En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.
Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.
Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.
Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.
Ivy no era la víctima inocente que todos creían.
Era una estratega.
Una manipuladora.
Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.
Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.
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EL OTRO CUADERNO
El motor del Mercedes-Benz ronroneaba con una suavidad que resultaba casi insultante. El silencio dentro de la cabina era espeso, cargado de una tensión que nadie se molestó en disipar. Afuera, el mundo pasaba como una película muda hasta que el elegante vehículo se detuvo frente a la entrada principal del Markhan College.
Las puertas de hierro forjado y el escudo heráldico de la institución se alzaban como las fauces de un monstruo de piedra.
—Cuídate.
Fue lo único que dijo el Sr. Sawyer. No había afecto en su voz, pero tampoco una amenaza directa. Era una formalidad vacía.
Lo miré de reojo. Sus manos permanecían firmes sobre el volante de cuero. Asentí levemente —un gesto mecánico— y bajé del auto. El aire de la mañana era inusualmente frío.
Una maleta pequeña. Una mochila al hombro. Nada más. No necesitaba más pertenencias para la guerra que estaba a punto de librar.
El auto se alejó sin esperar respuesta, dejando atrás solo el rastro del escape y el eco de las llantas sobre el pavimento impecable. Me quedé allí, sola, frente a la imponente entrada. Todo en Markhan College era demasiado perfecto. Los jardines estaban recortados con precisión geométrica; los edificios de ladrillo rojo parecían recién inaugurados. Era un silencio artificial, de esos que solo el dinero puede comprar.
—Srta. Dawson.
Giré sobre mis talones. Una mujer con traje oscuro y el cabello recogido en un moño tirante me observaba. Llevaba una sonrisa profesional, de esas que nunca llegan a los ojos.
—Bienvenida a Markhan College. Soy la Prefectura de Admisiones.
—Gracias —respondí. Mi voz sonó plana, funcional.
Tomó mi maleta con destreza ensayada, como si servir fuera parte de su protocolo de hospitalidad.
—Sígame, por favor. El proceso de inducción es breve pero estricto.
Caminamos por los pasillos interiores. Todo estaba impecable. Las luces eran cálidas, estratégicamente colocadas para resaltar las pinturas al óleo que adornaban las paredes. Los pisos de mármol brillaban tanto que podía ver mi propio reflejo distorsionado bajo mis pies. El silencio persistía, pesado, roto solo por el chasquido rítmico de los tacones de la mujer.
—Como estudiante semibecada, tendrá acceso completo al alojamiento y las comidas en el pabellón residencial —explicó sin mirarme—. Sin embargo, debe tener en cuenta que ciertos gastos adicionales, como materiales de laboratorio avanzado y algunas actividades extracurriculares de élite, no están incluidos en su paquete básico.
Asentí. Ya lo sabía.
—Entiendo perfectamente.
—Su patrocinador ha cubierto un año entero de colegiatura por adelantado —continuó, haciendo énfasis en la palabra «patrocinador».
Patrocinador. Claro. Sawyer. El hombre que pagaba mi educación para acallar una culpa que yo no estaba dispuesta a perdonar. O tal vez, para mantenerme vigilada, encerrada en una jaula de oro donde pudiera controlar cada uno de mis movimientos.
—Aproveche esta oportunidad, Srta. Dawson —dijo la mujer, deteniéndose para mirarme—. No cualquiera tiene la suerte de ingresar a Markhan a mitad de período. Aquí formamos líderes.
—Lo haré. No tenga duda de ello.
Continuamos caminando por el campus. La estructura era laberíntica pero eficiente.
—Markhan es una institución de élite. Nuestros estudiantes van a las mejores universidades del mundo, no solo del país. La disciplina es nuestro pilar fundamental. Cualquier falta al código de conducta resulta en expulsión inmediata.
No respondí. No había venido a seguir reglas; había venido a desenterrar secretos. Mis ojos se movían constantemente, memorizando salidas, cámaras de seguridad y puntos ciegos.
—Ese edificio de allá es el ala masculina —señaló hacia la izquierda, donde un bloque de construcción más robusto se erigía entre los árboles—. Muchos estudiantes residen aquí por conveniencia y para fomentar los grupos de estudio nocturnos. El ala femenina está en el extremo opuesto.
Asentí de nuevo. El mapa mental en mi cabeza se completaba.
—Allí está el comedor principal. Y detrás, el centro de artes.
Todo estaba organizado. Demasiado organizado. Era una microciudad diseñada para que nadie tuviera que salir jamás de sus límites. Una burbuja perfecta donde la realidad exterior no podía filtrarse.
Subimos una amplia escalera de madera tallada que crujió sutilmente bajo nuestros pies. El ala residencial olía a cera para muebles y a un perfume floral genérico y costoso.
—Su habitación es la 201. Aquí tiene su tarjeta de acceso.
—Gracias.
Me entregó una tarjeta de plástico con el logotipo del colegio. Estaba a punto de entrar cuando un sonido al final del pasillo me detuvo. Un conserje salía de una habitación unos metros más adelante, cargando una bolsa de plástico transparente llena de objetos personales.
—Terminé con la habitación de la Srta. Ivy —dijo el hombre dirigiéndose a la prefecta—. ¿Dónde dejo estas últimas cosas?
Mi pulso cambió de marcha. Fue una picadura eléctrica que recorrió mi columna, pero no permití que nada se mostrara en mi rostro. Mantuve una expresión helada.
