Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 22. ¿Pensaste bien lo que hiciste?
Ghian no tuvo que aprender a ser dios; la Armonía no llegó a él como una epifanía luminosa ni como un coro de serenidades celestiales, sino como una arquitectura que se revelaba desde dentro, una estructura viva que le permitía comprender cómo cada gesto encontraba su consecuencia, cómo toda promesa llevaba escondido un sacrificio y cómo incluso la traición más pequeña podía convertirse, con el tiempo, en el germen de una guerra.
Desde que la esencia se asentó en su centro, el mundo dejó de ser una sucesión de hechos y pasó a mostrarse como un entramado de líneas invisibles, tensas, precisas, enlazando destinos que antes parecían independientes.
Entre todas esas líneas, hubo una que no dejó de vibrar con urgencia. Kiara no estaba muerta. Eso lo supo de inmediato. Pero tampoco estaba donde debía estar.
No se trataba de un secuestro ordinario ni de una prisión trazada con muros o cadenas. Era algo más sofisticado: un desplazamiento deliberado dentro del entramado de planos, una reubicación quirúrgica que la apartaba del alcance humano sin empujarla por completo al dominio absoluto de la Muerte.
La habían colocado en una zona gris, un pliegue inestable del tejido cósmico que, al abrirse del todo, no volvería a cerrarse. Por esa grieta podrían infiltrarse los dioses del Inframundo en los dominios celestiales. No era un error; era una jugada milimétricamente calculada para alterar el equilibrio y, cuando el caos pareciera inevitable, tomar el control.
Ghian cerró los ojos apenas un instante y dejó que la nueva claridad lo atravesara. Sentía a Josag despierto, íntegro en su oscuridad; sentía a la Muerte caminando con conciencia plena de sí misma. Eso no lo sorprendía. Lo que sí le resultaba significativo era que Josag, aun despojado de Armonía, no hubiera intentado detenerlo. Podía haberse presentado frente a él, haberlo desafiado, y no lo hizo. Ese silencio también era una decisión, y en la red de causas y efectos, toda decisión tenía peso.
No pidió permiso. La Armonía respondió a su voluntad con naturalidad, como si siempre le hubiera pertenecido. El espacio frente a él no se rasgó ni se abrió con estruendo; simplemente dejó de obedecer a las coordenadas habituales. Las líneas del mundo se deslizaron, se reacomodaron, y Ghian dio un paso que no fue exactamente un movimiento, sino una transición.
Apareció en un territorio sin cielo. No era oscuridad, pero tampoco había horizonte. Era un plano suspendido entre dimensiones, un lugar donde el tiempo avanzaba con irregularidad, como si dudara de sí mismo. El aire tenía un peso extraño, una densidad que no hería pero agotaba. Era un espacio diseñado para desgastar lentamente, para erosionar la voluntad sin necesidad de violencia.
Kiara estaba allí, de rodillas, respirando con dificultad. No había sangre ni heridas visibles, pero el entorno la drenaba como una corriente invisible que le robaba fuerza segundo a segundo. Cuando levantó la vista y lo vio frente a ella, no mostró sorpresa; en su mirada no hubo miedo, sino una mezcla de lucidez y resignación.
- “¿Qué haces aquí? Vete”, dijo Kiara.
La voz le salió áspera, no por debilidad, sino por urgencia.
Algo profundamente humano atravesó a Ghian antes que cualquier impulso divino. No respondió de inmediato. Se acercó con calma y se arrodilló a su altura, reduciendo la distancia sin imponerse.
“No debías estar aquí”, dijo Ghian, y su tono no fue reproche, sino constatación.
- “Tú tampoco”, replicó ella, sosteniéndole la mirada.
Y tenía razón. Kiara comprendía mejor que muchos el precio de alterar el orden. Hija de una diosa y de un cuerpo celestial, había crecido sabiendo que cada intervención dejaba una cicatriz en el tejido del cosmos. Alguien la había movido como una pieza estratégica, confiando en que Armonía sería pasiva, un contrapeso inmóvil incapaz de actuar por voluntad propia.
No habían previsto que el nuevo portador no contemplaría desde la distancia.
Ghian extendió la mano, pero antes de tocarla observó el plano que la retenía. Vio las fracturas delicadas, las cadenas invisibles tejidas con inteligencia, construidas por alguien que conocía las reglas lo suficiente como para torcerlas sin romperlas. Sonrió apenas, no con arrogancia, sino con comprensión. Habían subestimado a la Armonía.
Se puso de pie y el plano vibró con una frecuencia nueva. No alzó la voz ni invocó nombres antiguos; tampoco desató energía visible. Simplemente reajustó las conexiones. Allí donde el tejido estaba mal alineado, devolvió el eje; donde había una tensión forzada, restableció la proporción. Lo que sostenía la prisión de Kiara perdió coherencia, como una estructura que descubre de pronto que su base ya no existe.
El espacio comenzó a colapsar sobre sí mismo, no con violencia, sino con inevitabilidad. Kiara se inclinó hacia adelante cuando el suelo dejó de sostenerla, y esta vez Ghian la tomó sin dudar.
El contacto fue cálido, real, indiscutiblemente humano. Durante ese breve segundo, la Armonía no actuó; fue él quien la sostuvo.
- “¿Cuánto ha cambiado?”, preguntó ella en un susurro que apenas rozó el aire inestable.
- “Todo”, respondió Ghian, y no hubo exageración en sus palabras.
Dio un paso más, y el plano gris quedó atrás. No regresaron al mismo punto de partida, sino a un lugar seguro, donde el cielo tenía color, el viento una dirección clara y el tiempo volvía a fluir con constancia. La transición fue suave, como si el mundo aceptara la corrección sin resistencia.
Ghian la soltó únicamente cuando estuvo seguro de que podía mantenerse en pie por sí misma.
Kiara lo observó con detenimiento, estudiando la nueva quietud que lo habitaba. Ella sabía que cada acto divino tenía un costo, y que intervenir en un movimiento tan calculado no quedaría sin respuesta.
- “¿Pensaste bien lo que hiciste?”, preguntó Kiara , no como reproche, sino como advertencia. Él sostuvo su mirada sin apartarse.
- “No”, admitió. “Solo te quería de vuelta”.
La sinceridad fue más poderosa que cualquier manifestación de poder. Una lágrima descendió por la mejilla de Kiara, no por debilidad, sino por la conciencia clara de que había sido amada hasta el punto de desafiar el cielo, y que ese desafío reclamaría un precio alto.
En algún rincón del cosmos, Odio había supuesto que Muerte quedaría aislada; Guerra había calculado que Amor sería vulnerable. Ninguno de los dos contempló la posibilidad de que la nueva Armonía eligiera moverse, proteger y corregir sin pedir permiso ni buscar aliados. Creyeron enfrentarse a un principio contemplativo, cuando en realidad habían despertado una voluntad.
Ghian alzó la vista hacia el horizonte que ahora sí existía. Comprendió entonces que ser dios no significaba permanecer inmóvil en un trono invisible, sino intervenir cuando el equilibrio era manipulado con intención de quebrarlo. Y al hacerlo, acababa de declarar, sin palabras y sin estruendo, que la Armonía no sería un espectador en la guerra que se avecinaba.