Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 18
El salón principal de la Fundación Idolen estaba diseñado para impresionar incluso antes de que llegaran los invitados.
Las paredes de vidrio reflejaban la ciudad iluminada como si fuera una extensión natural del edificio, y las mesas redondas, cubiertas con manteles oscuros y discretos arreglos florales, formaban una especie de constelación elegante bajo una luz cálida y perfectamente calculada.
Tomás observaba el lugar con la sensación incómoda de quien sabe que está fuera de su territorio natural.
—¿Esto siempre es así? —murmuró, ajustándose la corbata por tercera vez.
—Sí —respondió Richard con serenidad—. Las restauraciones cuestan dinero. Y el dinero suele venir vestido de gala.
Isolda, en cambio, parecía perfectamente tranquila.
Llevaba un vestido oscuro de líneas simples, pero su manera de moverse hacía que todo a su alrededor pareciera una extensión natural de su presencia.
No caminaba como una invitada..Caminaba como alguien que había presidido salones mucho más grandes que aquel.
Tomás la observó mientras saludaba a un grupo de académicos con una inclinación de cabeza que era elegante.
—¿Te das cuenta de que está disfrutando esto? —susurró.
Richard sonrió levemente.
—Algunas personas nacen sabiendo cómo ocupar una sala.
Los invitados comenzaron a acercarse con curiosidad cuidadosamente disimulada.
Un historiador preguntó por el proyecto de restauración.
Un inversor quiso saber si habría visitas privadas al castillo una vez terminado.
Una periodista, que claramente no figuraba en la lista oficial, trató de obtener una declaración improvisada.
Isolda respondió a todos con una naturalidad que sorprendía incluso a Tomás. No parecía estar actuando. Simplemente recordaba.
—La restauración no consiste en reconstruir paredes —explicaba con calma—. Consiste en devolverle coherencia a una historia que el tiempo dejó incompleta.
El comentario provocó murmullos aprobatorios.
Richard la observaba desde el otro extremo de la mesa con una mezcla de admiración y cautela.
—Tiene una habilidad extraordinaria para decir exactamente lo que cada persona quiere escuchar —comentó.
Tomás negó con la cabeza.
—No. Tiene una habilidad extraordinaria para decir lo que piensa… y lograr que todos crean que era su idea desde el principio.
Richard dejó escapar una risa baja. La cena avanzó entre conversaciones refinadas, copas de vino y discursos breves sobre patrimonio histórico.
Hasta que ocurrió. Un hombre mayor, de cabello completamente blanco y traje impecable, se detuvo frente a Isolda con una expresión de desconcierto absoluto.
La observó durante varios segundos. Demasiados.
—Perdón… —dijo finalmente—. Esto es bastante extraño.
El murmullo alrededor comenzó a disminuir.
Isolda lo miró con calma.
—¿Sí?
El hombre señaló discretamente su rostro.
—Hay un retrato en los archivos de la Fundación… del siglo XVII.
La mesa entera quedó en silencio. Tomás sintió cómo se tensaban sus hombros.
—Es posible —respondió Isolda con serenidad—. Los retratos suelen exagerar el parecido.
Pero el hombre no parecía convencido.
—No —insistió—. No es un parecido. Es exactamente el mismo rostro.
El comentario se propagó como una onda silenciosa entre los invitados.
Varias miradas comenzaron a dirigirse hacia ella.
Isolda sostuvo la situación con la calma de quien ha sobrevivido a crisis mucho más peligrosas.
—Entonces supongo que ella debió ser mi doble en la antigüedad, después de todo dicen que todos tenemos una copia exacta.
Algunos invitados rieron con discreción. Pero el hombre seguía mirándola con una atención inquietante.
Fue entonces cuando Richard intervino. Se acercó con la sonrisa tranquila que utilizaba cuando una conversación empezaba a desviarse hacia territorios incómodos.
—Profesor Halberg —dijo con cordialidad—, creo que está recordando el retrato de Lady Isolda de Idolen.
El hombre asintió de inmediato.
—Exactamente.
Richard miró a Isolda.
—La familia Doren desciende de una rama lejana de esa misma casa. El parecido no debería sorprendernos demasiado.
La explicación cayó sobre la mesa como una solución perfectamente preparada. Los murmullos comenzaron a disiparse. El profesor Halberg pareció considerar la idea durante unos segundos.
Luego asintió.
—Eso… explicaría mucho.
Richard levantó su copa.
—Brindemos, entonces, por los caprichos de la genética.
Las conversaciones retomaron su curso lentamente.
Pero Tomás notó algo que los demás no. Durante unos segundos, antes de que el murmullo regresara al salón, Isolda había dejado de sonreír. Y su mirada se había vuelto muy antigua.
Cuando la cena terminó y los invitados comenzaron a retirarse, Tomás se acercó a ella.
—Eso estuvo cerca.
Isolda tomó una copa de agua con tranquilidad.
—Los retratos siempre han causado problemas.
—Richard te salvó.
Ella miró hacia donde el director de la Fundación conversaba con algunos mecenas.
—No lo hizo por mí.
—¿No?
—Lo hizo por la historia que está construyendo.
Tomás siguió su mirada.
—¿Y eso te preocupa?
Isolda tardó un momento en responder.
—No. Pero me recuerda que las historias importantes siempre tienen enemigos.