El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
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27
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Gustavo volvió a leer con más detenimiento el documento que ahora tenía en las manos. Era cierto. El nombre de Alena figuraba ahí con toda claridad. Y su firma se veía también al final del contrato.
El rostro de Gustavo se ensombreció al instante. Diez millones de dólares no era una suma menor. Y menos ahora, cuando el Grupo Balcázar no atravesaba su mejor momento. La empresa necesitaba mucho capital para estabilizar varios de sus sectores. ¿Cómo iba a desembolsar semejante cantidad solo para recuperar a Alena?
Selena, que hasta entonces había abrigado la esperanza de que su padre lograra llevarse a Alena a casa, también enmudeció. Pero en su silencio apretaba el puño. La sonrisa se le había borrado de la cara. Jamás se habría imaginado que Alena estuviera atada a Nathan por un contrato de cinco años. ¿No significaba eso que sus posibilidades de deshacerse de Alena eran cada vez más escasas?
Nathan suspiró mientras echaba una ojeada a su reloj de pulsera.
—Si no hay otro asunto, creo que nuestra conversación ha terminado.
Gustavo seguía visiblemente molesto. Pero no podía hacer nada. El contrato estaba firmado de manera oficial. Si insistía en llevarse a Alena sin que ella cumpliera con sus obligaciones, sería el Grupo Balcázar el que se enfrentaría a un problema legal.
Nathan dirigió entonces la mirada hacia Alena.
—Acompáñalos a la salida.
A ella la sorprendió un poco, pero enseguida asintió.
—Sí, señor.
La muchacha se acercó a la puerta y la abrió.
—Adelante, señor Balcázar, señorita Selena —dijo señalando hacia afuera con la palma de la mano.
Gustavo se levantó con el rostro contrariado. El hombre se limitó a un breve asentimiento antes de salir. Lo mismo hizo Selena, que enseguida siguió a su padre.
Pero no habían dado más que unos pasos fuera del despacho de Nathan cuando Selena se detuvo de pronto. La muchacha se dio la vuelta y recorrió a Alena de la cabeza a los pies con la mirada.
—Qué increíble estás ahora.
—¿A qué te refieres? —Alena frunció el ceño sin entender.
Selena esbozó una leve sonrisa. Una sonrisa de apariencia dulce, pero que escondía una pulla. Incluso empezó a caminar en círculo alrededor de Alena.
—Apenas se canceló tu boda con Renzo y ya andas buscándote un hombre nuevo —dijo con acidez—. ¿O no será que le venías siendo infiel a Renzo desde antes, y por eso te fue tan fácil dejar a un hombre que te amaba con tanta sinceridad?
Alena sonrió de medio lado, se cruzó de brazos y miró a Selena con calma.
—Por qué se canceló mi boda con Renzo lo sabes perfectamente. ¿En serio pretendes echarme la culpa a mí?
—Alena —interrumpió la voz de Gustavo—. ¡Guarda las formas! ¿Olvidas que Selena es tu hermana mayor? ¿Así se le habla a alguien mayor que uno?
Alena soltó una risita.
—¿En serio? Puede que sea mi hermana, pero ¿alguna vez me trató como a una hermana? Si lo hiciera, no haría nada que pudiera lastimarme.
Selena compuso un gesto afligido, lo que enfureció aún más a Gustavo.
—Tu hermana nunca te quitó a Renzo. Aquel día ella estaba enferma y Renzo no hizo más que llevarla al hospital.
Alena arqueó una ceja y miró a Gustavo con los ojos entornados.
—¿En serio? —preguntó con voz plana—. Si de verdad estaba enferma o no, usted debería saberlo. Pero ya no me importa. Nada de eso tiene que ver conmigo.
Alena desvió luego la vista hacia Selena.
—Gracias por quitarme a Renzo. Me hiciste darme cuenta de que un hombre como él, tan fácil de arrebatar, no vale la pena conservarlo.
Selena se quedó petrificada. El rostro se le encendió de rabia contenida. Pero cuando iba a replicar, Alena ya les había inclinado ligeramente la cabeza.
—Señor Balcázar, señorita Selena, que les vaya bien. —Dicho esto, Alena se dio la vuelta y volvió a entrar en el despacho de Nathan.
