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DIAMANTES Y BERRINCHES

DIAMANTES Y BERRINCHES

Status: En proceso
Genre:Romance / Comedia / Amor de la infancia
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Eliette Maldondo Velazquez

«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»

NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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A ver, aclaremos algo. Yo pensé que, si estos dos iban a ahogar sus penas en alcohol, irían a un lugar con un mejor código postal, un club privado en la zona más cara de Milán, no sé, algo digno de sus trajes de diseñador. Pero ¡guácala! Aquí debe de haber hasta cucarachas con derecho de antigüedad. Este par se paró en el primer tugurio de mala muerte que encontraron al borde de la carretera. Con decirles que desentonan tanto entre las paredes de mala muerte y las mesas pegajosas que nadie, absolutamente nadie, se les acerca por puro miedo a que resulten ser agentes encubiertos o mafiosos reales... bueno, lo segundo sí lo son.

—Un whisky doble —pidió Marcelo, limpiando discretamente la mesa con una servilleta.

—Una botella de vodka —soltó Luciano, con la mirada perdida en la barra de madera vieja.

Marcelo lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿Luciano, cómo que una botella? Un trago, hermano, y nos vamos de este agujero.

—Necesito la botella —insistió Luciano, con una voz arrastrada que ya empezaba a dar miedo—. Voy a brindar por su felicidad. Por ella... y por sus futuros hijos.

Ok, si así está ahorita y todavía no se toma ni una sola gota, no quiero ni ver cómo se va a poner después . Marcelo ya no sabe ni qué hacer, está atrapado entre ser el chofer y el niñero de un gigante de dos metros despechado.

—Deberías volver y pelear, Luciano —le sugirió Marcelo por milésima vez, cruzándose de brazos.

—¿Para qué? —respondió el heredero con una sonrisa amarga—. Ella merece ser feliz. Merece ese amor de película que tanto quiere.

Esa bendita botella no le va a durar nada, se los apuesto. Se la acaban de entregar y el infeliz ya casi lleva la mitad de un solo trago, como si fuera agua bendita en el desierto.

—Luciano... ¿alguna vez has querido a alguien? —preguntó Marcelo, suavizando el tono.

—Jamás me he enamorado —soltó Luciano de golpe, tajante.

—No, hermano. Dije *querer*, no amar. Son cosas muy diferentes —lo corrigió su escudero—. No me digas que ninguna mujer te ha movido el piso.

—No ha llegado la indicada. Esa que me haga perder el sueño y que me haga querer una vida tranquila, lejos de las armas y el contrabando.

¡MENTIROSO! ¡Eres un Pinocho de primera categoría, Luciano Marchesi! Te va a crecer la nariz y te va a pegar en el parabrisas. Tú ya quieres a alguien, estás loco por alguien. ¿Por qué demonios no eres sincero y le cuentas a Marcelo que todas las mañanas, sin falta, lo primero que haces al despertar es tomar el maldito teléfono para darle los buenos días a Tessa? ¿O que cada viernes, llueva, truene o relampaguee, le mandas un ramo gigantesco de lilas a su casa porque sabes perfectamente que son sus flores favoritas? ¡Sincérate de una vez y dile que aprendiste a tocar el piano a escondidas solo porque ella una vez dijo que le encantaba esa melodía clásica! Eres un cobarde .

Marcelo lo miró fijamente, perdiendo la paciencia ante tanta hipocresía.

—Luciano, jamás te he llevado la contra. Siempre te he sido fiel, en los negocios y en la calle. Pero hoy, con toda la sinceridad del mundo, hermano, te puedo decir que te estás equivocando de forma monumental.

—Marcelo, no insistas con lo de Tessa —advirtió él, dándole otro trago largo a la botella.

—Hermano, si tú vieras lo que nosotros vemos... te aseguro que no estarías metido en este barsucho —insistió Marcelo, golpeando la mesa—. La verdad, Luciano, es que tengo razón. Yo he visto el desfile de mujeres que ha pasado por tu cama durante estos años. Modelos, actrices, herederas... Y si las juntamos a todas en una licuadora, el resultado es Tessa. Siempre la estás buscando a ella en el rostro de otras mujeres.

Luciano se tensó, golpeando la botella vacía contra la mesa.

—¡Otra botella! —le gritó al cantinero.

—Hermano, ¿qué pretendes? ¿Morir de una congestión alcohólica en este basurero?

—Necesito callar la voz en mi cabeza —gruñó Luciano, apretándose las sienes—. Necesito ahogarla de una buena vez.

¡Ay, auxilio! ¡Me quiere matar! Se los dije, el tiro iba para mí. Pero el alcohol no me va a callar tan fácil, querido.

¡No, bueno! Oficialmente me declaré en peligro de extinción. ¡¿Que me quiere ahogar en alcohol para callarme?! Auxilio, socorro, ¡me quieren asesinar! Con lo bien que me cae y resulta que soy su peor enemiga solo por decirle sus verdades. Pero bueno, aquí sigo, vivita y coleando en su cabeza, porque mala hierba nunca muere y este chisme yo no me lo pierdo por nada del mundo

Los tragos iban y venían, el tiempo se difuminó entre el humo del tabaco barato y el olor a encierro. Las botellas desfilaron una tras otra hasta que a nuestro bombón ciego le dio por ponerse sentimental y cantar a media voz. Estaba herido, triste, completamente confundido, pero la cruda realidad es que todo era culpa suya. Si fuera un poquito más sincero con lo que siente, en este preciso instante ya serían marido y mujer, planeando esa boda romántica que Tessa tanto quiere, en lugar de estar dando lástima en un suburbio de Milán.

—Vamos, hermano, levántate —dijo Marcelo, pasando el brazo de Luciano sobre sus hombros con esfuerzo—. Te llevo a tu casa. Ya diste suficiente espectáculo.

—No... —balbuceó Luciano, con los ojos entreabiertos y la respiración pesada—. Lévame... llévame con ella. Quiero estar con ella, Marcelo. Quiero dormir entre sus brazos como cuando éramos niños... y despertar y ver su hermosaaaaaa sonrisa. Y ese... ese hoyuelo que se le forma aquí en la mejilla cuando se ríe de mí...

Sí, señores y señoras, lo confirmo: los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. El lobo feroz resultó ser un cachorrito melancólico.

—Aquí huele feo —se quejó Luciano, arrugando la nariz mientras Marcelo lo arrastraba hacia la salida.

—Obvio, hermano, es un barsucho de quinta —respondió Marcelo, sudando por el esfuerzo de cargar el peso del heredero.

—Aquí no huele como ella... ¿Tú la has olido, Marcelo? Huele como dulce... pero fresco. Como si fuera un campo de flores, pero en plena primavera. Y cuando sonríe... mmmm, todo se vuelve más bo... bonito.

—Sí, sí, ya lo sé, Romeo de la mafia. Pero ven, vámonos ya antes de que te quedes dormido en la banqueta.

—No... yo quiero terminar de tomar... —protestó Luciano, mientras las puertas del Ferrari se abrían para recibir al borracho más necio de Italia.

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Maria Garcia
me encanta su novela
Eliette Maldondo Velazquez: gracias
total 1 replies
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