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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:665
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 16

Los días siguientes fueron un desfile de sonrisas, fiestas y silencios ocultos. Cartagena se cubría de luz y música: los buques españoles atracaban con cargamentos nuevos, los pregoneros llenaban las plazas, y el aire olía a canela, pólvora y mar.

Selene, como siempre, caminaba entre la gente con su porte sereno, su abanico de encaje, y esa sonrisa que todos admiraban. Nadie podía sospechar que bajo aquel semblante de calma se escondía una tormenta.

James la veía desde lejos, cada vez que coincidían en el mercado o en las reuniones del puerto. Él fingía indiferencia, hablaba con otras damas, reía con un gesto forzado. Pero en sus ojos se encendía el mismo fuego que ella trataba de apagar.

Y Selene, al notarlo, sonreía.

Sonreía con delicadeza, como si no lo viera, pero sabiendo que lo tenía frente a ella.

Era un juego cruel y hermoso a la vez.

Ella sabía lo que hacía. Él también.

Cada mirada, cada saludo cortés, cada palabra que no se decía era un filo que los hería a ambos.

Una tarde, en la plaza mayor, sus caminos volvieron a cruzarse.

Selene iba del brazo de su esposo Antonio, vestida con un traje color marfil y perlas en el cuello. Reía con dulzura, le acomodaba la capa, y hasta apoyó la cabeza en su hombro para que todos vieran lo unidos que estaban.

James estaba allí, entre los oficiales y comerciantes, fingiendo escuchar una conversación. Pero su rostro se tensó al verla tan cercana a su marido.

Y cuando ella levantó la vista, lo miró.

Solo un segundo.

Un segundo suficiente para decir todo lo que las palabras no podían.

James apretó la copa en su mano hasta casi romperla.

Selene, en cambio, le sostuvo la mirada… y sonrió.

Esa sonrisa suya, leve y altiva, no era de burla ni de desprecio. Era de orgullo. De mujer que decide jugar con fuego y no apartar la vista.

Antonio, su esposo, seguía ajeno. Hablaba animado sobre los negocios del azúcar y las nuevas rutas con Sevilla. Selene lo escuchaba con atención fingida, pero en el fondo pensaba en algo que él nunca podría imaginar.

Porque Antonio era un buen hombre, sí. Noble, respetuoso. Pero su corazón no la deseaba.

Su amor estaba en otro lugar, con otro hombre.

Y Selene había aprendido a convivir con ese secreto: un matrimonio de conveniencia, de respeto, de apariencias.

James no sabía nada de eso.

Él solo veía una mujer casada, feliz, adorada por su esposo.

Y eso lo devoraba por dentro.

Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo el rumor del mar, Selene se miró al espejo. Se quitó las joyas una por una, dejando caer los pendientes sobre el tocador. Su reflejo la observaba con los ojos brillantes.

—¿Por qué sonríes así, Selene? —susurró para sí misma.

Y su alma respondió en silencio:

“Porque mientras él me odie… aún me ama.”

 

El día avanzaba lento, tibio, como si el sol quisiera quedarse suspendido sobre los árboles. Desde mi silla, veía las sombras moverse sobre la tierra húmeda y los pétalos abrirse despacio, uno a uno. Había aprendido a querer ese silencio; era el único lugar donde mi mente podía fingir que no recordaba.

Tomé el balde de agua y me incliné a regar los tomates. El olor del tallo verde me trajo, sin querer, un recuerdo: las manos de James, firmes, manchadas de tierra, cuando me ayudó a plantar aquel primer árbol en la colina.

—Así crecerá con nosotros —me dijo aquella vez—.

Y yo, tan ilusa, creí que hablaba del amor.

Sacudí la cabeza. No podía permitirme eso. No ahora. No aquí.

Volví al trabajo, intentando distraerme con el sonido del agua y el canto de las aves. Pero el pensamiento volvía como un eco necio. ¿Por qué siempre se detenía frente a mi cerca? ¿Por qué no podía simplemente irse de Cartagena y dejarme en paz?

