
¿Qué acaba de pasar?
...
Una vez en casa, Mirai no podía evitar pensar en lo sucedido aquella mañana. ¿Por qué Keiko actuaba de esa manera?
No parecía tener miedo, más bien actuaba como si nada le importara. Como si hubiese perdido cualquier tipo de esperanza en la vida.
Temía que si no trataba esto con cuidado, terminaría sucediendo algo mucho peor, como suicidio. Le preocupaba terriblemente su estado mental y por primera vez en su vida, no sabía que hacer al respecto.
Suspiró sonoramente y se acostó en el suelo estirando su adolorida espalda hasta que el timbre de su puerta sonó sobresaltándola. Algo que la extrañó ya que definitivamente no esperaba a alguien.
Se levantó casi gruñendo de su comodidad y se dirigió a la puerta arrastrando los pies. Cuando desactivó la cerradura electrónica y bajó el picaporte de la puerta, la abrió con el ligero sonido de las bisagras envolviendo la pequeña habitación.
Esperaba encontrarse con cualquier cosa, menos con la imagen de Keiko parado en su puerta, vestido con una sudadera negra completamente manchado de sangre y con los pies descalzos.
—¿Pero qué...? —se cubrió la boca, totalmente horrorizada con lo que veía. Se preocupó de que se hubiese encontrado nuevamente con esos malditos matones y hubiesen tomado represalias contra él—. ¿Que te ocurrió? ¿Te hicieron daño?
Keiko se dejó caer hacia adelante y Mirai no dudó ni un segundo en agarrarlo entre sus brazos y a ayudarlo a pasar a su departamento. Lo ayudó a sentarse en el suelo y rápidamente buscó su móvil dispuesta a llamar a la policía pero no lo encontraba por ninguna parte. ¿Donde lo había metido? Estaba tan nerviosa que no podía pensar con claridad.
Al final se rindió y se dispuso a salir para avisar a algún vecino pero la mano de Keiko envolviendo su muñeca la detuvo.
—No me dejes solo por favor...— dijo él y enseguida todo el interior de Mirai se derritió como mantequilla.
Sabía que había algo raro y que debía llamar a la policía, pero su instinto protector le impedía pensar con claridad.
Se arrodilló frente a él y volvió a preguntarle:
—¿Que te ocurrió, Keiko?
Al escuchar su nombre de la boca de Mirai, Keiko se sintió flotar literalmente en las nubes. Estaba especialmente hermosa esa noche, vestía una camisa blanca holgada que le llegaba a la mitad de los muslos y el hecho de pensar que debajo seguramente no tenía nada puesto, lo hizo enloquecer.
Al no recibir respuesta de Keiko, Mirai se desesperó y empezó a buscar nuevamente su móvil pero un fuerte golpe en la parte trasera de su cabeza la hizo caer al suelo como peso muerto.
Todo a su alrededor daba vueltas literalmente y cuando Mirai volvió en si, se encontró con el cuerpo de Keiko encima de ella, moviéndose con fuerza entre sus piernas sin importar el dolor que le ocasionaba. Al comprender lo que estaba pasando comenzó a gritar y a mover sus brazos por todas partes intentando liberarse de él. Pero eso no solucionó nada ya que enseguida Keiko unió sus muñecas y le dio un fuerte puñetazo que dobló su cuello con fuerza hacia su derecha.
Keiko continuó moviéndose bruscamente en su interior. Parecía disfrutar bastante con su sufrimiento y Mirai sentía nauseas con solo escuchar sus gemidos y jadeos de placer.
No entendía que estaba pasando.
A través de la oscuridad de su apartamento podía ver sus ojos que brillaban con un brillo que nunca antes había visto. Un brillo lleno de locura que erizó cada vello de su piel a la vez que sonreía maniaticamente, como si una persona completamente diferente se hubiese adueñado de su cuerpo. Una persona que en nada se parecía al chico que hasta hace apenas unas horas creía conocer.
¿Por qué le estaba haciendo esto?
Por qué...
No entendía absolutamente nada.
