«La única mujer capaz de ponerlo de rodillas era también la única a la que no tenía derecho a tocar». Nikolai Veyron tiene una regla: nunca desea lo suficiente a una mujer como para perder el control por ella. Hasta que una desconocida aparece en un club privado y convierte sus propias reglas en un juego. Ella elige la música, marca la distancia y decide cuándo termina cada encuentro. No le teme a su sonrisa, no se deja impresionar por su arrogancia y no parece interesada en descubrir quién se esconde detrás de su máscara. Nikolai quiere volver a verla. Pero cuando sus caminos se cruzan de nuevo, descubre que la mujer que le hizo olvidar todas sus reglas está comprometida con Alexander, su hermano. Vittoria Moreau es inteligente, elegante y demasiado consciente de lo que se espera de ella. Sin embargo, detrás de su compromiso hay una mujer que también tiene deseos, dudas y decisiones que nadie puede tomar en su lugar. Nikolai está acostumbrado a conquistar. Esta vez tendrá que aprender a esperar. Porque Vittoria puede romper su compromiso, elegir otro camino e incluso reconocer que siente algo por él. Pero no lo hará para convertirse en el siguiente capricho de un hombre que nunca ha sabido amar sin querer ganar. Nikolai puede desafiar a su familia, enfrentarse a su hermano y arriesgar su reputación. Lo único que no puede hacer es decidir por ella.
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El hombre correcto
Vittoria llegó al restaurante junto a sus padres, con una sonrisa impecable y un vestido elegante. La noche anterior había quedado atrás, al menos en apariencia.
Cuando los Veyron se acercaron a saludarlos, reconoció inmediatamente a Alexander, el hijo mayor de la familia.
Era un hombre atractivo, de modales refinados y una tranquilidad que contrastaba con la personalidad de otros hombres de su posición.
—Vittoria, es un placer verte de nuevo —saludó él, besándole la mano.
—El placer es mío, Alexander.
La cena transcurrió entre conversaciones sobre negocios, viajes y futuros proyectos. su hijo menor no apareció.
—Lamentamos que nuestro hijo menor no haya podido asistir —explicó Richard Veyron—. Tuvo algunos asuntos que atender.
—mi hermano siempre ha sido impredecible —comentó Alexander, sin darle demasiada importancia.
Vittoria tampoco preguntó más.
No tenía motivos para interesarse por un hombre al que apenas conocía. Mucho menos después de lo ocurrido la noche anterior.
Se concentró en la conversación, sonriendo cuando sus padres lo hacían y respondiendo con educación a cada pregunta.
Cuando los adultos comenzaron a hablar de lo bien que ella y Alexander podrían encajar como pareja, ninguno de los dos los interrumpió.
Sin embargo, cuando Richard aseguró que su hijo sería un esposo ejemplar, Alexander soltó un suspiro discreto.
Vittoria lo notó.
—¿Siempre hablan de ti como si estuvieras en una entrevista de trabajo? —le preguntó más tarde, cuando ambos quedaron solos junto a una ventana.
Alexander soltó una risa.
—Casi siempre. ¿Tan evidente es?
—Un poco.
—Entonces imagino que a ti te sucede lo mismo.
Vittoria sonrió con cierta resignación.
—Digamos que mis padres tienen una idea muy clara de cómo debería ser mi futuro.
—Los míos también.
Se miraron durante unos segundos y comprendieron algo sin necesidad de explicarlo: ninguno había elegido realmente aquella situación.
Pero Vittoria no veía a Alexander como un enemigo.
Él la trataba con respeto, escuchaba sus opiniones y no parecía interesado en imponerle sus deseos. Era, más bien, un hombre atrapado en el mismo juego que ella.
—Creo que podríamos llevarnos bien —dijo Vittoria.
—Yo también lo creo.
Alexander le ofreció una sonrisa sincera.
Al despedirse, le dio un breve beso en los labios. Vittoria no se apartó, pero tampoco sintió que aquel gesto despertara algo especial en ella.
Había algo extraño en esos besos.
Alexander siempre era cuidadoso, pero a veces parecía estar intentando demostrarse algo a sí mismo, como si necesitara convencerse de que podía cumplir con el papel que todos esperaban de él.
Vittoria decidió no sacar conclusiones.
Apenas lo conocía.
—Buenas noches, Alexander.
—Buenas noches, Vittoria. Espero verte pronto.
Ella regresó junto a sus padres y subió al automóvil.
—Es un hombre encantador —comentó su madre.
—Sí, lo es.
—Con el tiempo podrías enamorarte de él.
Vittoria miró por la ventana.
—Quizá.
No quería decepcionar a sus padres, pero tampoco quería prometer un amor que todavía no existía.
Alexander merecía algo más que una esposa que interpretara un papel.
Y ella también.
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A varios kilómetros de allí, Nikolai Veyron estaba sentado en el sofá de su departamento, con un vaso de whisky en la mano y la televisión encendida sin que realmente le prestara atención.
Había tenido un día lleno de reuniones, llamadas y asuntos pendientes.
Sin embargo, su mente insistía en regresar a la noche anterior.
A Vittoria.
A su sonrisa.
A la forma en que se había reído de una estupidez que, en cualquier otra circunstancia, ni siquiera habría merecido una sonrisa.
Nikolai frunció el ceño y bebió un poco.
—Ridículo.
Había conocido a cientos de mujeres. Algunas hermosas, otras inteligentes, varias demasiado interesadas en su apellido y su dinero.
Ninguna había conseguido que se quedara pensando en ella después de una noche.
Y, aun así, allí estaba.
Recordando unos ojos, una voz suave y una mujer que había sido capaz de hacerlo reír sin intentarlo siquiera.
Lo peor era que ni siquiera tenía su número.
Ni su apellido.
Ni la menor idea de dónde encontrarla.
Nikolai dejó el vaso sobre la mesa y se pasó una mano por el cabello.
—No volverás a verla —se recordó.
Era lo mejor.
Una noche agradable, nada más.
Se levantó para ir a su habitación, decidido a olvidarse del asunto.
Entonces recordó algo que lo hizo detenerse.
Antes de quedarse dormida, Vittoria le había sonreído de aquella manera tranquila, sin exigirle nada ni intentar impresionarlo.
Y él, que siempre encontraba una excusa para marcharse antes del amanecer, había sentido por primera vez la tentación de quedarse.
Aquello sí era preocupante.
Nikolai apagó la televisión.
—Una noche —murmuró—. Fue solo una noche.
Pero mientras caminaba hacia su habitación, volvió a sonreír al recordar a la mujer que, sin saberlo, había conseguido convertirse en una excepción.
Y Nikolai Veyron detestaba las excepciones.
Sobre todo cuando empezaban a importarle.
y la de los futuros reyes también