—Déjelas en el depósito de objetos perdidos —respondió la mujer con desdén—. Su familia vendrá a recogerlas a finales de semana. No queremos desorden en los pasillos ahora que tenemos nuevas llegadas.
Familia. Qué palabra tan irónica. Miré la puerta de la que el hombre acababa de salir: 210.
Ivy. Mi hermana.
No dije nada. Entré en mi propia habitación, la 201, y cerré la puerta con cerrojo.
Dejé la maleta sobre la cama pequeña. Tiré la mochila al suelo. Me quedé inmóvil, escuchando. El silencio en el pasillo regresó rápidamente. Esperé exactamente cinco minutos, cronometrando cada segundo en mi reloj mental.
Cuando estuve segura de que la prefecta se había ido y el conserje estaba lejos, salí.
Caminé con absoluta calma. Mis pasos eran ligeros, casi inexistentes sobre la alfombra del pasillo. No miré hacia los lados. Si alguien me encontraba, diría que estaba explorando las instalaciones o buscando el baño de visitas. Tenía la coartada lista, pero no la necesité.
Me detuve frente a la puerta 210. El número metálico brillaba bajo la luz del pasillo.
—Bueno… Ivy. Veamos qué dejaste atrás.
Giré la manija con cuidado. No estaba cerrada con llave; la limpieza acababa de terminar y el protocolo de cierre total aún no se había aplicado. Me deslicé dentro y eché el pestillo.
La habitación estaba limpia. Demasiado limpia. Las sábanas estaban tirantes, sin una sola arruga. El escritorio no tenía ni una mota de polvo. Estaba desprovista de vida, despojada de la personalidad de mi hermana. Era como si Ivy nunca hubiera existido, como si el colegio hubiera intentado borrar su rastro en un desesperado intento por evitar el escándalo de su ausencia.
Me quedé en el centro del cuarto. Cerré los ojos e intenté visualizarla allí.
—¿Qué escondías, Ivy? No podías ser tan simple como sugería tu diario en casa.
Al cabo de unos minutos buscando entre los rincónes más recónditos que la limpieza no notó, encontré la verdadera pista: un segundo cuaderno, oculto bajo el forro del cajón inferior. Un cuaderno rosa.
Ese no era el diario de una adolescente; era un diario de guerra. Un expediente de inteligencia que diseccionaba las vidas de quienes la rodeaban. Ivy no escribía sobre chicos que le gustaban; escribía sobre debilidades que podía explotar.
Rumores plantados con precisión quirúrgica que destruían reputaciones en una sola tarde. Expulsiones relámpago por faltas que nunca existieron. Profesores brillantes despedidos de la noche a la mañana por «conducta inapropiada» que solo Ivy afirmaba haber presenciado. Solo a través de palabras. Solo por ella.
Mi estómago se apretó. El mundo perfecto de Markhan no era más que un campo de batalla cubierto de seda y terciopelo. Ivy no era la víctima inocente que mis padres lloraban en la cena. Era la arquitecta del caos, una manipuladora que jugaba con las vidas ajenas como si fueran piezas de plástico en un tablero de su propia invención. Y alguien, eventualmente, se había cansado de ser su juguete.
Y entonces... lo entendí.
No era solo otro nombre en la lista. Era el único que no encajaba en el patrón de destrucción de mi hermana. Ivy solía destruir a los cercanos para mantener el control, pero con él era diferente. No lo diseccionaba con desprecio; lo reclamaba como una posesión valiosa, como un trofeo que no estaba dispuesta a compartir.
Malcom Price.
Claro. Preciso. Inevitable.
En la primera clase del día, mi mirada escaneó el aula. Un movimiento lento, pesado, como el de un depredador que finalmente detecta una marca específica en la manada.
¿Dónde estás…?
Entonces lo vi.
Estaba sentado cerca de la ventana, tres filas delante de la mía, bañado por una luz cenicienta que se filtraba a través de los altos ventanales. No hablaba con nadie. No se unía a las risas falsas del grupo central. No pretendía estar interesado en la lección. Estaba físicamente allí, pero su mente parecía profundamente enterrada en un lugar al que nadie más tenía acceso. Miraba a la gente con la misma frialdad analítica con la que yo lo hacía. No miraba lo que hacían; miraba por qué lo hacían.
Nuestros ojos se cruzaron.
Fue solo un segundo —una fracción de tiempo que se sintió eterna, como si el oxígeno en la habitación se hubiera desvanecido de repente. Malcom Price no apartó la mirada de inmediato. Yo tampoco. Hubo una chispa de reconocimiento aterrador entre nosotros. No era la mirada de un chico interesado en la chica nueva. Era algo mucho más oscuro. Como si él también estuviera buscando a alguien en esa habitación… y hubiera encontrado a la persona equivocada.
Fue entonces cuando noté el detalle: un pequeño moretón, casi invisible bajo la sombra del cuello de su camisa, justo debajo de la línea de la mandíbula. Un rastro de violencia reciente que chocaba violentamente con su uniforme perfecto y su postura controlada.
Miré hacia otro lado primero, rompiendo el contacto por pura estrategia. No quería que viera lo mucho que me había perturbado ese contacto visual. Saqué el cuaderno rosa de mi mochila y lo coloqué sobre el escritorio, oculto bajo el pesado libro de teoría política. Lo abrí en una página al azar, pero no leí nada de lo escrito allí. Ya tenía suficiente información por hoy.
Malcom Price. Primer nombre. Primera pieza real del rompecabezas de la muerte de mi hermana.