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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:992
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El Fuego de la Obsesión

El aire en los aposentos del príncipe heredero Ashen Nightbloom estaba cargado de perfume pesado, de sudor y de la respiración entrecortada de dos cuerpos que se buscaban sin encontrarse jamás. Las cortinas de terciopelo negro cerraban la estancia a la luz de la luna, dejando solo el brillo de las velas que se consumían goteando sobre los candelabros, igual que el tiempo se consumía en aquel lugar sin rumbo ni sentido.

Ashen estaba recostado, el torso desnudo, su piel pálida y perfecta bajo la luz vacilante, sus cabellos oscuros como la medianoche esparcidos sobre la almohada de seda. Era un hombre de belleza devastadora, de esas que rompen voluntades antes de que la razón pueda oponerse a ellas. Sus rasgos eran afilados, tallados con una crueldad casi perfecta, y sus ojos, negros como el abismo sin fondo, brillaban con un brillo inquieto, insaciable, que nada lograba apagar. Mujeres de todas las clases, desde damas de la nobleza hasta plebeyas, habrían dado su vida por una sola noche a su lado, por una sola mirada de esos ojos que parecían prometerlo todo y no dar nada. Pero Ashen Nightbloom no amaba. No sabía amar. Conocía el deseo, la posesión, el hambre de tener y desechar, pero el sentimiento puro y desinteresado era un idioma que su alma jamás había aprendido a pronunciar.

La mujer que yacía a su lado, desnuda y temblorosa de placer y expectación, se aferraba a su hombro, sus labios buscando los suyos con avidez. Era hermosa, rica, de buena familia, y creía que aquella noche significaba algo. Ashen la miraba sin verla, su mente en otra parte, su cuerpo respondiendo por inercia mientras su espíritu vagaba por lugares oscuros y solitarios. Iba a continuar, a hundirse en aquel acto vacío que repetía noche tras noche, cuando la puerta se abrió de golpe sin llamar, rompiendo el silencio pesado de la habitación.

—¡Alteza! —la voz del guardia real sonó rígida, apremiante, cortando el aire como una espada.

Ashen se incorporó de un salto, los ojos encendidos de ira, la mandíbula apretada con furia. La mujer a su lado soltó un grito ahogado y se envolvió rápidamente en las sábanas, ruborizada y aterrada, bajando la cabeza ante la presencia de los hombres.

—¿Quién os da permiso para entrar? —bramó Ashen, su voz grave y cortante, cargada de autoridad y rabia contenida—. ¡Salgan de aquí ahora mismo o haré que los azoten por la insolencia!

El guardia real y el consejero real, de pie en el umbral, no se movieron. El consejero, un hombre mayor de semblante serio y ojos cansados, avanzó un paso, su expresión grave como la tumba.

—Alteza —dijo él, con voz firme pero respetuosa—, perdonad la intromisión, pero la noticia es de tal magnitud que no podía esperar. Ha llegado, y debo informáros de inmediato.

Ashen se puso de pie de un salto, agarrando una túnica negra que arrojó sobre sus hombros, atándola con brusquedad. Sus ojos negros ardían con una cólera fría y peligrosa.

—¿Noticia? —escupió él—. ¿Qué noticia es tan urgente como para interrumpirme? ¿Se ha rebelado algún reino vecino? ¿Ha muerto mi padre? ¡Hablad de una vez!

La mujer, comprendiendo que ya no era bienvenida ni recordada, se envolvió rápidamente en su vestido y salió de la habitación con la cabeza baja, sin que Ashen le dirigiera ni una sola mirada, sin que le importara lo más mínimo que se fuera. La puerta se cerró tras ella, dejando a los tres hombres solos, y el silencio que siguió fue denso, pesado, cargado de presagio.

El consejero tomó aire, y sus palabras cayeron como piedras en el pecho del príncipe.

—Se trata de la dama Harriette Emberfall, Alteza. Se ha anunciado su compromiso. Se casa con el archiduque Aleric Duskbringer. La noticia llegó esta misma tarde, y ya se extiende por toda la corte.

El mundo se detuvo para Ashen Nightbloom. Por un instante, no entendió. Las palabras flotaron en el aire, sin sentido, como un idioma extranjero. Harriette. Su Harriette. ¿Casada? ¿Con él?

—¿Qué… qué habéis dicho? —murmuró él, dando un paso hacia el consejero, como si no hubiera oído bien—. Repetidlo.