Me refugié en lo doméstico. Fui por las gallinas, recogí los huevos tibios, los acomodé con cuidado en una cesta. Luego pasé al pequeño cobertizo y ordené los frascos de mermelada: papaya, piña, patilla. Cada uno con su etiqueta, perfectamente alineado.

A veces pienso que mi vida se volvió eso: una hilera de frascos bien cerrados, donde guardo todo lo que no debo sentir.

Al mediodía, el calor se volvió insoportable. Preparé un jugo helado de patilla y limón, y me senté bajo la sombrilla, dejando que la brisa del mar me despeinara un poco. La tela se movía suavemente, y yo miraba el horizonte, preguntándome si él seguiría ahí, del otro lado de la cerca, fingiendo observar el camino cuando en realidad me buscaba con la mirada.

—Basta —me dije en voz baja—. Basta, Selene.

Pero el corazón no entiende razones.

En mi diario, las palabras parecían querer salir solas, como si alguien más las dictara desde dentro de mí:

> “Hoy lo vi otra vez. Fingí no notarlo, pero lo sentí.

Su sombra se movía igual que antes, su presencia llenaba el aire.

No ha cambiado. O quizás soy yo la que no ha podido olvidarlo.”

Cerré el diario de golpe, con fuerza, y respiré profundo.

Tenía que seguir. Preparar la comida, revisar los animales, cumplir con mi rutina. La gente decía que me veía siempre tan alegre, tan tranquila… “Selene siempre sonríe”, repetían.

Y yo sonreía, sí. Sonreía porque si no lo hacía, el alma se me partiría en mil pedazos.

Cuando cayó la tarde, el cielo se volvió dorado. Me quedé un largo rato en el porche, viendo cómo el sol se escondía detrás de las palmeras. Los grillos empezaron su canto, y la brisa traía el olor del mar mezclado con el del jazmín.

Cerré los ojos y, por un instante, creí escuchar su voz.

—Selene…

Abrí los ojos. No había nadie.

Solo el sonido del viento moviendo las hojas.

Y sin embargo, mi corazón latía como si lo tuviera al frente.

Quizás era eso lo que más dolía:

que incluso el silencio me lo recordaba.

Esa noche, mientras escribía las últimas líneas del día, dejé que la verdad, por primera vez en mucho tiempo, se escapara en una sola frase:

> “No lo he olvidado. Ni quiero hacerlo.”

Apagué la lámpara, y la oscuridad llenó la habitación.

El murmullo del mar llegó desde lejos, como un secreto que nadie debía escuchar.

Y aunque sabía que al amanecer volvería a fingir que todo estaba bien, algo en mí ya había despertado: la certeza de que el amor, cuando es verdadero, nunca se apaga… solo aprende a esperar.

La mañana llegó despacio, con la luz colándose por entre las cortinas que Amelia, tan puntual como siempre, abrió sin compasión.

—Señora, ya es hora —dijo con su voz firme pero cariñosa.

Yo apenas logré cubrirme con la sábana.

—Amelia, no por favor… un ratito más —susurré, entre el sueño y la pereza.

Ella soltó un suspiro, ese que siempre da cuando no logra convencerme.

—Tiene que levantarse, señora, el señor ya está por despertar y hay que prepararle el desayuno.

Y entonces, al ver mi rostro pálido, me miró preocupada.

—Dios mío, señora… toseó en la noche, ¿verdad? Está ardiendo un poco. Voy a decirle al señor.

—No, Amelia, por favor no le digas nada —le pedí, sentándome en la cama—. Es solo el aire de anoche, no te preocupes.

Ella asintió con desconfianza y salió a buscar una infusión de miel y manzanilla.

Me quedé un momento sola, mirando la ventana abierta. La brisa movía las cortinas, y el cielo estaba claro, limpio, como si nada doliera en el mundo.

Aún sentía en mis labios el beso de anoche, aquel gesto dulce de mi esposo antes de dormir. Lo miré mientras se vestía y sonreí al recordarlo. Había sido tan amable, tan cálido… tan correcto.

Y sin embargo, algo dentro de mí seguía inquieto.

No era culpa ni miedo: era una sensación de distancia.

