Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°7
La puerta del edificio se cerró con un leve chirrido detrás de Samuel. Isabella ya estaba adentro. No miró hacia atrás. No podía. Sabía que si lo hacía, no sería capaz de irse.
El auto negro lo esperaba con el motor encendido. Ricardo ya estaba dentro, en el asiento trasero, serio, callado. Samuel subió sin decir una palabra y cerró la puerta con firmeza.
Justo al sentarse, lo vio.
En el asiento junto a él, caído de lado, estaba el pequeño peluche de pingüino que Isabella no soltaba desde que subieron al avión.
Samuel lo tomó con cuidado, como si fuera frágil, como si aún tuviera el calor de las manos de la niña.
—Lo olvidó… —susurró con la voz quebrada.
Ricardo lo miró de reojo y habló con tono seco:
—No vamos a volver.
—Lo sé —respondió Samuel, apretando el peluche contra su pecho por un segundo—. Pero no deberías dejar cosas atrás cuando alguien ya confía en ti.
Ricardo no contestó. Se limitó a mirar por la ventana mientras el auto comenzaba a moverse por las calles de Nueva York, alejándose del edificio.
Samuel guardó el peluche en el bolsillo interior de su chaqueta, como si fuera un tesoro, como si fuera una parte de ella.
Dos días después – Roma
La maleta chocó suavemente contra la puerta del departamento.Samuel entró sin encender la luz, guiado por la costumbre. Dejó las llaves sobre la mesa, se quitó la chaqueta con lentitud… y sacó el pequeño peluche.
Lo dejó sobre el respaldo del sofá y lo miró por un largo rato.
Finalmente, se sentó, exhaló todo el aire que tenía en el pecho y murmuró en la oscuridad:
—No te preocupes, Isa… yo también te voy a guardar.
Y el silencio de la noche fue su única respuesta...
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Departamento de Samuel – Roma, Italia
De pronto, una voz dulce interrumpió el silencio del hogar.
—¡Papá, llegaste! —gritó Leo, corriendo desde su habitación.
El pequeño se lanzó a sus brazos con una sonrisa enorme. Samuel lo abrazó con fuerza, acariciándole el cabello con ternura. Sentirlo tan cerca le devolvía un poco del calor que había dejado atrás.
—Te extrañé, campeón —susurró, cerrando los ojos un segundo.
Leo se detuvo al notar algo en el sofá.
—¿Y ese peluche? —preguntó curioso, señalando el pingüino de felpa.
Samuel lo miró, y aunque una sombra cruzó su mirada, sonrió para que su hijo no notara nada.
—Es de una niña que conocí —respondió fingiendo normalidad.
Leo asintió sin darle importancia. Se estiró y lo abrazó con fuerza.
—Tengo sueño… voy a dormir.
Samuel lo acompañó hasta su habitación. Lo ayudó a meterse bajo las sábanas y lo arropó con cuidado.
—Mañana me cuentas todo lo que hiciste estos días, ¿bueno? —dijo con cariño.
—Sí, papi —respondió el niño con ternura, acurrucándose en la cama.
Samuel le dio un beso en la frente y caminó hacia la puerta. Antes de salir, sonrió.
—Buenas noches, descansa.
—Buenas noches, papá —respondió Leo con voz baja y adormecida.
Samuel cerró la puerta con suavidad. Regresó al salón, donde había dejado el peluche… pero ya no estaba. Se detuvo en seco por un segundo, y sin girarse, habló con voz tranquila:
—Isidora… devuélvelo.
Su esposa apareció tras él, caminando seria, con el peluche en las manos.
—¿De quién es? —preguntó, sin rodeos.
—De una niña, ya dije, amor —contestó Samuel con naturalidad, intentando mantener la calma.
—¿Tiene que ver con lo que estabas trabajando? —preguntó, ahora con preocupación en los ojos.
—Sí… pero ella está bien —respondió, acercándose a ella.
—¿Estás seguro? La última vez no terminó bien, Samuel. Y te lo dije: si volvías a meter a una niña en esto, si volvías a provocar algo así… esto se terminaba.
Samuel bajó la mirada. No respondió, solo hizo un gesto que decía todo: no pudo hacer nada.
—Ay, mi vida… —susurró Isidora con compasión, y lo abrazó con fuerza.
Samuel le devolvió el abrazo con la misma intensidad, y en voz baja, con los ojos cerrados, le confesó:
—Solo hice eso porque no quería que ella también muriera.
—¿Y está bien? ¿Está a salvo? —preguntó Isidora, acariciándole la espalda.
—Sí… solo está en un orfanato.
Isidora lo miró en silencio por unos segundos. Luego le acarició el rostro.
—Debes estar cansado. Ve a descansar. Yo me daré una ducha y te alcanzo pronto, ¿bueno?
—Está bien… pero no te tardes —respondió Samuel, sujetándola por la cintura.
La atrajo hacia sí, y la besó lentamente, con amor y con dolor mezclado.
—Te extrañé —susurró él.
—Yo también —contestó ella, apoyando su frente contra la de él.
Se separaron con una última caricia. Samuel fue hacia el dormitorio. Isidora, con el peluche en las manos, se quedó unos segundos en el salón, observándolo en silencio… como si ese pequeño objeto contara una historia que aún no terminaba.
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