"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Peso de la Realidad
La mañana en Jurubirá amaneció con un cielo gris plomizo, como si la naturaleza se hubiera puesto de acuerdo con el ánimo tenso de la familia Garcés. Sofía no bajó a desayunar; se quedó en el porche, observando el mar con una melancolía que Bertha vigilaba de cerca desde la cocina. Había una profundidad en su tristeza que a su madre le aterraba; ya no era el llanto de una niña, sino el silencio pesado de quien empieza a entender las decepciones del mundo.
Aurora, con el rostro endurecido por la pelea de la noche anterior, salió temprano hacia el muelle. No quería cruzarse con nadie, y mucho menos con Pablo. Pero en un pueblo tan pequeño, los caminos siempre se encuentran. Al llegar a la orilla, encontró a Pablo tratando de ayudar a Julio a asegurar unas pesadas vigas de madera que el oleaje fuerte amenazaba con soltar.
—Deje eso, Rossi —soltó Aurora, interviniendo con firmeza—. Esas vigas pesan más de lo que sus manos de oficina pueden aguantar. Vaya a revisar sus documentos de Europa, que para eso está aquí.
Julio miró a su hija con extrañeza.
—Aurora, no hay necesidad de esa actitud. El muchacho solo está colaborando antes de que la lluvia se vuelva tormenta.
—Lo que pasa, papá, es que aquí no necesitamos colaboradores que tengan la cabeza en otra parte —replicó ella, dándose la vuelta para seguir trabajando sin darle espacio a la réplica.
Pablo sintió el rechazo de Aurora como un balde de agua fría. Se alejó del muelle y, al pasar frente a la casa de los Garcés, vio a Sofía. La joven lo miró esperando que él se acercara, quizás buscando alguna palabra que calmara su angustia, pero Pablo solo le dedicó un asentimiento respetuoso y distante con la cabeza, siguiendo su camino hacia la posada. Él entendía que cualquier gesto de cercanía podía malinterpretarse, y su prioridad era no causarle más daño.
Al llegar a la posada, sin embargo, se encontró con una sorpresa que le heló la sangre. Doña Carmen estaba hablando con un hombre de traje oscuro y maletín negro, que contrastaba violentamente con la sencillez del pueblo.
—Señor Rossi, qué bueno encontrarlo —dijo el hombre, consultando una tableta digital—. Soy el abogado enviado por su padre, Alessandro. Traigo las órdenes para iniciar la inspección técnica de los terrenos del sector norte. Su padre dice que el tiempo de las "negociaciones amistosas" se terminó. Mañana mismo empezamos a medir los linderos de las parcelas que bloquean el acceso al puerto.
Pablo apretó los puños. El abogado no sabía nombres, solo hablaba de coordenadas y números de catastro, pero Pablo conocía perfectamente de quiénes eran esas parcelas. Eran las de Julio Garcés.
—Mi padre no puede enviar una inspección técnica sin mi aprobación —dijo Pablo con voz baja y tensa.
—Su padre es el dueño de la corporación, señor Pablo. Usted es solo su representante —respondió el abogado con una sonrisa cínica—. Y si usted no avanza con las firmas de esos pescadores, él iniciará el proceso de expropiación por utilidad pública. Mañana a primera hora estaré en esos terrenos con los topógrafos. No importa quién viva allí, el proyecto tiene que avanzar.
Pablo miró hacia el muelle, donde Aurora y Julio trabajaban sin sospechar que para la corporación Rossi ellos no eran personas, sino obstáculos en un plano. Comprendió que ya no podía ser neutral. O enfrentaba al abogado de su padre, o permitía que le arrebataran lo único que esa familia poseía.