—Harriette Emberfall se ha comprometido con el archiduque Duskbringer —repitió el consejero con suavidad, pero con firmeza—. El matrimonio se celebrará en menos de un mes. Es un trato cerrado, oficial.

El rostro de Ashen se transformó. El color se le fue de las mejillas, dejándolo pálido como la muerte, y sus ojos negros se abrieron de par en par, llenos de una incredulidad que rápidamente se transformó en furia, en confusión, en algo mucho más oscuro y voraz.

—No —susurró él, negando con la cabeza, como si pudiera negar la realidad con ese gesto—. No puede ser. Ella… ella es mía.

De pronto, se giró de golpe y comenzó a vestirse con una rapidez frenética, sus manos temblando de rabia mientras se ponía las botas, el cinturón, la espada. Cada movimiento era brusco, violento, como si la ropa fuera un enemigo al que vencer. Su mente viajó de vuelta a aquella noche, el baile de debutantes, cuando la vio por primera vez en el jardín, lejos de la música y las luces, sola bajo la luna llena y las estrellas que brillaban indiferentes sobre su tristeza.

La recordó tal como era entonces: vestida de blanco, como una flor de lis solitaria, su cabello rubio y ondulado cayéndole en cascada por la espalda, hilos de seda que brillaban bajo la luz de la luna. Estaba tan sola, tan desolada, tan frágil… y esos ojos azules, profundos y húmedos, lo miraron como si él fuera el único hombre en el mundo que pudiera salvarla. Al principio, solo la había deseado como había deseado a tantas otras: una noche, un juego, conquistar aquella belleza etérea y luego pasar página. Pero cuando ella lo miró así, con esa confianza absoluta, con esa ternura que nadie jamás le había mostrado, algo en él cambió. El deseo se transformó en hambre, la curiosidad en obsesión. Ya no quería solo su cuerpo. La quería entera. Quería su alma, su devoción, cada latido de su corazón. Quería que ella se entregara a él sin reservas, sin preguntas, sin nada que fuera suyo excepto a él. La había llenado de mentiras dulces, de promesas que nunca cumpliría, de palabras que sonaban a amor pero que eran posesión pura. Y ella lo había creído. Lo había amado con toda la inocencia de su corazón, sin saber que estaba entregándose a un depredador.

Y ahora… ella se iba a casar con otro. Con él. El archiduque Duskbringer. El hombre sombra. El guerrero que nadie había visto jamás, que vivía entre batallas y silencio, cuya fama era de frialdad y poder absoluto.

—¿Por qué? —murmuró Ashen, deteniéndose un instante, con la mano en el pomo de la puerta—. ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué no acudió a mí? Le dije que yo la protegería… le dije que ella era mía.

—Alteza —dijo el consejero con suavidad, intentando razonar con él—, la dama Harriette no os debe nada. No teníais ningún compromiso oficial. Ella ha elegido su camino, y debéis respetarlo. El archiduque es un hombre poderoso, y esta unión ya está sellada. No hay nada que podáis hacer.

Esas palabras fueron la chispa que encendió la pólvora. Ashen se giró hacia el consejero, y su mirada era tan oscura, tan llena de furia y peligro, que el hombre dio un paso atrás. No había rastro del príncipe encantador y seductor. Delante de él había una bestia herida, un ser cuyo orgullo había sido ultrajado.

—¿Respetarlo? —escupió Ashen, con una risa seca y amarga que heló la sangre de los presentes—. ¿Respetar que ella se atreva a pertenecer a otro? ¿Después de todo lo que yo le di? Ella es mía. Mía. Nadie más puede tenerla. Nadie.

—Alteza, os lo ruego, pensadlo —insistió el consejero, angustiado—. El archiduque no es un hombre con el que se juegue. Si interferís, podríais desatar una guerra. Pensad en el reino, pensad en el emperador…

—¡Al diablo con el reino! ¡Al diablo con mi padre y con el mundo entero si ella no está a mi lado! —gritó Ashen, y su voz resonó en toda la estancia, cargada de una locura que empezaba a desbordarlo—. Ella me eligió a mí. Me amó a mí. No tiene derecho a cambiar de opinión. No tiene derecho a dejarme por otro.

Se acercó al guardia real, y su mirada era una orden absoluta, innegociable.

