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DONDE DUERMEN LOS LOBOS

DONDE DUERMEN LOS LOBOS

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.

Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.

Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.

Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6 - La reunión del pueblo

Me enteré de la reunión por un cartel escrito a mano en la puerta de El Ciervo.

El cartel de la reunión tenía mi letra. Don Héctor me pidió que lo escribiera yo mismo porque tengo letra linda de bibliotecario. Escribir mi propio juicio me dio risa triste.

"Reunión vecinos, tema ruidos biblioteca, 19 hrs". No decía mi nombre, pero sabía que era por nosotros.

Silas me dijo que no fuera.

—Van a hablar igual estés o no —dijo—. Si vas, te van a mirar y juzgar. Si no vas, van a inventar.

—Tengo que ir —contesté—. Vivo ahí.

Me até el cabello con el moño alto que me enseñó, me puse la única camisa sin manchas que tenía y metí a Lyra y Milo en las mochilas. No tenía con quién dejarlos.

El Ciervo estaba lleno. Nunca había visto tanta gente junta en Moonvale. Estaban Don Héctor detrás de la barra, Marta con su tejido, la directora del jardín, el cura, la alcaldesa y como veinte vecinos más.

Cuando entré, todos se callaron.

—Elías —dijo la alcaldesa—. Qué bueno que viniste. Siéntate.

Me senté en una mesa chica, con Lyra adelante y Milo atrás. Mi moño se veía enorme bajo la luz amarilla del bar. Sentía que todos lo miraban.

—El motivo es simple —empezó Don Héctor—. Anoche se escucharon aullidos en la biblioteca. Fuerte. Varios vecinos llamaron. Pensamos que tenías perros sin permiso.

—No son perros —dije.

—¿Entonces qué son? —preguntó la directora—. Porque mis niños del jardín dicen que tus guaguas tienen ojos amarillos.

Lyra, como si supiera que hablaban de ella, levantó la cabeza y miró fijo a la directora. Sus ojos brillaron.

Se escuchó un murmullo.

—Son... tienen una condición —dije—. Les brillan los ojos en la oscuridad. No es contagioso. Silas los revisa.

—Silas —dijo un vecino viejo—. El veterinario que vive como ermitaño. ¿Ahora es pediatra también?

Risas bajas.

Sentí que me ardía la cara. Me toqué el moño sin querer, para asegurarme de que seguía firme.

—Yo los cuido —dije—. Trabajo, los alimento, no duermo. No les falta nada.

—Nadie dice que no los cuides —dijo Marta, más suave—. Pero eres muy joven, Elías. Diecinueve, con pelo largo, solo, con dos guaguas que no son tuyas, que aúllan en luna llena... la gente se asusta.

—Tiene pelo de mujer —dijo una señora mayor, sin filtro—. Yo lo he visto con moño y con las guaguas colgando, parece una niñita jugando a la mamá.

Lyra me apretó la polera.

—Mamá —dijo, fuerte, clarito, mirando a la señora.

El bar entero escuchó.

—Ves —dijo la señora—. Hasta ella te dice mamá. Tú mismo los confundes.

Quise corregirla, decir papá, soy papá. Pero me quedé sin voz. Era la primera vez que me decían eso delante de tanta gente y me dolió más de lo que esperaba.

La puerta se abrió de golpe y entró Silas. Venía con botas con barro, chaqueta de trabajo, sin haberse peinado. Olía a frío.

—Perdón por llegar tarde —dijo, sin pedir permiso—. Me avisó Marta.

Se paró detrás de mi silla. Puso una mano en mi hombro. No me había tocado así nunca delante del pueblo.

—Yo reviso a esos niños dos veces por semana —dijo, mirando a todos—. Soy veterinario titulado, trabajé tres años en Temuco con fauna nativa. Esos niños tienen una condición genética rara que les hace tener fiebre y sensibilidad a la luna. No son peligrosos. Lo peligroso es dejarlos sin atención.

—Nadie habla de veterinario —dijo la alcaldesa—. Hablamos de si Elías puede solo.

—Puede —dijo Silas, cortante—. Puede porque no duerme, porque aprendió a hacer papilla con sangre y hueso porque la leche normal no les sirve, porque los saca al frío a las tres de la mañana cuando tienen fiebre mientras ustedes duermen. Yo lo he visto. Ustedes no.

Silencio.

Don Héctor bajó la mirada.

—Y sobre su pelo —siguió Silas, con voz más baja pero más firme—. Si les molesta que tenga moño, es problema de ustedes, no de él. Tiene el pelo largo porque le gusta largo. Eso no le quita ser padre. Yo también tengo el pelo largo a veces y nadie me dice nada. Así que dejen de hablar de su apariencia y hablen de cómo ayudar.

Marta tejía rápido, nerviosa.

—Yo traigo pan todos los días —dijo—. No es por criticar.

—Yo también puedo traer leña —dijo Don Héctor—. Para la biblioteca.

La directora del jardín se acercó a mi mesa y miró a Lyra y Milo.

—¿Puedo? —preguntó, señalando a Lyra.

Asentí. La tomó en brazos. Lyra la olió y le dio una palmada.

—No muerden —dije—. Solo aúllan.

La directora se rió.

—En mi jardín tengo uno que grita más fuerte y no tiene ojos amarillos.

La tensión se rompió un poco.

La alcaldesa suspiró.

—Elías, no te vamos a quitar a los niños —dijo—. Pero si vuelven los aullidos fuertes, avísanos. Y si necesitas ayuda, pide. No te hagas el valiente con moño.

—No me hago el valiente —dije—. Solo intento que no tengan frío.

Salimos del bar. Afuera la noche estaba helada y sin luna. Silas me acompañó hasta la biblioteca en silencio, con Lyra dormida en mi pecho y Milo roncando atrás.

—Gracias —le dije en la puerta—. Por hablar.

—No te defendí por lástima —dijo—. Te defendí porque me molesta que te miren como bicho raro cuando eres el único que hace las cosas bien acá.

Me tocó el moño, me lo acomodó.

—Te lo dejaron chueco de tanto tocarlo nervioso —dijo—. Mañana te enseño a hacer uno que no se suelte cuando te gritan.

Lyra, medio dormida, abrió un ojo y dijo:

—Mamá, casa.

—Sí —le dije—. Casa.

Entramos. Por primera vez esa semana, cerré la puerta con llave y no sentí que el pueblo estaba afuera mirando.

Estaban Milo y Lyra, que me decían mamá con cariño, y el moño alto que me hizo Silas y que ahora sabía defender solo también.

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bruja de la imaginación 👿😇
🥰me gustó mucho está historia
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