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Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10. La tarjeta de la cámara

Volvió a mirar las fotos de Valeria.

La isla estaba en el Caribe. Damián había dicho que iba por trabajo. Renata recordaba haberle preguntado por el viaje, haber visto cómo preparaba sus cosas. No lo había acompañado.

Su marido le había pedido prestada la cámara a Roberto.

Hasta entonces, aquel detalle le había parecido tan pequeño que no habría sabido decir por qué lo recordaba. Ahora era lo único que no estaba al alcance de Damián en su propia casa. Una cámara guardada por su padre, con lo que él hubiera dejado dentro.

Renata fue a buscarla.

Teresa le abrió la puerta.

Trabajaba para sus padres. Había cosas que en aquella casa ya no hacía falta preguntarles a ellos: Teresa sabía dónde estaban, qué se había comprado, qué quedaba por hacer. Renata la saludó y miró hacia el pasillo.

—Voy a descansar un rato en el estudio.

No dijo que estaba cansada de alguna cosa en particular. No necesitaba hacerlo. Era la casa de sus padres. Podía entrar en una habitación y cerrar la puerta sin que a nadie le pareciera una decisión importante.

Teresa asintió.

Renata avanzó sin apurarse. Le costó no volver la cabeza para comprobar si la miraba.

Dentro del estudio, el silencio le resultó distinto. Reconocía el lugar de los libros, los objetos que su padre dejaba sobre el escritorio, la manera en que usaba un espacio sin cambiarlo cada vez que algo nuevo llegaba a casa.

Estaba entrando allí para buscar algo que no quería explicar.

Encontró la cámara y la sostuvo un momento antes de encenderla.

Le pareció más pesada de lo que recordaba. Su padre la había comprado para hacer fotos, para llevarse de un sitio imágenes que después podía enseñar. Damián la había pedido prestada. Nada en esa secuencia tendría que haberle hecho sudar las manos.

Se sentó y buscó las imágenes guardadas.

Apareció una vista del mar.

Renata la reconoció por las fotos de Valeria. No era necesariamente el mismo punto, pero sí el lugar. El agua, la costa, las cosas que su marido había podido mirar mientras ella lo imaginaba atendiendo un viaje de trabajo.

Pasó a la siguiente.

Más paisaje.

Acercó la cámara para ver mejor. No había una mujer en un borde, una mano que entrara en la foto o alguien reflejado en un cristal. Volvió a pasar.

Rocas. Mar. Cielo.

Se había preparado para encontrar un rostro. En cambio, una imagen detrás de otra le devolvía un lugar sin las personas que habían estado allí.

Renata intentó no apresurarse. Si pasaba demasiado rápido, podía dejar atrás precisamente lo que había ido a buscar.

Miró una foto entera antes de pulsar de nuevo. Después otra. Se detuvo en los bordes, en las partes lejanas de la costa, en una sombra que al verla mejor no era nada.

No había una sola imagen de los dos juntos.

Aquello podía significar que no la habían tomado. Podía significar otras cosas. Lo que no podía hacer era sacar una pareja de una fotografía de agua por mucho que se quedara mirándola.

Dejó la cámara sobre el escritorio y abrió otra vez el perfil de Valeria en su teléfono.

La mujer había querido guardar el viaje. Mostrar que estuvo allí. No había encontrado una foto de Damián en esas publicaciones, pero ahora al comparar ambos lados sentía con más fuerza lo que faltaba.

Dos personas en el mismo lugar. Una cámara. Ningún recuerdo juntos que ella pudiera encontrar.

No demostraba todo lo que quería. Tampoco le resultaba tranquilizador.

Volvió a las imágenes de la cámara. Todavía no había terminado de revisarlas cuando oyó una voz fuera.

Damián.

Renata dejó de tocar los botones.

Por un instante se quedó esperando que se tratara de una llamada, de una voz que salía de algún teléfono en el pasillo. Después lo oyó de nuevo, más cerca.

Estaba en la casa.

Miró la puerta cerrada.

No le había dicho que iría. Tampoco sabía que él tenía pensado pasar a ver a sus padres. Podían encontrarse allí sin que ninguno hiciera nada extraño. Ella solo tenía que levantarse, abrir y decir que había ido a descansar.