—Preparad mi carruaje ahora mismo —ordenó, con voz tajante, fría y mortal—. Iré a verla. Iré a hablar con ella cara a cara. Y descubriré qué demonios ha pasado por su cabeza para aceptar tal unión. Algo no está bien. Ella no haría esto sin una razón. Alguien la ha obligado. Alguien la ha engañado.

—Alteza, no es prudente —volvió a intentar el consejero—. Si el archiduque se entera de que buscáis a su prometida antes de la boda…

—¡Que se entere! —bramó Ashen, abriendo la puerta de golpe—. ¡Que venga! Pero que sepa esto: ella es mía. Y si no puedo tenerla yo, nadie la tendrá. Ni siquiera ese hombre sombra.

El guardia, viendo que no había forma de disuadirlo, hizo una reverencia profunda.

—Como ordenéis, Alteza. El carruaje estará listo en unos minutos.

Salió de la habitación, dejando a los dos hombres solos. El consejero se quedó mirando al príncipe, con el corazón encogido por el temor y la premonición de desgracia. Ashen estaba junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad, sus puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Su rostro, antes hermoso y encantador, estaba contraído por una mezcla de dolor, rabia y una obsesión que lo consumía por momentos.

—¿Cómo se atreve? —susurró él, para sí mismo, con una voz quebrada y peligrosa—. ¿Cómo se atreve a elegir a otro cuando yo le di todo? ¿Acaso no entendió que yo era su dueño? Si se ha atrevido a dejarme… si ha decidido que no soy suficiente… entonces pagará el precio. Y él también. Ambos pagarán.

Se giró hacia el consejero, y en sus ojos negros no quedó ni un rastro de humanidad. Solo había fuego y destrucción.

—Tú te quedas aquí. No digas nada a nadie de mi partida. Esto es entre ella, yo y ese archiduque. Y cuando llegue a su presencia… cuando la vea y me confirme que es verdad… entonces decidiré si la perdono o si la destruyo. Porque si no puede ser mía… entonces no será de nadie.

El consejero sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Comprendió entonces que no era amor lo que el príncipe sentía. Era posesión. Era una enfermedad oscura y voraz que crecía en su pecho y que, tarde o temprano, acabaría arrastrándolos a todos al abismo.

—Alteza, os lo suplico —dijo con voz baja—, no hagáis algo de lo que os arrepintáis. La dama Harriette merece ser feliz. Merece elegir su camino.

—Elegir —repitió Ashen con amargura, acercándose al consejero hasta que su rostro estuvo a centímetros del suyo—. Ella no tiene derecho a elegir. Yo ya elegí por ella. Y si ella se atreve a desobedecerme… entonces la haré entender que el precio de traicionarme es mucho más alto de lo que imagina. La haré arrepentirse de haber nacido. Y luego… luego veremos qué hace ese archiduque cuando descubra que su esposa no es la mujer que creyó, sino una mancha que él no querrá cargar.

Se apartó de él, dando media vuelta y caminando hacia la puerta con paso firme, decidido, con la espada ceñida al costado y el corazón lleno de un veneno que ya no tenía antídoto.

—Voy por ella. Y cuando hablemos, ella sabrá la verdad. Sabrá que no puede escapar de mí. Que dondequiera que vaya, con quienquiera que se case… yo siempre seré su dueño. Y si no acepta eso… entonces le mostraré el infierno que ella misma ha desatado.

Salió de la habitación dejando tras de sí un silencio pesado y un presentimiento de tragedia. El consejero se quedó solo, mirando la puerta cerrada, sabiendo que algo irreparable acababa de comenzar. El destino se había retorcido en formas que nadie preveía, y el príncipe, ciego de ira y de un amor enfermizo, corría hacia su destrucción… y la de cualquiera que se interpusiera en su camino.

Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en el castillo Emberfall, Harriette miraba las estrellas desde su ventana, sin saber que el pasado galopaba hacia ella en la oscuridad, con la furia de un hombre que cree que todo le pertenece. Sin embargo, en el fondo de su corazón, no sintió miedo. Sintió la certeza fría y afilada de que el encuentro era inevitable. Y esta vez, cuando él llegara exigiendo, amenazando, mintiendo… ella ya no estaría allí para creerle. Estaría esperándolo con los ojos abiertos, con la verdad en la mano y la voluntad de hierro.

El juego comenzaba de nuevo, pero las reglas habían cambiado. Y esta vez, ninguno de los dos saldría ileso.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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