Gabriel Moretti, un CEO perfeccionista de Manhattan, ve su vida controlada trastocada al casarse inesperadamente con Elena Torres, una chef apasionada y desafiante. Sus opuestas personalidades chocan entre el caos y el orden, mientras descubren que el amor puede surgir en lo inesperado.
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Conociendo la Rutina
Capítulo 7
El día siguiente comenzó con el sonido de un despertador que parecía una alarma de emergencia. Elena se revolvió en la cama, intentando ignorarlo, pero el ruido insistente era imposible de evitar.
“¿Qué demonios es eso?” murmuró, todavía medio dormida, mientras buscaba el origen del sonido.
Gabriel apareció en la puerta de su habitación, impecablemente vestido con un traje gris y su reloj perfectamente ajustado. “Es hora de empezar el día. No tenemos tiempo que perder.”
Elena lo miró como si hubiera perdido la cabeza. “¿Quién se despierta a las cinco de la mañana? ¿Acaso eres un militar disfrazado de CEO?”
“Es un horario eficiente,” respondió Gabriel, entrando a la habitación sin ser invitado. “Te sugeriría que lo adoptes. Tenemos una agenda por cumplir.”
“¿Tenemos?” preguntó Elena, sentándose en la cama con el cabello desordenado. “Pensé que tú eras el maniático del orden. Yo tengo mi propio ritmo.”
“No hoy,” dijo Gabriel, cruzándose de brazos. “Vamos a mi oficina. Quiero que entiendas cómo funcionan mis negocios. Si vamos a fingir este matrimonio, es importante que estés preparada para ciertas preguntas.”
Elena suspiró, dejando caer la cabeza en la almohada. “¿Es demasiado pronto para anular este matrimonio?”
Gabriel sonrió levemente. “Ya firmaste el contrato. Ahora levántate. Hay café esperándote.”
Media hora después, Elena estaba sentada en la enorme oficina de Gabriel, mirando una pantalla llena de gráficos y números. Intentaba concentrarse, pero la voz monótona de Gabriel explicando estrategias de mercado era como un sedante.
“¿Estás prestando atención?” preguntó él, notando cómo su mirada comenzaba a perder foco.
“Claro,” respondió ella, aunque no tenía idea de lo que estaba diciendo. “Algo sobre… inversiones, ¿verdad?”
Gabriel suspiró, claramente frustrado. “Esto es importante, Elena. Necesitas entender al menos lo básico si alguien te pregunta algo en un evento.”
“Gabriel,” dijo ella, girando en su silla, “la gente no me pregunta sobre inversiones. Me preguntan cosas como ‘¿dónde compraste ese vestido?’ o ‘¿cómo es vivir con Gabriel Moretti?’. Cosas simples.”
“Entonces, ¿qué respondes a eso?”
“Que vives con traje hasta para dormir y que probablemente tienes un código para la temperatura exacta del agua en la ducha,” respondió ella con una sonrisa burlona.
Gabriel la miró, sin saber si reír o enojarse. “Eres imposible.”
“Lo sé,” dijo Elena, encogiéndose de hombros.
El resto del día continuó con Gabriel intentando incluir a Elena en su mundo, y Elena resistiéndose a adaptarse. Durante una reunión en su oficina con algunos directores, Elena decidió sentarse en una esquina con una revista mientras los hombres hablaban en términos que le parecían otro idioma.
“¿Es esta la dinámica que planean mantener?” preguntó uno de los directores, mirando a Gabriel con una mezcla de curiosidad y crítica.
“Estamos ajustándonos,” respondió Gabriel con diplomacia.
Elena levantó la vista. “Yo estoy perfectamente ajustada, gracias. ¿Quieren que traiga café o algo? Porque parece que eso esperan de mí.”
La habitación quedó en silencio por un momento antes de que uno de los directores se riera, rompiendo la tensión. Gabriel, aunque visiblemente molesto, decidió no decir nada.
Esa noche, cuando finalmente regresaron al ático, Elena colapsó en el sofá. “Tu mundo es agotador, Gabriel. ¿Cómo sobrevives con tanto control?”
“Porque funciona,” respondió él, quitándose la corbata. “No entiendo cómo puedes vivir en el caos.”
“El caos tiene su encanto,” dijo ella, encendiendo la televisión. “Al menos mi vida no es un cronómetro gigante.”
Gabriel se sentó frente a ella, observándola. Por primera vez, se dio cuenta de que Elena tenía algo que él no: la capacidad de disfrutar el momento sin preocuparse por el futuro.
“Quizás podríamos aprender algo el uno del otro,” dijo finalmente, rompiendo el silencio.
Elena lo miró sorprendida. “¿Es eso un halago, señor eficiencia?”
Gabriel sonrió ligeramente. “No lo repetiré.”
“Anotado,” respondió ella con una sonrisa burlona.
El choque de mundos continuaba, pero entre las diferencias comenzaban a surgir pequeños destellos de algo más profundo.