Luz y oscuridad reunidos por primera vez.
Somos dos almas unidas por un mismo anhelo: el poder.
Un deseo que desató un "amor" que nos condenó hasta el final.
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Capítulo 7: Grises como su alma
Recuerdo que fui corriendo de inmediato a la casa para ver con mis propios ojos si en verdad el chico desconocido había despertado.
Tan pronto llegué allí, caminé apresurada a la habitación y enseguida me percaté que él no estaba despierto…
‹¿Fue una reacción en falso?›, me pregunté confundida.
Era inconcebible que una de mis serpientes se hubiera equivocado.
‹Bueno, si él hubiera despertado no lo encontraría en cama, sino rondando por todo el lugar.›
Sin más preámbulos, me acerqué a él con cautela para verificar su estado de salud.
Tragué saliva.
Él radiaba misterioso.
La atmósfera a mi alrededor empezó a cambiar; pesada y abrumante que incluso me costó respirar.
Él se encontraba con el cuerpo totalmente rígido.
‹Esta respirando con normalidad. No veo nada raro en él…›
Pero repentinamente… sus párpados se abrieron de golpe, y capté su atención.
De alguna manera, se sintió extraño.
Percibía su ansiedad al mismo tiempo que su angustia.
Nos miramos mutuamente.
Contuve la respiración ante lo impasible que se veía.
Y por fin pude conocer el color de sus ojos.
Eran unos orbes enigmáticos.
Era como ver el cielo nublado a través de sus ojos.
Un color gris como su alma misteriosa…
Me perdí tanto en el color de sus ojos que sentí una sensación abrumadora sobre mi cuerpo.
‹No me parece desagradable; siento que no puedo dejar de verlo.›
Él seguía con su cuerpo rígido e inexpresivo.
—Ejem.
Tuve que romper la tensión entre nosotros.
—Por fin despiertas.
Realmente no supe que más decir en ese momento.
No es como si me alegrará que él despertará.
Vi como arrugó su entrecejo al escuchar mi voz.
—¿Tú, quién eres?
Al escucharlo me quedé pasmada.
Era increíble como mi cuerpo reaccionó ante su voz grave y ronca.
Me sentí “cautivada” en cuestión de segundos (dejando de lado que él me miraba con frialdad.)
Las palabras no salían de mi boca.
Fue difícil comprender que yo no era consciente del poder de esas emociones que exudaba.
Pero entonces me despabilé cuando repentinamente me estrujó de la ropa, inclinándome hacia a él y agarrándome del cuello en un santiamén.
Me acercó tanto que pude sentir su agitada respiración.
—¡¿Qué haces?! —le grité perpleja.
Sin embargo, él me apretó con más fuerzas, casi contándome la respiración.
—¡Su-Suéltame! —carraspee.
A pesar que intenté alejarme de él tomando su antebrazo, no pude usar toda mi fuerza para no lastimarlo.
—Duele…
‹¿Qué carajos estoy haciendo? ¿Por qué no puedo golpearlo y ya?›
—Responde. —él dijo en un siseo de voz.
Era incongruente no querer lastimarlo más de la cuenta.
Fue patético de mi parte actuar como “una humana.”
—¿Puedes soltarme …y explicarte? —apenas jadeé.
Me encontraba en una encrucijada.
Él; siendo un humano por nada del mundo podría saber mi verdadera identidad.
¡El problema era su cara bonita!
“¿Por qué existe un humano tan atractivo?”
Ese era mi único problema, por hacerme sentir de una manera desagradable…
‹¡¿Qué me está pasando?!›
—Solo tengo que cerciorarme de algo. —dijo en voz baja.
Fruncí el ceño.
Entonces lentamente aflojó mi cuello y bajó sus manos justo en mi blusa.
—¿Ahora qué haces? —volví a carraspear.
No entendía lo que pretendía hacer.
—Oye…¿Por qué me…
A medias quedaron mis palabras cuando súbitamente él rasgó; rompió mi blusa en dos partes, quedando expuesta mi pecho al aire libre.
