Adán siempre pensó que, después de la muerte de su padre omega, su mundo no podía romperse más. Pero al iniciar su último año de universidad, descubre que su papá—un beta inestable, adicto al alcohol y a los casinos—no solo tenía una segunda familia, sino que también había cobrado el seguro por la muerte del hombre que lo crió. Cuando las deudas de su padre se vuelven impagables y los acreedores empiezan a presionar, Adán se ve obligado a enfrentar a uno de los dueños del casino: Víctor Salvatierra, un alfa de treinta años con fama de frío, calculador y peligroso. Un hombre que dirige negocios legales… y otros de los que nadie quiere hablar. Víctor está cansado de escuchar a su madre criticarlo por no tener pareja, convencida de que nunca podrá lograr un vínculo estable. Pero cuando Adán aparece en su oficina exigiendo que liberen a su padre, Víctor encuentra la oportunidad perfecta:
Una deuda enorme. Un omega desesperado. Y una propuesta que podría solucionarles la vida a ambos.
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AYUDA
La noche anterior había sido de las más pesadas que había tenido Víctor. Durante la madrugada, Adán lo despertó llorando en sueños; su cuerpo temblaba y su voz se quebraba entre sollozos que no parecían querer terminar. Era extraño para Víctor, no porque no comprendiera el dolor, sino porque nunca había visto a alguien tan joven cargar con tanto peso.
—Tranquilo… estoy aquí —le había susurrado aquella noche, pasando una mano firme pero cuidadosa por su espalda.
“Necesita ayuda profesional”, pensó para sí mismo. Sabía que no bastaba con su presencia ni con palabras de aliento, pero aunque sería difícil para Adán, no lo dejaría solo.
El amanecer tardó en llegar. Cuando por fin lo hizo, Adán se levantó como si se tratase de un día más.
No recordaba del todo la pesadilla, solo la sensación amarga en el pecho. Notó que estaba solo en la habitación, pero no se preocupó; se bañó y se arregló para salir, intentando convencerse de que todo estaba bajo control.
En la mesa del comedor estaban los platos servidos y listos para ser probados. Adán notó que el plato de Víctor estaba ahí, pero él no estaba a la vista.
Frunció ligeramente el ceño.
Caminó en silencio hacia la sala de estar y lo vio durmiendo en el sofá. No pudo evitar reír en voz baja. Se acercó sigilosamente, con pasos suaves, esperando no despertarlo.
Al llegar a su rostro, el de él se tiñó de rojo. Sintió cómo su corazón se aceleraba sin permiso. Había algo en Víctor, incluso dormido, que lo hacía sentir seguro… y confundido. No quería interrumpir su descanso, de no ser por Liliana.
—¡Oh, Adán! —dijo en voz alta la omega.
El tono alegre de ella fue suficiente para despertar a Víctor.
—Buenos días, Víctor —dijo Adán nervioso desde el suelo, al darse cuenta de que se había quedado demasiado cerca.
Víctor lo miró unos segundos, aún adormilado, y luego le extendió la mano para ayudarlo a levantarse del suelo.
—Buenos días —respondió con una leve sonrisa.
—Venía a buscarlos, el desayuno está listo —dijo Lili mientras salía de la sala.
Sus ojos pícaros parecían ver cosas donde no las había… o quizá sí.
—Desayunemos. Después iremos al banco —dijo Víctor, caminando hacia el comedor.
El omega asintió mientras le seguía el paso, intentando ignorar el cosquilleo en su pecho.
Después del desayuno y tal y como había dicho Víctor, emprendieron su camino en dirección al banco. El trayecto fue silencioso, cargado de pensamientos que ninguno se atrevía a decir en voz alta.
Mientras ellos realizaban los trámites pertinentes para cobrar el seguro de vida, alguien llegó a la mansión.
—Señora, hemos llegado —dijo el chofer al detener el auto.
Lara levantó la vista, quedando sorprendida por lo que veía.
—Augusto… ¿estás seguro de que estamos en el lugar correcto?
—Sí, señora, es la dirección de siempre.
—No parece la misma casa… ¿realmente estás seguro?
—Mi señora, estaré viejo, pero no soy tonto. Creo que no me escuchó hace un momento cuando le dije que el joven Víctor tiene un invitado en casa —explicó el beta.
—¿Un invitado?… Eso significa que… —sus ojos se iluminaron— veré a mis nietos.
Parecía ser que su hijo se llevaría una gran reprimenda al verla.
Caminó hacia la mansión y Lili la vio de lejos.
—Tía, ¿qué haces aquí?
—Vine a ver a Víctor y me encuentro con todo esto —dijo Lara, aún anonadada.
—Sí, es un cambio increíble. El trabajo de todos dio frutos. Vamos adentro; le diré a mi mamá que has llegado. Antes de que preguntes, Víctor no se encuentra —explicó la omega.
—Esperaré adentro. Dile a tu madre que me prepare algo para la impresión.
Y sí, en innumerables ocasiones Lara había intentado que Víctor mandara a limpiar el lugar, y ahora, de la nada, era recibida por una casa recién restaurada de arriba a abajo.
—¿Qué ocultas, Víctor?
Mientras ella se preparaba mentalmente para darle una buena reprimenda, Víctor y Adán habían salido del banco.
—Vamos a hacer algo diferente —dijo Víctor rompiendo el silencio.
—¿De qué hablas? —preguntó Adán, sorprendido.
Antes de llegar a los territorios de la mansión, se encontraba cerca un pequeño lago. Víctor estacionó el coche cerca de una entrada que solo él sabía dónde estaba.
—Adán, quiero que guardes este pequeño secreto. Como tú, yo también perdí a mi padre y descubrí cosas de él que no me parecieron. Es por eso que este lugar se ha convertido en mi refugio —dijo Víctor.
—No entiendo… ¿a dónde vamos? —preguntó nervioso Adán.
—Tranquilo. A partir de hoy quiero compartir este lugar contigo. Si quieres llorar, llora. Si estás enojado y quieres gritar, grita. Estás en todo tu derecho —dijo Víctor, apartando una cortina vegetal.
—Es muy hermoso —dijo Adán al ver el lago—, pero no creo que esto funcione.
—Sí funcionará. No lograremos mucho sin ayuda profesional, pero sí se puede.
Sus miradas se cruzaron, como si fuesen llamadas por el otro sin necesidad de palabras.
Adán sintió cómo su corazón se oprimía. Se sentía angustiado por el futuro, molesto por su padre beta y furioso al saber que no era el hijo del hombre al que llamó papá toda su vida.
Víctor se quedó a su lado sin decir nada. Lo acompañó en silencio, sin moverse, sin hacer movimientos bruscos. Esperó.
Esperó a que Adán dejara salir todo lo que llevaba
en el pecho. Cuando por fin escuchó pequeños sollozos, lo abrazó.
Claro que lo entendía. Él había pasado por algo similar. Pero no se dejó vencer por sus sentimientos y ahora estaba dispuesto a ayudar a Adán.
Cuando el omega por fin se calmó, lo llevó de regreso a la mansión. No dijeron nada en el camino; solo estuvo ahí, apoyándolo en silencio.
Al llegar, fueron recibidos por Lili, quien los esperaba afuera.
—Tía Lara acaba de llegar… y está molesta, muy molesta.
Adán y Víctor se prepararon mentalmente para lo que la mujer les diría, Víctor lo sabía su madre no tardaría en saber lo que pasaba y era preferible hacerle creer cosas que hacerle daño a su corazón.