Como si el cariño que nos unía fuera un espejo en el que ambos fingíamos ver amor.

Me puse de pie, caminé hacia el tocador y me cepillé el cabello. Amelia regresó con la taza humeante.

—Beba, señora. Esto le calmará la garganta.

—Gracias, Amelia. Eres un ángel —le dije con una sonrisa cansada.

Tomé un sorbo, y sentí el calor de la miel recorriéndome la voz.

Ella, como siempre, hablaba mientras arreglaba las sábanas.

—El señor salió temprano, dijo que tenía que verse con unos hombres del puerto… y que volvería antes del almuerzo.

—Ah, sí, el puerto… —repetí sin pensarlo, y sentí cómo el pecho se me apretaba.

El puerto.

Donde a veces él estaba.

Donde, quizá, podría volver a verlo.

Sacudí la cabeza y dejé la taza a un lado.

—Hoy no voy a salir, Amelia —dije—. Me quedaré en el huerto.

Ella asintió, aunque su mirada me examinaba como si supiera que algo más ocurría.

—Como usted diga, señora. Pero no se esfuerce mucho.

El sol estaba tibio al principio, y luego se fue volviendo más fuerte.

Pasé la mañana en mi huerto, regando las plantas, cortando las flores más altas, cuidando las papayas y los tomates.

El aire olía a tierra mojada y a frutas dulces. Me gustaba sentir la brisa y el calor sobre la piel, como si el día me purificara de los pensamientos que no debía tener.

Pero sin darme cuenta, el tiempo pasó demasiado rápido.

Cuando Amelia regresó a buscarme, me encontró con el rostro encendido.

—¡Señora! —exclamó alarmada—. Se expuso mucho al sol, mírese… ¡está quemada!

Yo reí un poco, cansada.

—Ay, Amelia… apenas fue un rato.

—Un rato largo, sí, mi señora —replicó ella con tono de madre—. Mire sus mejillas, parecen brasas. Le voy a preparar paños fríos y un poco de crema.

—Está bien, Amelia, haré lo que digas —le respondí con suavidad.

Mientras me aplicaba los paños fríos en el cuello y los hombros, ella murmuró:

—Usted tiene que cuidarse, mi señora… el sol no siempre perdona.

—Lo sé —le dije, mirando por la ventana hacia el fondo del jardín—. Hay cosas que tampoco perdonan, Amelia.

Ella no entendió, o fingió no hacerlo.

Cuando se fue, volví a quedarme sola.

Y allí, más allá de la cerca, una sombra se movía lentamente, como fingiendo pasear.

Sabía quién era.

Y supe también que, por mucho que lo negara, algo en mí ya esperaba ese momento.

El agua tibia reposaba sobre mi piel como un alivio bendito. Amelia había dejado en la bañera pétalos de rosa y unas gotas de aceite de almendra, y el aire del baño olía a miel, manzanilla y calma. Mis mejillas seguían rojas por el sol, parecían tener rubor natural, y la crema que Amelia me aplicó aún dejaba un brillo suave en mi piel.

Reía sola, recordando lo torpe que había sido quedándome tanto tiempo en el huerto. El ardor se calmaba poco a poco, y el agua me envolvía con un suspiro de alivio.

Entonces escuché pasos.

La puerta se abrió suavemente, y era él.

Mi esposo.

Entró con su paso tranquilo, con ese porte sereno que lo distinguía, y se acercó despacio hasta la bañera.

—¿Cómo está mi querida esposa? —dijo con su voz amable.

—Mejor —respondí sonriendo—. Me he ganado un color nuevo gracias al sol.

Él rió, sentándose al borde de la bañera.

—El sol es celoso —dijo en tono juguetón—, quiso tenerte para él un rato.

—Y casi lo logra —contesté, riendo también.

Comenzó a contarme sobre sus negocios: los barcos que habían llegado, las ventas que se concretaron, y el trabajo que se venía en los próximos días. Hablaba con entusiasmo, gesticulando con las manos mientras el vapor del agua lo envolvía.

—Vendimos casi todo el cargamento de especias —dijo—, y los nuevos contratos parecen prometer más.