Quedé petrificada con la expresión en blanco.
—No hay nada. —murmuró toscamente.
Mi paciencia estaba nuevamente por explotar.
—¡¿Cómo te atreves?!
Alejé sus manos y rápidamente me cubrí, alejándome de él.
‹¡Éste tonto humano…¿Acaso perdió los sentidos o que?›
—Ya puedes explicar quién eres y cómo llegué aquí.
Lo volteé a ver muy indignada y con furia.
—¿Y por qué no te explicas tú qué acabas de hacerme? Me rompiste la blusa, ¿eres un loco pervertido o que? —exclamé muy molesta.
Sus orbes grises se oscurecieron.
“Cómo detesto ese color… me recuerda a los días nublados y lluviosos.”
—Supongo que perdí el control de mis manos. —respondió con una serenidad que solo aumentó mi molestia.
—¿Supones?
Chaquee los dientes y mejor me senté en una silla, apartada de él para no alterarme más de la cuenta.
Inhale y exhale.
‹Primero omitiré decirle quién soy.›
—Te encontré hace un mes en una noche lluviosa, tirado en medio de la nada, herido y casi al borde la muerte.
—¿Hace un mes? —inquirió con un tono preocupado.
—Si.
—¿Por qué me trajiste aquí si estaba al borde la muerte como dices? ¿Por qué no me llevaste a un hospital? Sería lo más sensato y racional.
Ni siquiera tuve el tiempo para poder pensar en una buena excusa o mentira.
—Odio los hospitales. —le mentí.
—¿AH SI?
‹Esto me pasa por salvarlo, bueno más bien fue por mi codicia.›
—Si, créeme que no fue fácil; tuve que cargarte hasta aquí, mi humilde hogar. Deberías estar dándome las gracias, ¿no crees?
Atisbé de reojo que ni se inmutó ante mis palabras.
Tenía una cara de póker.
—¿Cómo hiciste para curar mis heridas? ¿Qué fue lo que usaste? ¿Magia?
Eso último me sonó a sarcasmo.
Sus preguntas me bombardearon de una manera abismal y molesta.
—Plantas medicinales. —respondí monótona.
Le señale hacia una pequeña mesita donde se encontraban las medicinas que previamente usaba en él.
Pero en gran parte, todo se trató de una mentira.
Mi pequeña serpiente sanadora había hecho su trabajo durante el tiempo que él permaneció inconsciente.
—Y la magia no existe en este universo. —agregué descontenta.
—Aja. —chistó.
—Y dime, ¿Por qué estabas muy golpeado? ¿Qué fue lo que hiciste para acabar tan deplorable?
Ahora era mi turno para cuestionarlo.
Sin embargo, él no emitió ningún sonido.
Su soberbia era más que claro.
‹Esa mirada gélida como lo odio.›
—Debí dejarte allí para que murieras. —mascullé.
Aún así tenía las ganas de indagar más sobre él y descubrir si me era eficiente.
—Veo que no vas a responder nada de lo que pregunte.
Suspiré.
Me puse de pie.
Lo miré detenidamente; efectivamente emanaba un abismo de emociones negativas pero no podía absorberlo.
Deseaba con ansias devorarlo pero fue como lo conocí al principio: mis sentidos me exclamaban que era peligroso.
La pared invisible seguía allí, permitiendo no avanzar más de la cuenta.
Tuve que resignarme a él.
‹No gano nada reteniendo a este chico engreído. Quizás anda en asuntos turbios, y no quiero más problemas con que lidiar. Lo mejor es dejarlo ir…›, pensé seriamente.
—Sera mejor que tú…
Nuevamente mis palabras quedaron a medias.
Sus ojos me entonaron de una forma misteriosa.
—No siento las piernas.
Parpadeé consecutivamente.
—¿Cómo? —pregunté.
—No puedo mover las piernas.
Gracias por la comprensión ❤️