«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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18
¡Válgame Dios ! Les juro por mi reputación de narradora que ni el mismísimo Rayo McQueen corrió tan rápido en sus mejores épocas de copa pistón como nuestro pequeño retoño de treinta años. Entró a toda velocidad a la ducha. Y a ver, juro y les prometo con la mano en el corazón que yo solo vi un poquito —porque una tiene que hacer su trabajo de investigación—, y les puedo decir con toda seguridad y base científica que ese hombre tiene tres piernas. Con hambre su mujer no se va a quedar, de eso no hay duda, pero bueno... cerremos los ojos y sigamos con lo nuestro antes de que me dé un torrente de pecaminosos pensamientos.
Mírenlo nada más , qué guapo. Ese atuendo casual de playera de algodón ajustada y unos jeans de diseñador oscuro se le ve muy bien. Y, sobre todo, ese pantalón le remarca a la perfección lo que tiene que remarcar. Una obra de arte caminando.
Nuestro muchacho subió a su auto y manejó a toda velocidad hasta la "humilde" villa Barone, y ¡cuál fue su sorpresa! Justo al llegar a la entrada principal, un tipo uniformado estaba entregando un paquete.
—Firme aquí, por favor —decía el hombre, tendiendo una tableta digital.
—Claro, muchas gracias —respondió María, la ama de llaves de toda la vida de la familia Barone, firmando rápidamente.
Luciano bajó del auto con paso imponente, cerrando la puerta con un golpe seco. Su mirada escaneó de inmediato el enorme arreglo que el repartidor acababa de dejar en los brazos de la mujer.
—Buenas noches, María. ¿La señorita Tessa? —saludó Luciano, intentando modular su voz gruesa.
—Joven Luciano, buenas noches, pase. La señorita baja en un momento, se está terminando de arreglar —respondió la mujer con una sonrisa amable, haciéndose a un lado para dejarlo entrar al gran recibidor de la villa.
Luciano se quedó parado en el vestíbulo, clavando los ojos en el paquete. La curiosidad y el instinto de territorialidad le picaban en el pecho.
—María... no me gusta ser chismoso —mintió Luciano de la forma más descarada posible, porque el tipo es el rey de los metiches si de Tessa se trata—, pero... ¿Un repartidor a esta hora de la noche? ¿Quién las mandó?
—Ah, sí, joven Luciano. Es que la señorita recibió flores —explicó María con total naturalidad, acomodando el enorme jarrón sobre la mesa del recibidor.
—¿DE QUIÉN ?—la palabra salió de la boca de Luciano con la fuerza de un latigazo. Los ojos se le abrieron de golpe—. ¿Quién carajos le manda flores a estas horas?
—¡Lu! Llegaste.
La dulce voz de Tessa interrumpió el interrogatorio. Venía bajando las escaleras de mármol y, miren qué bonita, llevaba un conjunto deportivo de diseñador, de esos que son cómodos pero estilizan la figura de una forma espectacular. Le quedaba perfecto. Ok, nena, lo hiciste de nuevo: tanto así que se le apagó por completo el cerebro a Luciano. El gigante se le quedó mirando con la boca ligeramente abierta, embobado, y por un microsegundo mágico se le olvidó por completo el asunto de que le habían mandado flores. Pero claro, la felicidad del pendejo dura poco.
—María, ¿quién era en la puerta? —preguntó Tessa al llegar al último escalón, notando el enorme arreglo que adornaba el recibidor.
—Señorita, le mandaron esto —dijo María,.
—Oh, qué bonitas... . ¿Traen tarjeta? —preguntó Tessa con los ojos brillando de emoción.
Dios, Luciano, disimula por lo menos un poco. Cierra la boca, acomódate la playera, haz algo que no parezca que estás a punto de clavarle los dientes a la porcelana del piso. Pero no, el tipo parecía una pantera a punto de saltar sobre su presa.
—Sí, señorita, tenga —le dio María el sobrecito.
Tessa abrió el pequeño papel con delicadeza, carraspeó un poco y leyó en voz alta con esa dulce voz que a Luciano siempre le cortaba la respiración:
—A ver... dice: "Me dijeron que me cuidara de las tentaciones en Italia, pero no puedo resistirme a esos ojitos lindos que tienes y a esa sonrisa hermosa".
—¡Ay, qué bonito, señorita! —exclamó María, juntando las manos con romanticismo.
—¿QUIEN LO FIRMÓ? —rugió Luciano, dando un paso al frente tan violento que María dio un respingo hacia atrás. Su voz pareció sacada del mismísimo infierno.
Tessa parpadeó, mirando la firma al final del elegante papel con una sonrisa divertida que buscaba provocar exactamente la reacción que estaba obteniendo.
—Mmm... Alfonso Valverde —leyó ella con total calma.
—¡El estúpido mexicano! —escupió Luciano, cruzándose de brazos, con los ojos inyectados en rabia pura. ¡México picando adelante de nuevo y anotándose un punto con el romanticismo!
—Qué bonito detalle —comentó Tessa, acercándose al jarrón para aspirar el aroma de los pétalos perfectos—. Son hermosas.
—Son rosas, Tessa. A ti no te gustan las rosas —sentenció Luciano con una hostilidad insoportable, volteándose directo hacia la empleada—. ¡MARÍA, TÍRALAS! La señorita no tolera las rosas . ¡Sácalas de aquí ahora mismo!
Tessa se plantó firme frente a él, cruzándose de brazos también y mirándolo hacia arriba con una ceja alzada, desafiándolo por completo.
—Oye, ¿por qué las van a tirar? Si son bellísimas —reclamó ella, defendiendo su regalo—. Además, el detalle es lo que cuenta. Fue muy lindo de su parte enviarlas tan rápido.
«¡Luciano, por el amor de Dios, respira tranquilo! ¡Cuenta hasta el millón y si después de eso lo quieres matar pues vas y lo matas , pero deja que Tessa disfrute sus malditas flores en paz!», le suplicaba yo desde su cabeza, agotada de tanta testosterona mal enfocada. Pero el italiano ya estaba montado en su macho y la noche de cine apenas estaba empezando con el peor pie .