Miró a todos lados intentando buscar una salida a su lamentable situación y vió algo que le dió esperanzas. Agarró la botella de Sake y golpeó con fuerza su cabeza provocando que el objeto se haciera añicos y Keiko se apartó de encima de ella sosteniendo su cabeza y gritando como loco.
—¡Duele! ¡Duele! ¡Maldita perra!
Mirai se puso en pie rápidamente ignorando el dolor palpitante entre sus piernas y la sangre que corría por sus muslos como si estuviese en su período. Corrió lo más rápido que pudo hacia la puerta pero el malnacido la agarró de sus piernas provocando que cayera de cara al suelo con un fuerte sonido.
Intentó arrastrarse con las manos extendidas al picaporte pero Keiko la arrastró por el suelo hasta su posición inicial. A Mirai le sangraba la nariz por el fuerte golpe que había recibido y tenía toda la ropa hecha girones. Intentaba luchar con todas sus fuerzas y le dió una fuerte patada a Keiko en el rostro, provocando otro grito de dolor de parte de él. Aprovechó ese momento para huir y cuando logró abrir la puerta un rayo de esperanza iluminó su ser.
No obstante no se esperaba que Keiko corriera hacia ella como un caballo salvaje sin control, lleno de ira y rencor. La empujó con todas sus fuerzas provocando que el delgado cuerpo de Mirai pasara por encima del muro del pasillo exterior de la casa, y cayera desde el tercer piso, impactando sobre el techo de un auto en el estacionamiento.
Con el impacto destruyó todos los cristales del parabrisas y las ventanillas, provocando una enorme abolladura en el metal de la carrocería. Mirai perdió todo el aire en sus pulmones y no podía ni moverse ni respirar. Un charco de sangre empezó a envolver su cuerpo hasta caer por el techo del auto hacia el asfalto. Quería moverse o hacer algo pero sentía todo el cuerpo endurecido. Ni siquiera sentía dolor.
Con la vista fija hacia arriba, vió a su asesino observarla desde la altura con los ojos abiertos como platos por lo que había hecho. Se veía alterado y parecía no saber que hacer, pero su indecisión no duró mucho ya que enseguida desapareció de su campo de visión, yéndose de la vista de la moribunda Mirai, la cual empezaba a ver borroso con los bordes oscuros, poco a poco cubriendo su visión.
Sin embargo ella se negaba a morir de esa manera. Algo en su interior se encendió aún más y en el silencio de su mente juró con todas sus fuerzas que esto no se quedaría así.
Tenía total intención de vengarse, aunque fuese en su próxima vida.
Su vida transcurrió frente a su rostro, desde el momento de su nacimiento, su graduación, sus padres los cuales la amaban con todo su ser y serían destrozados con la noticia de su muerte, y los sueños que ya no podría cumplir en esta vida.
Una vida que aún le quedaba mucho por recorrer.
«Solo tenía 24 años, maldita sea.»
«¿Por qué tuve que pasar por esto?»
«Si tan solo no hubiese sido tan ingenua y confiada...»
«Si tan solo no hubiese sido tan estúpida.»
La estupidez definitivamente debería ser un pecado, y más para una mujer que vivía sola.
Era tan patética.
Pero ya no importaba, ya iba a morir.
Al final no pudo aguantar más y con un último suspiro la vida desapareció de sus ojos y el silencio la dominó por completo.
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Glosario Diminuto:
Breake Link: Es un término que inventé en mi libro. Es una forma satisfactoria de conectar tu mente directamente a un determinado mundo virtual donde se recrea ya sea un juego o una película.
Nanobytes: Son diminutos robots programados para crear determinada acción.
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Comments
Ligia Amado
esta muy interesante gracias
2024-01-13
0
Marina Hinostroza
Creyó que el jovencito era un debilucho a quien tenía que solo defender y no se dió cuenta que estaba anidando a un psicópata...
2023-11-20
1
Ana Fernandez
la ingenuidad y el exceso de confianza, la mataron. desgraciadamente en este mundo ya no se puede uno confiar de nadie.
2023-04-01
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