Selena seguía clavada en su sitio con el puño apretado. Recién ahora caía en la cuenta de que aquella Alena a la que siempre había creído fácil de vencer había cambiado. Alena ya no era la mujer que se quedaba callada cuando la herían. Y era justo eso lo que la hacía detestarla todavía más.
Gustavo continuaba paralizado en su lugar, con el rostro enfurruñado. Pero no solo porque había fracasado en llevarse a Alena de vuelta al Grupo Balcázar. Había algo más que no dejaba de rondarle la cabeza.
Alena... La niña que había criado con sus propias manos ya no lo llamaba papá.
"Señor Balcázar." Un tratamiento tan ajeno a sus oídos.
Desde que se canceló su boda con Renzo, la muchacha parecía haber borrado toda la cercanía que alguna vez tuvieron. Su actitud había empezado a cambiar incluso antes de irse de la casa. Se había vuelto fría, y ya no había manera de controlarla.
Y lo que más lo irritaba: Alena los había dejado atrás sin más, como si su existencia ya no importara. Gustavo apretó el puño antes de encaminarse por fin fuera de la planta ejecutiva junto a Selena.
Durante todo el trayecto hasta el ascensor, ninguno de los dos dijo una palabra. Selena seguía conteniendo su propia rabia, mientras Gustavo caminaba taciturno, pensando en el contrato que acababan de ver.
En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, Selena intentó decir algo.
—Papá...
—Ahora no hables. —La voz de Gustavo sonó gélida.
Selena se calló de inmediato. Ver el semblante tan sombrío de su padre le quitó el valor de abrir la boca.
Las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, y caminaron hacia el auto con paso pesado. Al final no les quedó más que marcharse del Grupo Villanueva con las manos vacías.
Al llegar al Grupo Balcázar, Selena se fue directo a su despacho. En cuanto la puerta se cerró herméticamente, el gesto dulce que había mantenido hasta entonces se esfumó al instante.
—¡Argh!
Arrojó sobre el sofá el bolso que le colgaba del brazo. Todo lo que había dentro se desparramó por fuera.
—¡¿Por qué siempre Alena?! —gritó con la respiración agitada. La muchacha se dejó caer con brusquedad sobre el sofá. Se llevó las manos al pelo y tiró de él hasta dejárselo revuelto.
Su plan para apartar a Alena de Nathan Villanueva había fracasado por completo.
Con qué esfuerzo le había pedido a su padre que fuera a llevarse a Alena de vuelta al Grupo Balcázar. Y quién iba a imaginar que Nathan ya había atado a Alena con un contrato de cinco años. ¡Cinco años! Durante todo ese tiempo Alena estaría al lado de Nathan.
—Diez millones... —siseó Selena con los ojos enrojecidos—. ¿Quién va a pagar semejante cantidad?
Imposible que su padre quisiera; menos aún con el Grupo Balcázar en un estado que no les permitía desembolsar tanto dinero.
Selena caminaba de un lado a otro mientras se aferraba el pelo con las manos. Y lo que más la enfurecía no era solo no haber podido traerse a Alena de vuelta. Era también que ahora Alena se veía cada vez más hermosa y radiante. Eso siempre la había puesto celosa. Porque Alena siempre había sido más bella que ella.
Selena apretó el puño.
—Cómo te atreves a quitarme al señor Nathan —siseó con la mirada perdida.
Antes, Alena siempre había estado bajo su control. Cualquier cosa que Alena tuviera, ella se la arrebataba con facilidad. Incluso a Renzo había logrado quitárselo.
¿Pero ahora? Hasta Renzo empezaba a arrepentirse. Y Alena, en cambio, había conseguido a Nathan. El hombre que ella tanto había deseado y al que nunca había logrado acercarse.
—No... —Selena negó con fuerza, sin querer aceptar la realidad—. Es imposible que yo pierda contra ti.
—Alena... —El puño de la muchacha volvió a cerrarse con fuerza—. No voy a dejar que vivas más feliz que yo.
La mirada de Selena se afiló. Si el primer plan había fallado, solo tenía que buscar otra manera. Porque para Selena, rendirse no era una opción.