Está historia trata de una joven hermosa y muy humilde,su principal objetivo es superarse para ayudar a su mamá.
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Cap.9
Ella habló con él, ambos tenían mucha química. Rieron y se tomaron varias copas de vino.
David aún estaba hablando con sus amigos, pero no dejaba de mirar a Anais. Le causó mucha intriga la conversación que tenía instalada con ese joven. Tanto así, que decidió interrumpir la agradable charla.
— Permiso. Anais, ¿podemos hablar?
— Sí, claro. Permiso, fue un placer conocerte.— se estrecharon las manos.
David la condujo hacia afuera, a un lugar oscuro. — Eres mi esposa, no puedes estar coqueteando con todos los hombres que se te acercan. Tienes que ser más discreta. Si tienes ganas de estar con alguien, espera estar en otro lugar. — dijo mirando hacia la oscuridad, con las manos en los bolsillos.
— ¿Por qué me hablas así? Únicamente trató de ser amable. Además, no olvides que estamos casados solo por papeles, puedo hacer lo que yo quiera.
David no dijo nada más, y volvió adentro. Anais lo miró algo confundida, no entendió esa actitud.
La celebración continuó su curso. David salía del pasillo de los baños, cuando fue interceptado por una vieja amiga. La mujer emocionada de verlo de nuevo, le dio un apasionado beso. Beso que no pasó desapercibido por Anais, quien de inmediato se acercó a ellos.
Anaís rodeó a David por el cuello y dijo. — David, mi amor, ¿me puedes decir que significa esto? ¿Por qué está mujer te acabas de besar?— miró a la mujer y mostró una risa fingida.
— David, ¿Quién es ella?— preguntó la mujer.
— Su esposa, soy su esposa, ¿Cierto mi amor?.— contestó Anais sonriente.
— Sí, ella es mi… Esposa.
La mujer se fue molesta, David y Anais volvieron afuera.
— ¿Qué te sucede? ¿Por qué hiciste eso?— preguntó él.
— En público me debes respeto. Te dejaste besar de ella, sin importar que yo estaba presente.
— Ella me sorprendió.
— Pero te quedó gustando, porque le seguiste el juego.
— No vamos a discutir. Te voy a llevar a la casa.
Fueron a dónde estaba el auto estacionado. Él le abrió la puerta para que subiera, después hizo lo mismo. Empezó a conducir a toda velocidad, hasta llegar a su hogar. Llegaron, él le abrió para que bajara del auto y se marchó inmediatamente.
Anaís se sintió como una verdadera imbécil, tanta era su rabia, que necesitaba un trago. Llamó a Carol y se pusieron de acuerdo para juntarse en un bar.
Antes de entrar al bar, Carol quería saber qué le pasaba a su amiga. Anais le contó lo sucedido.
— ¿Qué te sucede, estás celosa?— preguntó Carol.
— ¡Celosa yo! Claro que no. Vamos a entrar.
Qué pequeño es el mundo cuando no quiere ver a alguien. David y Robert estaban sentados en una esquina.
— Amiga, ahí está tu esposo y su primo.— dijo Carol.
Anais volteó y chocó miradas con David. Su corazón se aceleró, ¿por qué demonios sintió esa sensación tan extraña? — Bien, Carol, vamos a ignorarlos. ¿No pudiste elegir otro lugar? Caray.
— Si quieres nos vamos.
— No. Que se vaya él, si quiere.
Horas después, todos seguían en sus sitios disfrutando felizmente. Anaís estaba un poco ebria, se le notaba al bailar. David decidió que era momento de irse. — Anais, nos vamos.
— No. No vine contigo.
— No te lo voy a repetir, nos vamos. Eres mi esposa, no te voy a dejar aquí.— afirmó David.
— ¿Soy tu esposa? Cuando te besó esa mujer te costó trabajo aceptarlo.
— Anais, ella solo era una amiga.
Anais se puso de pie, se acercó a él y lo rodeó por el cuello. — Yo también soy tu amiga, espero que no te moleste que haga esto.— acercó su boca a la de él, respiró su aliento con olor a whisky, y sin pensarlo mucho, lo besó. Él se dejó llevar. Unieron sus labios en un tierno y apasionado beso.
Se perdieron entre deseos. David la sujetó por la cintura, aferrándola a él con fuerza, con ganas. Era como si sus cuerpos no quisieran escapar de ese instante. Ambos se perdieron en sus pensamientos, pero lamentablemente uno tenía que volver a la realidad.
— ¿Por qué lo hiciste? Nos vamos.— preguntó David, la agarró de la mano y salió con ella.
— Imbécil.— susurró Anais.
Llegaron a la casa, cada quien a su habitación.
Anais, después de repasar con detenimiento ese besó, se sintió avergonzada. Se dio una ducha y llamó a Carol.
📱 ¡Halo!
📱 Carol, ¿ya estás en tu casa?
📱 Sí, Robert se ofreció a traerme.
📱 Amiga, no sé qué me pasó, pero ese beso me fascino.
📱 Anais, no te enamores de David, sabes que nunca te vas a perdonar todas tus mentiras.
📱 Lo sé, Carol, pero no sé qué hacer.
Al día siguiente
David se despertó temprano, más de lo normal. Fue a la cocina, en dónde ya estaba la señora Carmen, preparando el desayuno.
— Buen día, señora.
— Buen día, hijo. ¿Quieres que te prepare algo?
— No, gracias. ¿Dónde está Anais?
— Aún está dormida.
— Señora, ¿por qué se encarga de la cocina, si hay empleadas domésticas?— preguntó curioso.
— Me gusta sentirme útil.— respondió satisfecha.
David se despidió y salió. Antes de ir a la constructora, pasó por una agencia. Le compró un hermoso auto de lujo a Anais. Después se lo fue a entregar.
Anais se estaba desayuno, la verdad, únicamente probaba pequeñas porciones. Tenía un fuerte de dolor de cabeza.
David llegó, se acercó a ella, y le pasó las llaves. — ¿Sabes manejar verdad?— le preguntó.
— ¿Qué es esto?— preguntó confundida.
— Averígualo tu misma.
Ella salió y quedó sorprendida, el auto era hermoso. — ¡Dios! Me encanta, no debiste molestarte. Por supuesto que sé manejar. Muchas gracias, David.
— No me dé las gracias.
— ¿Acaso me estás pagando por el beso de anoche? Porque de ser así
— No lo vuelvas a intentar. Jamás. Que te quede claro.— interrumpió él y se marchó.
Unos días después.
Margaret cada día tenía una nueva excusa para regresar, situación que tenía desesperado a David. A tal punto, que estaba pensando que lo mejor sería terminar su relación.
La señora clara, iba a celebrar su cumpleaños, quería que todos sus sobrinos estuvieran presentes. Llamó a David y le pidió no dejar de asistir, y por supuesto que debía llevar a Anais.