—Eso me alegra, querido. Roma, Francia, todo el mundo quiere lo que Cartagena produce —comenté, jugando con el agua entre mis dedos.

Entonces, con naturalidad, él mencionó a “su amor”.

—También la vi hoy —dijo, bajando un poco la voz—. Está bien, sonriente… hablamos un rato.

Yo lo miré con ternura, sin sorpresa.

—¿Y cómo se llama? —pregunté con una sonrisa traviesa.

Él se rio.

—Sabes que no te lo diré, Selene.

—Claro que sí —insistí en tono de broma—. Si eres feliz, yo también lo soy. Pero al menos dime si te trata bien.

Él sonrió y se inclinó hacia mí.

—Sí, lo hace. Y tú, ¿sigues cuidándome a mí? —dijo con suavidad.

Me incliné un poco, el agua se movió suavemente, y lo besé. Fue un beso dulce, sencillo, sin preguntas ni reproches.

Él bajó un poco más para alcanzarme mejor, apoyando una mano en el borde de la bañera.

Detrás, Amelia, discreta como siempre, se volteó un poco para no vernos y fingió acomodar las toallas.

El momento se volvió tranquilo, casi familiar.

Había cariño, respeto, una extraña complicidad que solo nosotros entendíamos.

No era pasión, ni fuego, era algo más sereno: una paz aprendida.

Cuando se separó, me acarició la mejilla enrojecida.

—Prométeme que mañana no volverás a quemarte, mi amor —dijo en voz baja.

—Lo prometo —le respondí sonriendo—. Solo me quedaré donde haya sombra.

Él me besó de nuevo en la frente y se levantó.

—Te esperaré para almorzar —añadió antes de salir.

Cuando la puerta se cerró, Amelia se volvió hacia mí.

—Mi señora… usted tiene un corazón grande, demasiado —murmuró con cariño.

Yo suspiré, mirando el agua temblar.

—Tal vez, Amelia… pero hay corazones que duelen por eso.

El baño siguió en silencio, solo el murmullo del agua y el eco de lo que nunca se decía.

El agua aún estaba tibia cuando me hundí lentamente, dejando que cubriera mis hombros, mis brazos, mis pensamientos.

Cerré los ojos. Sentí el murmullo suave del líquido acariciando mi piel, como si el baño quisiera consolarme en silencio.

El vapor llenaba la habitación, subía en espirales hacia el techo, y todo olía a flores y jabón de almendras.

Solo escuchaba el ritmo pausado del agua, la respiración de Amelia cerca, y el golpeteo leve de las gotas cayendo del techo.

—Señora… —susurró Amelia, con voz temerosa de romper el silencio.

No respondí.

Solo quería quedarme ahí, flotando, donde el peso del alma se disolvía.

El cansancio, los miedos, las dudas… todo parecía desvanecerse en el agua.

Por un instante, imaginé que el tiempo se detenía, que nada ni nadie podría tocarme.

Finalmente abrí los ojos.

Vi a Amelia de pie junto a la bañera, con la toalla doblada entre sus brazos, observándome con esa mezcla de respeto y cariño que solo ella sabía mostrar.

Me incorporé despacio; el agua tibia resbaló por mi piel y el aire fresco me hizo estremecer. Amelia se apresuró a cubrirme con la toalla, secando mis hombros con suavidad.

—Amelia… —le dije con una débil sonrisa—. Estoy feliz, ¿sabes? No sé por qué, pero siento algo distinto.

Ella me miró con sorpresa.

—¿Distinto, señora? ¿Qué siente?

—No lo sé… algo cambia en mí, aquí dentro —respondí, llevando la mano al vientre.

De pronto lo sentí: un leve movimiento interior, una presión nueva.

Mis pechos dolieron y, al mirarme, noté algo imposible.

Una pequeña gota blanca brotó.

Mi respiración se entrecortó.

—Amelia… —susurré con voz temblorosa—. Busca una doctora. Rápido, por favor.

Ella salió corriendo, y yo me quedé sola, con el corazón golpeando como si quisiera escapar del pecho.

El tiempo se volvió lento, casi inmóvil.