Con una cámara que todavía llevaba en las manos.

Se le secó la boca.

Si Damián la veía revisándola, no haría falta que encontrara una foto. Bastaría con que él comprendiera por qué la buscaba.

Renata oyó la respuesta de Teresa. Supo que le había dicho dónde estaba por la manera en que la conversación cambió de sitio, por los pasos que dejaron de quedarse junto a la entrada.

Iba hacia el estudio.

Miró la cámara, luego su bolsa. No podía llevársela entera. Su padre la buscaría. Damián podía reconocerla en cuanto ella saliera con la correa enredada entre sus cosas.

La tarjeta era pequeña.

La sacó y cerró la cámara. Le costó sujetar la pieza diminuta con los dedos húmedos. Durante un segundo sintió que iba a caerse y que el sonido la obligaría a ponerse de rodillas junto al escritorio justo cuando él abriera.

La sostuvo con más fuerza.

Devolvió la cámara a su lugar.

Los pasos se habían acercado.

Renata guardó la tarjeta en la bolsa y se la colgó del hombro. Buscó con la mirada algo que le permitiera parecer una persona que acababa de despertarse, no una mujer tratando de borrar lo que había hecho.

No se le ocurrió nada que no empeorara las cosas.

Entonces oyó a Teresa.

—¿Qué quiere comer?

Damián se detuvo para contestar.

Renata aprovechó ese momento. Se levantó, apartó la silla y llegó a la puerta antes de que él tocara la manija.

La abrió.

Damián estaba en el pasillo con una manta.

Renata miró primero la manta. Después, a él.

—Me despertaron.

Se oyó decirlo sin la falta de aire que le apretaba el pecho. Apoyó una mano en el marco para no hacer con ella algo innecesario.

Él levantó un poco lo que llevaba.

—Te iba a tapar.

Se quedó mirándola como si la hubiera encontrado exactamente donde esperaba: descansando en el estudio de su padre. Renata no podía saber qué parte de su cara estaba viendo. Si notaba el calor que tenía en las mejillas. Si sus ojos bajaban a la bolsa.

La mano en la que había sostenido la tarjeta seguía cerrada.

La abrió despacio.

—Ya me levanté.

Damián miró hacia el interior de la habitación. Renata dio un paso al frente, lo suficiente para tener que salir los dos del espacio que ocupaba la puerta.

Le tomó el brazo.

Había hecho aquel gesto muchas veces sin pensar dónde ponía la mano. Esa vez se fijó en el contacto: la tela, la firmeza del cuerpo debajo, la cercanía que tenía que usar para impedir que él diera otro paso hacia el escritorio.

—Vamos —dijo.

Lo llevó por el pasillo mientras él acomodaba la manta que ya no necesitaba.

Teresa seguía cerca. Renata volvió la cara hacia ella y respondió algo sencillo sobre la comida. No habría sabido repetirlo después. Le importaba terminar la frase sin que se notara el esfuerzo.

Damián habló. Ella lo escuchó y contestó.

El estudio había quedado atrás.

En otra ocasión habría pensado que era un detalle bonito: su marido entrando con una manta porque ella dormía. Podía verlo desde fuera con una claridad que le hacía daño. Un hombre que sabía dónde estaba su esposa, que se acordaba de que podía tener frío, que no necesitaba que le pidieran que la cuidara.

Renata habría contado ese detalle sin darse cuenta de cuánto dejaba fuera.

Ahora tenía una tarjeta de memoria escondida entre sus cosas y estaba haciendo que él se alejara de la cámara.

Antes de salir de la casa, se acomodó la bolsa sin abrirla. Quería tener presente dónde había guardado la tarjeta y no hacerla caer cuando buscara el teléfono.

No la tocó.

Damián no volvió al estudio.

Renata siguió a su lado hasta que pudo salir. No se permitió revisar lo que había conseguido antes de estar lejos de la puerta.

Cuando al fin lo hizo, la tarjeta estaba allí.

La sostuvo en la palma.

No sabía si guardaba una respuesta que aún no había visto. Había sacado de la casa de su padre un objeto tan pequeño que podía perderlo entre los dedos.

Le seguía temblando la mano.

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