Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
NovelToon tiene autorización de Sybienay Fela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 10
“No sé cuándo dejé de tener el control. Tal vez el día que la vi. Tal vez desde antes, cuando pintó mi alma sin conocerme.”
El mensaje no estaba en mi bolsillo.
Estaba en mi teléfono.
Marcado con una estrella.
Bloqueado con contraseña.
Como si fuera un secreto que el mundo no debía conocer.
> “Mañana. A las 5. Jardín de Invierno del Hotel Cumbre. Solo.”
Solo.
Esa palabra me retumbaba en la cabeza.
Ella lo pidió así.
Sin escoltas. Sin testigos.
Como si supiera que esto no era un juego.
Como si entendiera que lo que estaba por ocurrir era más peligroso que cualquier trato de sangre que haya firmado.
Desde hace días no dormía.
La recordaba en cada rincón del estudio.
En cada rincón de mi cuerpo.
Como si sus ojos tristes hubieran dejado una maldición en mi alma…
una marca imposible de arrancar.
Dante lo notó.
—Estás perdiendo el control —me dijo anoche—. Como si esa niña te hubiera metido una aguja en el corazón… y estuviera enredando el hilo cada vez más fuerte.
No respondí.
No podía.
¿Y si tenía razón?
No era amor.
No podía serlo.
No sé cómo se siente eso.
Solo sé que la necesito. Que la quiero cerca. Que quiero verla temblar y mirarme sin miedo.
Que quiero arrancar cada tristeza de esos ojos azules.
Y si alguien se atreve a tocarlos…
se muere.
No se lo he dicho a nadie.
Pero la pintura de Perséfone…
la que colgué en mi estudio hace cinco años…
es la única cosa que me ha calmado el alma desde la muerte de mi madre.
Yo no sabía que era ella.
Una niña.
Una criatura rota, igual que yo.
Pero algo me obligó a comprar esa obra en cuanto la vi.
Un demonio entre las llamas, sangrando, rugiendo, y aun así, en pie.
Era yo.
Ella me vio antes que nadie.
Me pintó antes de conocerme.
¿Cómo no voy a pensar que esto es el destino?
Mi madre también tenía los ojos así.
Azules.
Llenos de lluvia.
Me decía que el amor podía salvarlo todo.
La última vez que la vi…
fue antes de que se lanzara al vacío.
Antes de que mi padre la quebrara para siempre.
Y ahora esta niña, esta mujer hecha de pinceles y silencios,
ha vuelto a traerme ese dolor.
Y sin embargo… quiero más.
Faltaban tres horas para el encuentro.
Mi traje estaba listo.
Negro. Impecable.
Como la noche que se mete dentro del alma.
Dante quiso acompañarme.
Se lo prohibí.
Esto no era un negocio.
Esto no era una amenaza.
Esto… era un sacrificio.
El auto me esperaba.
El conductor no dijo una palabra.
Tampoco yo.
Mi mente solo repetía una cosa:
Hoy la veré.
Hoy le hablaré.
Hoy comenzará a ser mía.
Aunque no lo sepa.
Aunque no lo entienda.
Aunque huya.
Nadie escapa de un demonio que ha reconocido su llama gemela.
Y ella…
es fuego.
Fuego triste, pero fuego al fin.
Y si no quiere arder…
la haré arder.