Cuando mi esposo llegó, ya me había vestido con una bata de lino claro.

—¿Qué ocurre, amor mío? —preguntó con preocupación.

—Creo que… —dije con una sonrisa débil—. Vamos a tener un bebé.

Él quedó en silencio. Luego se arrodilló ante mí, me tomó las manos y las besó.

—¿De verdad, Selene? —preguntó con un hilo de voz.

Asentí.

—Amelia fue por la doctora. Vendrá enseguida.

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Al cabo de unos minutos, Amelia regresó acompañada de una mujer entrada en años, con rostro sereno y manos curtidas.

Llevaba un cofre de madera y un bolso de cuero colgando del brazo.

Era una de las parteras formadas en el hospital de San Juan de Dios, donde las monjas enseñaban a examinar mujeres embarazadas con métodos heredados de España.

—Buenas tardes, Su Señoría —dijo inclinando la cabeza—. Vengo a examinarla con su permiso.

—Por favor, pase, doctora —respondí con voz temblorosa.

Amelia colocó una manta limpia sobre el diván, y la mujer preparó sus instrumentos: una vela para alumbrar, una balanza pequeña para pesar líquidos, y un tubo de madera hueco, conocido entonces como “trompa de Pinard”, aunque en América apenas comenzaban a usarlo.

El examen siguió los procedimientos de la época, paso a paso.

La observación del rostro y la piel:

La doctora me observó atentamente las mejillas y los ojos.

—Tiene un brillo especial, señora. La piel más cálida, el pulso más vivo —murmuró.

En el siglo XVII, se creía que el “color en la sangre” era señal de concepción.

El control del pulso y el abdomen:

Me pidió recostarme y colocó su mano sobre mi vientre con extrema delicadeza.

—Respire profundo… otra vez… —decía mientras palpaba.

En aquella época, la presión leve sobre el abdomen servía para detectar endurecimientos o latidos.

La “prueba de la orina”:

Amelia trajo una vasija de barro donde la doctora vertió un poco de mi orina.

Añadió unas gotas de vino blanco, removió con una varilla y esperó unos segundos.

—Si el color se aclara y flota espuma fina, hay vida dentro —explicó.

Era uno de los métodos coloniales, aprendidos de las comadronas españolas.

El oído sobre el vientre:

Luego tomó su pequeño tubo de madera, lo apoyó sobre mi abdomen y acercó su oído.

Cerró los ojos, escuchando con atención.

En aquellos tiempos, se buscaba el sonido de un “golpeteo interior”, o lo que llamaban el “soplo de la criatura”.

Después de unos segundos, levantó la cabeza con una sonrisa.

—Está confirmado, Su Señoría. El cuerpo se prepara para dar vida.

Amelia se llevó las manos a la boca para contener el grito.

Mi esposo se acercó, con lágrimas en los ojos, y me abrazó sin decir una palabra.

La doctora, mientras tanto, guardó sus instrumentos y continuó con las recomendaciones tradicionales de Cartagena colonial:

—Debe guardar reposo al menos nueve días —dijo—. Evite el viento del mar y el agua fría. Tome caldo de gallina con cebada, y beba infusiones de manzanilla o anís para fortalecer el vientre.

—Así lo haré —le respondí, con una voz entre lágrimas y risa.

Antes de marcharse, me colocó una mano sobre la frente y recitó una breve oración, costumbre entre las mujeres del puerto:

> “Dios bendiga la semilla que duerme,

y dé fuerza a quien la guarda.”

---

Esa noche, cuando el sol cayó y las campanas del convento de San Pedro repicaron a vísperas, me quedé en silencio, con la mano sobre el vientre.

El aire olía a sal y a promesa.

Por primera vez, sentí que no estaba sola.

Una nueva vida crecía dentro de mí,

como una estrella encendida en el corazón de Cartagena.

Esa noche apenas pude dormir.

El aire del puerto entraba por la ventana, tibio y salado, trayendo el sonido de las olas golpeando contra los muros de piedra.

El rumor de los barcos, el canto lejano de los marineros, todo parecía más vivo que nunca.

