Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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La tormenta y el Rayo.
Del otro lado de la línea, Rayo sonrió y se levantó de la mesa.
—Amigo, no sabía que iba a haber acción. Ya sabes, cosas que suceden en el momento.
El viento golpeó el rostro del CEO, su cabello se deslizó hacia atrás. Aún lucía encantador, aunque con unas cuantas canas que mostraban sus años; pero no eran años mal vividos, sino de sabiduría y experiencia. Una vida que solamente Thiago había sabido vivir, y también sobrevivir, pues burló a la muerte en varias ocasiones.
No muy lejos, Nicole quedó embobada. Hoy más que nunca se sentía enamorada de ese hombre. Un suspiro profundo escapó junto a un:
—Ah… qué hombre más apuesto…
—Ni lo dudes —fue la respuesta que la hizo voltear de inmediato, casi en paro, a punto de un estallido emocional.
—¿No es hermoso? —Aurora también estaba embobada, pero su mirada no estaba en Rayo. Eso tranquilizó a Nicole, quien siguió el rastro de los ojos de la joven y descubrió que eran para Alberto, que se encontraba a un lado de la piscina conversando con Santiago.
—Ay, niña, se te va a caer la baba… —dijo Nicole, titubeando, como si ella no estuviera en las mismas.
Mientras tanto, Thiago llegó hasta los chicos y respondió a Ricardo:
—Amigo, pero si hay algo que quiero que sepas: Alberto tuvo un altercado con la hija de los Larios. Fue algo imperdonable, y en eso también está involucrado un joven llamado Pedro Gómez. Necesito investigar todo acerca de esa familia, quiero saber a qué se enfrentará mi hijo. Así que no te aferres a la idea del bastón… o te lo quitaré y te daré con él en la cabeza. Prepárate, amigo. Mi hijo te necesita.
Thiago comenzaba a mover sus mejores piezas, y Ricardo era una de ellas.
—Bien, cuenta conmigo para lo que sea. Ya sabes que Alberto es como mi hijo. Lo que es con él, también es conmigo, y estoy seguro de que Daniel y David dirán lo mismo.
Cuatro hombres con una larga trayectoria juntos. Cuatro mentes brillantes. Cuatro hombres que unidos eran imparables. y que ahora se preparaban para enfrentar la tormenta que se avecinaba.
Lo cierto es que la tranquilidad no duró mucho. En horas de la tarde, Alberto decidió salir. El Rolls Royce se detuvo frente a la mansión de Rayo, esperaba a Aurora y bajó un momento.
—¡Tú! —un hombre lo señaló con el dedo, golpeándole el pecho varias veces—. Dime, ¿dónde está mi hija? Mariana desapareció, y resulta que fue el mismo día de tu llegada. Enrique Larios gritó con agresividad.
—Un momento, señor, a mí no me toque —Alberto le apartó la mano, molesto. Su mirada cambió repentinamente, como si una tormenta se anunciara en sus ojos—. Su hija traicionó mi confianza. No deseo verla ni en pintura. Salió igual que usted: un hombre traicionero.
—Eres un mocoso irrespetuoso. Tú no eres nadie.
Larios se atrevió a acercarse al joven y le susurró:
—No eres lo suficientemente fuerte para enfrentarme. No eres nadie sin Rayo. No resistirás la tormenta que se avecina.
—No… estás equivocado —Alberto lo empujó con firmeza—. Yo soy la tormenta. Soy Alberto Beach, digno hijo del Rayo… ¿y adivina qué? Las peores tormentas siempre vienen acompañadas…
“De un Rayo".
Esas últimas palabras fueron fuertes, atronadoras, pronunciadas con la voz del mismo hombre al que todos temen.
—Enrique Larios, te lo advertí —intervino Thiago, colocándose entre ambos, dispuesto a defender a su hijo.
Pero Alberto extendió la mano y lo contuvo:
—Padre, esto es entre Enrique y yo. Me ha desafiado, ha dicho que sin tu ayuda no soy nadie. Lo siento mucho, papá, pero olvidaré que un día fueron socios y que existió amistad entre ustedes. No seré dócil. No soy Rayo, sin embargo, puedo ser mucho más despiadado.
Larios omitió los comentarios y se burló de ambos.
—No les tengo miedo. Rayo, solo hay un hombre capaz de jugar tu mismo juego, y creo que perderás ante él. Y tú —señaló a Alberto—, ya lo dijiste: la tormenta apenas empieza. Si tienes a mi hija, la quiero de vuelta. De lo contrario…
En ese momento, Aurora apareció. No sabía lo que ocurría, solo vio los rostros tensos y nada amigables. Asustada, corrió a refugiarse entre los brazos de Alberto.
Enrique Larios se enfureció aún más.
—¿Fue por ella que traicionaste a mi hija? —señaló a Aurora con desprecio.
—Tómalo como se te de la gana, no tengo que darte explicaciones —Alberto bajó el temperamento, más sereno junto a la muchacha dulce que protegía.
—¿Esto fue lo que le enseñaste a tu hijo, Rayo? ¿Sabías que se revolcó con ella frente a los ojos de mi hija?
No alcanzó a terminar la frase cuando un golpe lo hizo callar.
—Entre mi hijo y yo no hay secretos. “Lo sé todo". Te aconsejo que encuentres a tu hija y le preguntes la verdad. Que te cuente cómo sucedió realmente… todo.
Los hombres de Larios se posicionaron frente a Thiago, sin darse cuenta de que estaban en territorio prohibido: afuera de la mansión del gran CEO del grupo Medical Vascular. Bastaba un chasquido de Rayo para que quedaran hechos polvo.
—Larios, lárgate ahora mismo. De lo contrario, no saldrás de aquí —Rayo lanzó su advertencia, al borde de perder la cordura.
—Señor… —uno de sus hombres intentó hacerlo entrar en razón—, estamos en terreno peligroso.
—Esto no ha terminado. Si descubro que ustedes le hicieron algo a mi hija, juro que no responderé. Y serás tú —volvió a señalar a Alberto—. Tú pagarás con tu vida.
Oh… Larios cometió el peor error de su vida: amenazó al heredero frente a los ojos del temible Rayo.
El rugido de Thiago fue tal que todos se estremecieron:
—Le has coqueteado al diablo. Toca a mi hijo… y yo mismo te enviaré al infierno.
En ese instante aparecieron David y Ricardo, quienes tuvieron que sujetar a Thiago.
—Déjalo ir —dijo Ricardo—. Nicole está presente… y además, está esa niña.
Aurora se aferraba con fuerza a Alberto, temblando en sus brazos.