Me recosté sobre el costado izquierdo, como la doctora había indicado, y puse una mano sobre mi vientre.

No podía dejar de pensar en lo que crecía dentro de mí.

Una vida, tan diminuta como el destello de una luciérnaga, y sin embargo tan poderosa que había cambiado todo mi mundo.

Mi esposo dormía a mi lado, con una de sus manos sobre la mía.

A veces, cuando el viento soplaba, él se despertaba solo para mirarme y asegurarse de que estaba bien.

Su respiración me daba calma.

Sentía en su mirada una ternura que antes no conocía, una especie de devoción silenciosa.

Ya no era solo mi compañero… ahora era el guardián de algo que pertenecía a los dos.

Al amanecer, Amelia entró con un tazón de caldo de gallina, preparado como la doctora ordenó:

cebada hervida, trozos de pollo, un poco de anís y canela.

El aroma era reconfortante.

—Debe comerlo despacio, señora —dijo ella, acomodando las cortinas para que el sol no me diera de lleno—. El cuerpo necesita fuerza para el alma que viene.

Sonreí, tomando la cuchara entre las manos.

Cada sorbo sabía a hogar.

Recordé las palabras de la doctora: “Evite el viento del mar y las aguas frías.”

Así que Amelia me preparaba baños de esencias suaves —rosas, lavanda, y hojas de laurel— que templaban el cuerpo y calmaban el espíritu.

Eran baños lentos, sin prisas, donde yo podía sentir mi respiración y el ritmo del corazón del pequeño dentro de mí.

A los pocos días, comenzaron los cambios.

El cuerpo se sentía distinto.

Mis pechos estaban más llenos, mi piel más tibia, y en las mañanas, un leve mareo me hacía detenerme al levantarme de la cama.

No existían remedios modernos, solo la sabiduría antigua: infusiones de menta, miel de caña con agua tibia, y pequeñas oraciones al amanecer.

A veces, Amelia me hacía masajes con aceite de oliva y cera de abejas en el vientre.

Decía que en los pueblos cercanos las parteras lo usaban para “ablandar la piel y atraer la buena sangre”.

El aroma llenaba la habitación, y entre sus manos sentía una paz profunda.

Mi esposo, mientras tanto, había cambiado también.

Ya no salía tanto al puerto ni al cabildo.

Pasaba las tardes conmigo, leyendo en voz baja o tocando el laúd que había traído desde España.

A veces se sentaba a mis pies y me hablaba del futuro:

de la casa llena de risas, del jardín que mandaría ampliar para cuando el niño naciera, del colgante de oro que quería ponerle al cuello al recién nacido.

—Será fuerte, como tú —decía él—.

Y cuando lo sostenga por primera vez, sabré que todo valió la pena.

Yo lo miraba, con el corazón hecho agua.

Nunca lo había visto así, tan humano, tan lleno de ternura.

Era como si el anuncio de una vida nueva hubiera curado todas las heridas antiguas.

Las semanas siguientes transcurrieron entre el canto de las campanas del convento y el vaivén de los días cálidos.

La doctora venía cada mes, con su cofre de madera, a examinarme según las costumbres del tiempo.

Traía una vela, su tubo de escuchar, y a veces una pequeña aguja de plata para medir la vitalidad del pulso.

Anotaba todo en un cuaderno de tapas de cuero, donde registraba los síntomas de las mujeres de la ciudad.

—El pulso está firme —decía siempre—.

El niño crece bien, señora.

Y en cada visita, antes de marcharse, repetía su oración:

> “Que el cuerpo sea abrigo,

que la sangre sea camino,

y que el amor sea la cuna.”

Esa frase se me quedó grabada, como una melodía secreta.

A veces, por las noches, la repetía en silencio mientras tocaba mi vientre.

El mar seguía rugiendo allá afuera, eterno, pero dentro de mí había un sonido más suave: el de la vida que despertaba, latiendo despacio, escondida bajo mi piel.

Yo, Selene, hija de la luna y del agua, comprendí entonces que había recibido el don más antiguo del mundo.

Y supe que, desde ese instante, ya nunca volvería a ser la misma.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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